RESEÑAS SOBRE NOVELA Y CUENTO

José María GUELBENZU: El cadáver arrepentido. Alfaguara, Madrid, 2007.
El nombre de José María Guelbenzu (Madrid, 1944) me ha merecido una admiración reverencial desde mis años de bachillerato, cuyos libros de texto (¿hace un cuarto de siglo?) ya le incluían en la nómina de clásicos contemporáneos. Desde su debut con el experimentalismo de El mercurio (1967), pasando por la aclamada novela de final de siglo, Un peso en el mundo (1999), la obra de Guelbenzu ha destacado por su complejidad formal, simbolismo y preocupación ética y estética en clave existencial. También se le considera un maestro en la descripción de las relaciones humanas, como demuestra en El río de la luna (1981) o en La mirada (1987).
Con todo, en este cruel mundo editorial dominado por el best-seller seudohistórico, exoticista o vaticanófobo, es posible que todo un conocedor de sus mecanismos como es Guelbenzu se haya sentido injustamente arrinconado en las estanterías de las librerías por, digamos, la última paparrucha templaria. Y, con la cautela propia de semejantes especulaciones, me atrevo a conjeturar que esta nueva fase de novela de misterio emprendida con No acosen al asesino (2001) y continuada por La muerte viene de lejos (2004) y la que nos ocupa, barrunta un posible intento de llegar a un público más amplio. Por supuesto que confluirán muchos otros factores, entre ellos la admiración por el género –sobre todo en su tradición inglesa–, pero lo cierto es que lo que parecía ser una cana al aire detectivesco hace seis años se ha convertido en toda una saga con visos de perdurar y de ir a más, incluso hasta la pantalla. Tal sensación me transmite, por ejemplo, mi consulta de la reciente página web de Guelbenzu (www.jmguelbenzu.com), polarizada en torno a las tres obras protagonizadas por Mariana de Marco, la jueza-sabuesa con destino en Cantabria, como si fuera lo mejor que ha escrito nuestro admirado autor. Incluso su nueva vocación ha conllevado un cambio de nombre, como en la tradición bíblica, si bien en su caso, a diferencia de autoras como Ruth Rendell/Barbara Vine, se limita a quedarse en J.M.Guelbenzu.
“¿Qué harías si en tu boda aparece un cadáver pidiendo perdón?” es la pregunta-gancho –tiempos verbales aparte– que domina contraportadas, marcapáginas y propaganda varia. Eso es lo que sucede en la boda de Amelia, amiga de nuestra jueza, que asiste como invitada. Se ha descubierto recientemente el cadáver de Rufino Ruz, que fue administrador y segundo marido de la abuela materna de la novia, desaparecido en los años 50 en la finca familiar toledana donde se va a celebrar el banquete. Sobre el difunto, que resulta ser abuelo del novio, pesaba la sospecha de haberse apropiado de parte del tesoro de la abuela de Amelia. Si a tan extrañas coincidencias se añade la muerte misteriosa de la madre de la novia poco antes de la boda, sin tiempo para revelar a sus cuatro hijos una oscura verdad, ya tenemos pasto para el hambre de aventuras de la inquieta jueza cántabra (de adopción) que oportunamente pasaba por allí.
En el haber de esta novela incluimos su inteligente diseño, estructurado mediante flashbacks muy ágiles que retroceden varias décadas o unos días, y escenas cortas de contrapunto cinematográfico. También detectamos un grato aroma de la tradicional novela de misterio inglesa, en lo que tiene de intriga psicológica y moderado humor. Ciertas dosis de metaliteratura están también presentes, pues Mariana de Marco, buena lectora, con frecuencia preconcibe los hechos de la realidad en función de parámetros literarios. Acaso mi principal objeción, como apuntaba arriba, sea una quisquillosa sospecha de que esta novela se haya concebido como producto comercial dirigida a un público que, en nuestro desolador panorama editorial, llegue a ser mayoritario. Tal recelo me provocan el carácter repetitivo de algunos pasajes, la simplicidad de algunos diálogos, cierta ortodoxia sociológica contemporánea y, más que otra cosa, la construcción artificial del personaje de Mariana. El narrador no se cansa de asegurarnos que la moza es inteligente, valerosa, estupenda y resultona, pero de alguna forma el personaje no acaba de convencer en su actuar, no resulta vivo. Pesa quizá sobre ella (qué cosas se me ocurren) la responsabilidad de convertirla en un icono, en una Marple, o quizá un Carvalho o una Petra Delicado.
De todos modos, El cadáver arrepentido cumple con creces sus cometidos genéricos y constituye una grata lectura vacacional. No es, sin duda, el mejor Guelbenzu, pero quizá esta novela contribuya a que el gran público (con perdón) se acerque más a su obra.

por CARLOS VILLAR

Jesús RUIZ MANTILLA: Yo, Farinelli, el capón. Aguilar, Madrid, 2007.
Resulta imparable el éxito de la novela histórica en España; un éxito que la crítica atribuye en líneas generales a su capacidad para dar forma a un pasado emocional en el que no interesa tanto reconstruir lo que ocurrió, cuanto representarlo desde una perspectiva extrañadora y comprometida. Así, el público en general busca en estos textos la reconstrucción del ambiente histórico con la mayor exactitud posible, personajes atractivos, valores intemporales (amor, lealtad, amistad, honor) que acerquen el personaje al lector, en un intento de popularizar el mundo antiguo aportando vivacidad y colorido a los libros de historia
Para escribirlos se necesitan enciclopedias o monografías para extraer la anécdota básica, mediana capacidad de fabulación, conocimiento de los tópicos del género, adobado todo ello con estilo sencillo y lineal. Son los ingredientes utilizados por el periodista santanderino afincado en Madrid, Jesús Ruiz Mantilla, en Yo, Farinelli, el capón. De este modo, el autor ha recorrido la ingente bibliografía disponible sobre el famosísimo cantante -protagonista también de una reciente película- para escribir un relato construido en primera persona, donde el castrato, desde su retiro en Bolonia a los 75 años, evoca su trayectoria vital desde el nacimiento en el reino de Nápoles, pasando por sus triunfos en Europa y su etapa de dos décadas en la corte española.
La estructura resulta un tanto mecánica: cada capítulo por lo general se inicia con la llegada de Farinelli a un lugar conocido –Nápoles, Roma, Venecia, Viena o Londres- descrito de forma elemental; allí tiene lugar algún acontecimiento relevante previamente documentado históricamente, sobre el que el personaje teje reflexiones retrospectivas casi siempre esperables: la magia de Venecia, la majestuosidad de los emperadores austriacos, cómo el público se enardece con su música, el grisáceo clima de Londres, cómo la grandeza de su arte compensa la mutilación genital sufrida a los 9 años... además -eso sí- de una muy precisa mención de sus actuaciones más significativas. Sin embargo, lo que el lector echa de menos es la profundización en aspectos o situaciones que hubieran aportado al personaje mayores dosis de individualidad, como su vivencia de la castración, tanto en el aspecto físico como en su relación con el amor, al que debió renunciar en aras de la música.
Nada que ver pues con las Memorias de Adriano, de Marguerithe Yourcenar o La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, novelas históricas cuyo éxito popular vino acompañado además del entusiasmo de la crítica. Aquí el mensaje principal -una vida entregada a la creación de la belleza; el arte de Farinelli capaz de incidir en la historia, al favorecer que Felipe V volviera a sus deberes en la Corte- se ve envuelto además en una prosa en la que no faltan reiteraciones ni fárragos. Lo más destacable resulta sin duda el buen conocimiento por parte del autor de la historia musical de la época.

por JOSÉ MANUEL CABRALES ARTEAGA

Pablo TORRECILLA: El libro de las hojas muertas. Ediciones Valnera, Villanueva de Villaescusa, 2007.
El mismo 1967 vieron la luz Pablo Torrecilla y Cien años de soledad. Cuarenta años después, del impacto de la novela sobre el joven brota El libro de las hojas muertas, que presenta una doble y sorprendente visión, texto autobiográfico del madrileño e ilustración de la novela del colombiano.
El primero describe la infancia, adolescencia y familia de un joven español en lucha con sus demonios interiores (mundo, demonio, carne) hasta la madurez. Una larga secuela de aprendizaje donde se transforma la ilusión en realidad y forma la experiencia. El vigor de la prosa de García Márquez se refleja en el estilo de Torrecilla, en el modo literario. Porque su escritura no desmerece, ni mucho menos, de su arte plástica. Su faceta de ilustrador, que dialoga con la autobiografía, ilumina la obra de García Márquez y tiene mucho del lápiz crítico de Daumier, ácido y sarcástico. Posee, en consecuencia, El libro de las hojas muertas dos vertientes que son como la umbría y la solana de un collado: vistas por encima, parecen campos distintos, que poca relación tienen de color y vida, pero ambas son parte del mismo altozano y su sustrato es idéntico.
El lado literario, donde Torrecilla campa por su periplo vital, tiene un fondo marquezino, parte de la necesidad de restringir el mundo, un espacio tan nuevo que algunas cosas aún no tienen nombre y deben señalarse con el dedo para definirlas. Narrada en primera persona, su prosa es peregrinación del español, como la saga de los Buendía, captación de los activos (tales nuevos Arcadios) y los contemplativos (aquellos Aurelianos). Refleja un atinado relato de las sensaciones e ilusiones de un joven que se abre al prometedor –e incómodo– mundo. La casa que habita, el caserón de la abuela, deviene un mundo mago, capullo donde encerrarse a crear con una autarquía que semeja a la ostentada por los Buendía. La abuela de Torrecilla encuentra su epítome en Úrsula Iguarán, la menuda y activa mujer que constituye la almendra de la saga de Macondo. A partir de ese punto relata sus salidas, en especial la que ejecuta a Estados Unidos. El exterior constituye la hojarasca: el personaje se pierde, le engañan, entra en conflicto con el entorno. Un mundo de vértigo que se palpabiliza en Samuel, ese extraño –pero no raro– falso editor que le promete una ganancia sin cuento que, como en un mal cuento, nunca llega. Un personaje sórdido que asimismo es epítome ad contrarium de la anciana, y cuya actitud de ansia crematística remite al Jacob ideado por el colombiano. De la misma forma, la literaria Remedios, la Bella, topa su copia viva en una dependienta que Torrecilla ve por una única vez: representa la inocencia, encontrada, perdida y nunca recobrada porque es imposible hacerla revivir.
Si la prosa presenta al artista, el dibujo y la pintura recrean el mundo de Macondo en personajes y ambientes. Los primeros están realizados con amor y dedicación. Dos destacan sobre todo, el gigantesco José Arcadio y la bella Remedios. Aquel semeja una fuerza de la naturaleza, con su hirsuta pelambrera, la nariz aquilina y el gesto decidido. Alrededor –o a la sombra– de su imagen viven los demás hombres como contraste, incluso el mágico Melquíades. Remedios, por el contrario, con su etérea belleza metaforiza lo inalcanzable. Heredera directa de la Venus botticelliana, su pudicia y descaro la convierten en paradigma de mujer. Las demás contrapuntean a esta excelsa hembra.
Empero, lo más logrado plásticamente del madrileño es su capacidad para ubicar a los personajes dentro de un paisaje o de un grupo. Se dotan de un halo mágico, sea en el primitivismo de exhalan las figuras, sea en la exuberancia lujuriosa de las plantas, o en los matices que otorga a los suelos, incluso en los grises de los lápices. De ello da buena cuenta la portada del libro, con el coronel Aureliano frente al pelotón de fusilamiento. La prestancia y densidad de los personajes en el tétrico paisaje proporciona un ritmo estético que se encuentra en otros óleos, tales los dedicados al esqueleto del galeón español en medio de la pampa.
Si el tremendo episodio del tren de los muertos –uno de los relatos mágicos imperecederos de la literatura española- capta la fusión estremecedora de cuerpos y vagón, no menos perspicacia poseen las telas del acrílico de la niña Rebeca o los fondos ígneos del triángulo amoroso de Amaranta, Rebeca y Pietro Crespi, plasmando así las sensaciones que transmite el verbo riquísimo de García Márquez. Óleo acabado o rápido esbozo, la mano de Pablo Torrecilla sabe tratar y trasmitir ese mundo donde se funden el hombre y la naturaleza con el rumor de las praderas antiguas.

por JESÚS LÁZARO

Beato DE LIÉBANA: Comentarios al Apocalipsis. José Ramón SÁNCHEZ: Visiones del siglo XXI. Ediciones Valnera y Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria, Villanueva de Villaescusa, 2006.
El pintor José Ramón Sánchez emprendió en 2004 la tarea de recrear en imágenes el universo inquietante que transmitió Beato de Liébana en sus Comentarios al Apocalipsis de San Juan. Durante dos años se imbuyó en la lectura del texto, consultó códices antiguos, pidió la opinión de amigos teólogos y trabajó en la composición de veintidós óleos de gran formato pensados para ilustrar, desde la mentalidad del siglo xxi, la obra del genial lebaniego.
José Ramón, con mano forjada ya en la ilustración de las más importantes obras de la literatura universal, acometió el trabajo representando, en principio, las escenas más comunes de todos los beatos —los cuatro jinetes del Apocalipsis, la bestia, la serpiente de siete cabezas…—, para alcanzar, a medida que avanzaba en la obra, la total libertad de su arte. Fue entonces cuando, sin romper del todo con sus lazos figurativos, decidió continuar el trabajo de manera diferente, convirtiendo el escenario del lienzo en una especie de fantasmagoría en la que las formas apenas se sugieren, las figuras se disuelven y las luces alcanzan matices apasionantes. Curiosamente, ese cambio se produjo en la mitad de la obra, cuando las fuerzas del Bien y del Mal estaban a punto de enfrentarse en la batalla decisiva. En ese momento el pintor retrató toda la crudeza de la lucha con espléndidos efectos cromáticos, en palabras del profesor Lázaro Serrano, “como si las apariencias del mundo ordinario se subsumieran y diluyesen por necesidad en ese ámbito poderoso, invencible, de la niebla donde contienden el Bien y el Mal”.
El libro cuenta con un contenido de gran interés, que arropa las quinientas ilustraciones que nacen de los veintidós óleos de José Ramón Sánchez: la edición íntegra de los Comentarios, según la canónica traducción de Campo Hernández y González Echegaray; un texto de Emilio Pascual de gran belleza literaria —El monje en su Apocalipsis—, que recrea las últimas horas de Beato; la traducción rimada del “Himno a Santiago”, realizada expresamente para la edición por Pollux Hernúñez; una reflexión de Guillermo Balbona —De cómo una luz que ilustra el mundo se nos antoja bella propaganda— sobre la actualidad de las imágenes de los beatos; un estudio riguroso de Joaquín González Echegaray —El Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana— acerca de la importancia del libro en la tradición religiosa occidental y la repercusión de sus ilustraciones en el desarrollo posterior de la pintura y la escultura; y, por último, a modo de cuaderno de trabajo, las reflexiones artísticas del propio José Ramón —Visiones— a la hora de enfrentarse a la ilustración de los textos.
En cuanto a su continente, el libro se ha realizado sin escatimar esfuerzos técnicos. Destaca especialmente el delicado proceso de termoestampación pliego a pliego, que permite que todas y cada una de las páginas vayan adornadas con una estampación en oro o en plata, que ribetea las ilustraciones del artista, en unos casos, y el texto de la obra, en otros, a modo de marco. Encuadernado en piel reciclada, cada ejemplar lleva cinta punto de lectura y está numerado y firmado por José Ramón Sánchez.
La obra, que no es venal, puede encontrarse en bibliotecas y puede asimismo descargarse gratuitamente desde la página web de Ediciones Valnera (http://www.ediciones-valnera.com/).

por JESÚS HERRÁN

Gonzalo CALCEDO: Saqueos del corazón. Algaida, Sevilla, 2007 (IV Premio de Relato Iberoamericano “Cortes de Cádiz”, 2007).
La escasa atención que parte del mundo editorial español presta al cuento y al relato corto refleja un evidente despotismo económico, que no ilustrado, del mercado a la hora de imponer determinados moldes y gustos. No menos cierto es el desinterés de los lectores ante un género al que algunos le siguen colgando el sambenito de “menor” en ese ficticio e inoperante escalafón de la literatura. Por lo visto, en este caso el tamaño sí que importa y mientras la novela se erige en la reina de los fastos y fiestas literario-publicitarias, el cuento y sus autores siguen sufriendo, aunque bien es verdad que cada vez menos, un cierto acorralamiento editorial, como si el escritor de relatos fuera una especie de paria o aprendiz de novelista que tuviese que demostrar primeramente su calidad y valor en las distancias cortas. Quizá sea por esto, por este falso prestigio -disculpen la redundancia- de la novela como género de ficción mayor, el gran Augusto Monterroso escribió con mucha guasa guatemalteca que una novela es una buena preparación para escribir un cuento.
No menos grave, por otra parte, nos parece el estrabismo de cierta crítica, demasiado desatenta a lo que es uno de los fenómenos más destacados en nuestra literatura durante la última década: la consolidación de géneros, si es que hoy se puede hablar de géneros, como el cuento y el relato corto, el microrrelato, los diarios, los libros de viajes o las memorias. Por fortuna, algo está cambiando y ya no es infrecuente en los catálogos de las editoriales o en los suplementos literarios de los periódicos la cada vez más abundante presencia de libros y de antologías de relatos, a veces, eso sí, pergeñadas a partir de muy peregrinos temas. Hemos de citar aquí la excelente labor que en este sentido llevan a cabo editoriales como Menoscuarto o Páginas de Espuma.
A pesar de ser Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) un escritor poco amigo de lo que se llama “vida literaria”, no ha pasado inadvertido para la crítica más exigente. Habita y trabaja al sur de la bahía santanderina y es un fiel militante del relato breve. Desde su inicial Esperando al enemigo (1996) hasta este Saqueos del corazón (2007), ha publicado casi una decena de libros de relatos: Otras geografías (1998), Liturgia de los ahogados (1998), La madurez de las nubes (1999), Apuntes del natural (2002), La carga de la brigada ligera (2004), El peso en gramos de los colibríes (2005) y Mirando pájaros y otras emociones (2005). Así mismo, es autor de La pesca con mosca, su hasta ahora única novela (2003).
La escritura de Calcedo nos recuerda, a veces demasiado, el trazo de autores como Cheever, Richard Ford, Carver, Tobías Wolf o Lorrie Moore, pero no se nos ocultan otras influencias más diluidas como las de Stevenson, Melville, London, Greene, Hemingway o Salinger y, por encima de ellos y como grandes y permanentes faros de la literatura, las de Kafka y Conrad, lo que evidencia una determinada filiación narrativa, escorada claramente hacia parte de lo mejor de la narrativa norteamericana y no de la latinoamericana, hasta hace algunos años la de mayor influencia entre los autores españoles de cuentos.
En Saqueos del corazón, libro con el que el autor ha obtenido el IV Premio Iberoamericano de Relato “Cortes de Cádiz”, Calcedo nos presenta once relatos o nouvelles en las que los protagonistas comparten culpas y arrepentimientos, soledades y frustraciones, amores y desarraigos y en los que adivinamos rasgos y ecos de otros personajes característicos del universo narrativo del autor : Verónica, la abogada que va a visitar a su madre a la residencia de ancianos; el galerista Dorian y la niña pintora; Hanna, Isadora y sus amantes; el pasado y Helga; Lucas y su tullida sentimentalidad; el matrimonio desvaído de Tobías; un adolescente salingeriano en fuga; Irene Cox, esperando sentada en la cama -muy Hopper- la llegada de su amante; la soledad de Julius y una asombrosa niña, no menos sola, en la consulta del dentista; los extraños vecinos de un hombre abandonado por su mujer...
También los entornos en que se mueven esos personajes son muy semejantes a los que el autor nos dibujara en otros libros suyos: solitarias urbanizaciones, lugares de paso, habitaciones de hoteles, paradas de autobuses, estaciones de trenes, supermercados, consultas médicas... y todo ello con una extraordinaria sobriedad técnica y un excelente dominio de los recursos expresivos. Calcedo describe con enorme lucidez la fragilidad de la vida, el despojamiento y penuria de nuestras experiencias, la incomunicación y las soledades domésticas, sin que asome por ello la tragedia o el desbordamiento emocional. Esa aparente frialdad del autor, que en ningún momento descarta la elegante cabriola poética, es producto del alto nivel de exigencia que el autor se impone a la hora de escribir. En suma, una escritura en tensión y condensada donde lo argumental excluye lo meramente anecdótico para centrarse en la historia y fragmentarse en la sugerencia y en la elipsis; una escritura, pues, enganchada a la realidad, a esa épica desolada de lo cotidiano, iluminadora del vacío y de la orfandad sentimental en que vivimos.
Vuelve Gonzalo Calcedo, pues, a superarse a sí mismo y confirma con su última obra que estamos ante uno de los grandes autores de relatos de la literatura española actual.

por FERNANDO ABASCAL

5 comentarios:

Francisco Ortiz dijo...

Me alegra que te guste el libro de Calcedo y lo veas un paso adelante en su obra.

Anónimo dijo...

He leído las cuatros novelas policíacas que J.M. Guelbenzu ha publicado con la Juez Mariana de Marco como protagonista. Y digo cuatro porque hace poco ha publicado Un asesinato piadoso, la cuarta entrega de la serie. Creo que J.M Guelbenzu ha conseguido con estas novelas enganchar a un público que simplemente quiere pasarlo bien y entretenerse mientras lee. Un asesinato piadoso y el resto de novelas del autor consiguen mantener la intriga y el interés y además permiten explorar los recovecos de la mente humana, algo poco habitual en las novelas policíacas.

Diego dijo...

Me alegro de ver que hay más gente que aprecia la obra de J.M. Guelbenzu. Creo que es un autor excelente, de merecido prestigio en el mundo literario. Hace poco he leído su última novela, Un asesinato piadoso, la cual supone la cuarta entrega de la saga de la juez Mariana de Marco. Me parece un gran libro de novela negra, perfecto para disfrutar relajado con su lectura, como las anteriores partes. Un saludo.

Anónimo dijo...

Hola yo solo he leído "Un asesinato piadoso" y me ha parecido muy interesante y entretenido. Como dice el texto puede que sirva para que me acerque a la obra de Guelbenzu porque desde luego que asi va a ser.

Un saludo

Alexandra.

alexandra dijo...

¿Tienes tiempo libre y no sabes como ocuparlo? Date a la lectura y como recomendación, una novela policíaca, Un asesinato piadoso, de José María Guelbenzu, la cuarta de la saga policiaca de este escritor. Un nuevo caso de la Juez Mariana de Marco, que te dejara intrigado desde el primer momento. Muy buena y perfecta para pasar un buen rato de lectura que es lo importante (nada de ladrillos tostones). Además si has leido otros libros de esta saga, no te lo puedes perder. Saludos!!