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RESEÑAS SOBRE NARRATIVA

Gerardo DIEGO: Diario de a bordo. Introducción y notas: Jacques Issorel y Anne Lacroix. Centro Cultural Generación del 27 y Fundación Gerardo Diego, Málaga, 2007.
El Centro Cultural Generación del 27, dependiente de la Diputación de Málaga, y la Fundación Gerardo Diego han publicado, en preciosa edición y bajo el título Diario de a bordo, las notas inéditas que el poeta santanderino fue tomando durante el viaje que, en misión oficial patrocinada por el Ministerio de Estado del Gobierno de la República, realizó en diciembre de 1934 a Filipinas en compañía del profesor de física de la Universidad Central, Julio Palacios. Se incluyen asimismo en el volumen doce cartas inéditas que Gerardo Diego, ya por entonces consagrado poeta y catedrático de Instituto en Madrid, escribió durante la travesía a su mujer, Germaine Marin, con la que se había casado en junio de ese mismo año, y tres anexos: el informe oficial que acerca de la visita redactó el Cónsul General de España en Manila, un discurso del mismo responsable diplomático y algunas fotografías y documentos.
Parece ser que la invitación para participar en tal embajada cultural provino de Dámaso Alonso. Recordemos que Filipinas vivía en aquellos meses un trascendental momento histórico, en plena elaboración de la Constitución para declarar su independencia de Estados Unidos, y que, al mismo tiempo, España tenía un enorme interés en mantener allí una presencia cultural, más testimonial que otra cosa, a fin de reforzar los lazos con la antigua colonia.
Las notas que conforman este hasta ahora inédito Diario de a bordo, del que se han editado 750 ejemplares, fueron descubiertas por Elena Diego, hija del poeta, cuando ordenaba papeles y documentos de su familia.
La travesía, a bordo del “Karnak”, un buque mercante alemán, se inició en Génova el 1 de diciembre de 1934. Después de treinta y cinco días de viaje y varias escalas, los dos profesores españoles arriban a Manila. En Filipinas permanecerán mes y medio y pronunciarán varias conferencias en universidades e instituciones culturales sobre temas científicos (Palacios) y sobre literatura española y música (Diego), quien también ofrecería varios recitales de poesía y conciertos de piano.
De aquel maravilloso viaje el profesor Julio Palacios sacó apuntes para publicar un libro, Filipinas, orgullo de España. Un viaje por las islas de la Malasia, que vio la luz aquel mismo año de 1935. Por su parte, Gerardo Diego escribe durante la travesía unas cuantas anotaciones e impresiones en su diario, además de doce cartas a su mujer y algunos sonetos. En las anotaciones del diario, redactadas con estilo telegráfico, la mirada del poeta se centra en el paisaje, la inmensidad del océano, la fosforescencia del agua, los colores del cielo, el baile de los peces voladores, pero también en la vida en el barco, las comidas y su propia salud. Ya en tierra y en un formato diferente al del diario, el poeta describe con pasión la vegetación, los templos, el arte, la gente y sus costumbres, los sonidos, ritmos y melodías...
Apenas hay vuelo literario en estas efímeras anotaciones, más bien Diego se limita a observar y a reproducir, dejándose llevar por la riqueza de las experiencias, los paisajes vividos y por la ebriedad que produce en el poeta tanta belleza. Y así, confiesa: "renuncio a describir porque estoy como mareado de tantas cosas".
Sí tienen más interés las doce cartas que el poeta remitió a su mujer Germaine, de las que cinco fueron redactadas durante el viaje de ida, y que complementan las notas del diario. Aquí se nos muestra el Diego más personal, aunque siempre muy comedido en la expresión de sus sentimientos y afectos para ser un recién casado, en ese perfil de carácter impasible con el que a menudo se le ha retratado. Se nos viene a la memoria ahora otro y muy diferente diario, el Diario de un poeta recién casado (1917) de Juan Ramón Jiménez, obra que escribe el poeta de Moguer a raíz de un viaje a Nueva York para casarse con Zenobia Camprubí, .
Curiosas son las anotaciones que Gerardo Diego, a bordo del “Karnak”, hace sobre los sermones nazis en cubierta, el mitin nazi a la tripulación o las alusiones al médico hitleriano del barco. Parece presentir nuestro poeta el peligro del imparable ascenso nacionalsocialista alemán, lo que contrasta con la ausencia de referencias, tanto en las notas del Diario como en las cartas, a la turbulenta situación política española de aquel tiempo; no en vano, del 5 al 19 de octubre de 1934, apenas dos meses antes de la expedición a Filipinas de Diego y Palacios, había tenido lugar la Revolución de Asturias.
Será unos años más tarde cuando las observaciones recogidas en el Diario se muestren en toda su madurez y devengan en extraordinaria poesía. Lástima que no se incluyan aquí los doce magníficos sonetos que fueron escritos a raíz de este viaje y que, más tarde, pasarían a formar parte, acompañados de unas anotaciones del propio autor, de la sección tercera de Alondra de verdad, una de las obras maestras de Gerardo Diego, publicada en 1941 pero escrita a lo largo de diez años (1926-1936). Muy jugoso, por cierto, es el comentario con el que el poeta justifica estas anotaciones, destinadas a ahorrarles trabajo y posibles errores a conjeturales y futuros eruditos -nunca faltan desocupados- ... y a hacer un poco su propia edición crítica.
Fruto, asimismo, de la maduración de esa experiencia fue la escritura de doce artículos, publicados en revistas y periódicos españoles sobre todo de los años 40, aunque hay algunos que vieron la luz en los 70, en los que Diego ensancha la visión histórica de su misión cultural a Filipinas, rehuye lo puramente anecdótico y se deja llevar por un fervoroso impulso religioso y patriótico, muy de la época.
No deja, pues, de tener interés literario, cultural y sociológico la publicación de estos textos inéditos: las anotaciones diarísticas, las cartas a su mujer y los anexos (aunque el segundo de ellos, un hiperbólico e hilarante brindis, es perfectamente prescindible). La edición es muy hermosa y las notas e introducción de Issorel y Lacroix cumplen con rigor su función. Nos repetimos, pero estimamos que la inclusión de los doce sonetos, algunos de ellos escritos durante la travesía, no sólo nos habría ayudado a entender mejor algunas claves de la escritura poética de Gerardo Diego, lo que en parte se hace en la Introducción, sino también a aumentar el interés literario de este Diario de a bordo.

por FERNANDO ABASCAL

Baldomero MADRAZO FELIÚ: Historias de la ciudad. Santander, 2007.
Baldomero Madrazo Feliú (Santander, 1930), licenciado en Derecho, es un caso notable dentro del panorama literario regional, ya que entre los escritores no es frecuente la persistencia en la dedicación a la novela sin contar con los supuestos avales de los premios. Con extraordinario pundonor Madrazo sigue llevando a la imprenta obras de especial interés para el lector santanderino, escritas con admirable estilo, y anuncia la preparación de otras como Paripeum, uno de cuyos fragmentos ya leyera en una presentación navideña de la revista Vetus, en la desaparecida Librería Universitaria de Santander, allá por el 2003. Hasta ahora este autor ha publicado obras como Medio 12, Santander, Quién cuida las begonias, Azul Mahón y la que seguramente sea la mejor novela que ha reflejado el incendio de Santander de 1941 y la vida cotidiana de aquella ciudad de la posguerra, Gavias de través. El problema de su producción novelística, así como estas Historias de la ciudad que acaba de publicar y presentar en el Ateneo de Santander, es que se trata de autoediciones. No piense el lector que estoy en contra de la autoedición, que al fin y al cabo es un camino hermoso para la completa libertad del autor; lo que ocurre es que la distribución de este tipo de obras es mucho más limitada que las publicadas con el respaldo de alguna editorial donde, además, suele haber consejeros que ayudan al escritor a pulir y mejorar aún más el texto o incluso, en ocasiones, hacer alguna necesaria revisión ortográfica. Debe de estar por el 40% el volumen de autoediciones que aparecen cada año en nuestras librerías (otro tanto deben de ser publicaciones institucionales, que Dios nos coja confesados), con lo que el caso de Madrazo no es extraño, pero es lamentable que obras tan ambiciosas, resultado del exigente trabajo que conlleva construir una novela, no reciban una mayor atención.
Aunque el autor avisa de que la primera parte (no hay índice y no queda muy claro hasta dónde llega) de Historias de la ciudad es ficticia, los veintitantos cuentos que presenta tienen un evidente trasfondo autobiográfico o lleno de claves y detalles históricos que Madrazo conoce perfectamente. Se plantea aquí, de nuevo, el constante problema entre verosimilitud y verdad de que hablara en su discurso de ingreso en la RAE Álvaro Pombo: la “novela histórica” es ficción, aunque utilice datos rigurosamente exactos y demostrables por la historiografía. En el libro de Madrazo desfilan personajes creíbles, habitualmente bien perfilados, cuya vivencia transcurre en escenarios que tienen o tuvieron mucho de real: el Muelle y la Bahía, la iglesia de Santa Lucía, la Escuela de Comercio... Historias ligadas a la vida santanderina, al fin y al cabo. Aunque Madrazo frecuenta el diálogo para desarrollar las narraciones, uno de los relatos que más me ha impresionado ha sido “Veintitrés días”, un monólogo interior donde el escritor demuestra su capacidad de introspección psicológica en torno a la angustiosa idea de la muerte. La parte más puramente autobiográfica es la titulada “Campos de Sport”, que recoge un conjunto de artículos de prensa y trata un asunto, el Racing, que el autor ya abordó en Pasión inexplicable. Existe en todas estas páginas, eso sí, una tenue nostalgia de los tiempos pasados, que es algo que cada cual vive como quiere y, a la vez, paradójicamente, a todos nos une en la tragedia inevitable del paso de los años.

por MARIO CRESPO

RESEÑAS SOBRE POESÍA

María ROSAL: Síntomas de la devastación. (XI Premio de Poesía “Alegría”, Ayuntamiento de Santander). Algaida, Sevilla, 2007.
Con su libro Síntomas de la devastación mereció María Rosal el XI Premio de Poesía “Alegría”, vinculado a la convocatoria de certámenes literarios en memoria de José Hierro que la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Santander convoca año tras año, por decisión de un jurado integrado por Amalia Iglesias, Ana Rodríguez de La Robla, Fernando Abascal, Juan Antonio González Fuentes y Enrique Martínez.
Síntomas de la devastación se convierte ahora, tras su reciente publicación por la Editorial Algaida, en el último de una larga serie de libros de poesía y de premios de María Rosal (Fernán-Núñez, Córdoba, 1961), a los que hay que añadir sus trabajos de investigación literaria, sus antologías centradas en las mujeres poetas o su presencia en diferentes recopilaciones de voces líricas.
Enfrentarnos a la lectura analítica del libro de María Rosal supone, en primer lugar, aventurarnos en un texto cerrado, una colección de poemas breves y muy breves que transita de manera obsesiva por el territorio de la desolación. El libro acentúa su carácter orgánico a través de una estructura narrativa clásica en la que los primeros poemas anuncian la llegada del dolor (“Nada hacía presagiar tanto desorden”) y los últimos fragmentos incluidos en el libro proclaman el final de la oscuridad y los primeros vestigios de esperanza (“Ahora / reconstruimos la soledad, el sueño, / amueblamos la náusea. Enterramos / espinas que ya florecerán”). Entre ambos surcos históricos, la caída vertiginosa, imparable, certera hacia el abismo.
Este carácter orgánico del libro, esta necesidad de un texto coherente más que de una colección de poemas sueltos, presente en toda la producción de María Rosal y proclamado en algunas de sus poéticas como su opción creadora, supone una de las mayores virtudes del texto. De alguna manera, con golpes duros y secos, con certeras pinceladas, los poemas van trazando un paisaje cenagoso en el que el lector necesariamente se hunde paso a paso. La sima emocional viene señalada con varios rasgos estilísticos que debemos anotar en esta reseña, como la utilización del verso libre pero abriendo paso a un predominio casi absoluto de versos de arte mayor (once y doce sílabas articulan las medidas mayoritarias) apoyados en un ritmo lento, cadencioso, que se suceden provocando una especie de cantilena que elude las músicas efectistas y prefiere un ritmo no evidente, introspectivo y oscuro. De igual manera, el juego obsesivo de los campos semánticas construye señas de identidad tremendistas en las que las vísceras amputadas, los muñones, los cuerpos desnudos en la morgue, la ira, las texturas blandas y viscosas, los colores metálicos o mortecinos, las soluciones médicas, el frío, el miedo... se apropian del centro de gravedad de todos y cada uno de los poemas y llevan a María Rosal a un espacio fronterizo entre lo vivo y lo muerto, a un tiempo de duda en el que tal vez los espejos no nos reconozcan sino como fantasmas. En este sentido, el uso de la retórica resulta igualmente circular, se centra en los usos simbólicos de una realidad en la que, al fin, cada objeto, cada animal, cada tiempo se sabe parte de la sutura.
Y sin embargo es este mismo carácter obsesivo, circular, orgánico, el mismo que nos aporta las llaves hacia una exhumación de los surcos oscuros de nuestras almas, de nuestra impotencia ante la enfermedad, ante la muerte, el que llega en algunos momentos a saturarnos de exceso. El lenguaje bordea tantas veces el filo del Apocalipsis que no puede evitar caídas duras que matan ciertos poemas, ciertas secciones del libro. Supongo que es posible viajar al dolor sin necesidad de que los pájaros defequen sobre nuestros corazones, sin que los dientes adquieran el sabor de las aguas estancadas y los inodoros, sin que se paseen sin rumbo las hienas, los cuervos y los buitres por las densas estepas de la nada. De la misma manera, no evita Rosal el uso no precisamente acertado de ciertos lugares comunes que, de pronto, nos sorprenden como torpes salidas a la situación propuesta ( “dispuesta ... / a no ser más el paño de sus lágrimas” , “Será un mal día, pero será el último” , “tu indocta afición a lo melodramático”), o la incorporación de términos clínicos – tac, resonancia, ADN– o propios de la cultura urbana y popular –las referencias a la película Ben-Hur-. Y lo hace de manera que nos resultan chocantes y nos rompen la sacralidad simbólica de la que la poeta había ido revistiendo su texto.
Un libro, en fin, desigual y un tanto decepcionante en el que una reflexión más pausada nos hace percibir demasiada inmediatez emocional, demasiada implicación personal en el sentimiento narrado. De alguna manera, María Rosal, que en sus poéticas reivindica el carácter de máscara con grietas de su lírica, de ocultamiento que a veces sólo vela parcialmente la subjetividad de la poeta, ha dejado aquí fuera de control esa implicación propia en las palabras. Falta distancia, una distancia necesaria para poder universalizar las emociones y, por ello, compartirlas con quien nos lee. Y a pesar del oficio, de las imágenes vivas, de la pericia rítmica, del edificio de la desolación que se nos levanta, Síntomas de la devastación se queda en eso, en un síntoma del libro que pudimos habernos encontrado.

por REGINO MATEO


Límites. Obra poética de Fernando Abascal, Guillermo Balbona, Marián Bárcena, Marcos Díez Manrique, Maribel Garrido, Juan Antonio González Fuentes, Rosario de Gorostegui, Ana Rodríguez de La Robla, Gloria Ruiz. Imágenes de María Gorbeña. Jornadas celebradas en el Palacete del Embarcadero entre el 14 y el 16 de noviembre. Autoridad Portuaria de Santander, Santander, 2007.
LÍMITES fue un proyecto plural que, conjugando la música, la poesía y la fotografía, se realizó en el Palacete del Embarcadero durante los días 14, 15 y 16 de noviembre, con motivo de la celebración de su 75 Aniversario. Nueve poetas leyeron sus composiciones acompañados por la música del rabel y la guitarra flamenca. Se proyectó durante las tres sesiones una selección de fotografías de María Gorbeña sobre los “límites” de la luz reflejándose en el agua, en el mar y su corpórea fluctuación de esencia y magma. Toda esta programación se recogió en un libro-catálogo del mismo nombre –Límites–, fiel representación de unas jornadas que concitaron la presencia de un público muy interesado en comprobar cuál era el panorama actual de la poesía última que se realiza en Cantabria.
Límites, pues, presenta el trabajo conjugado de varios artistas elegidos por su versátil capacidad de interpretar aquellos principios conceptuales tan apreciables en los creadores contemporáneos: el lenguaje del estupor frente a los avatares vitales, la interrogación conceptual permanente y la búsqueda de referentes propios donde asilarse ante los contradictorios impulsos que asolan los mundos del arte y la cultura.
El Palacete del Embarcadero siempre ha acogido actividades múltiples, y esa pluralidad de funciones es fuente inspiradora para elaborar un ejercicio literario intenso y sensible. Se constata que los poetas han tomado la referencia “límite”, como sinónimo de “demarcación”: territorio o comarca, zona o término, donde ejercitar la pasión de escribir y hablar de un paisaje de sentimientos, extrayendo de él, observaciones inusitadas sobre la raíz última de la palabra. Fernando Abascal utiliza una esclarecedora mirada para verificar la gravedad y presencia de los elementos, examina el paisaje como un inserto en la membrana de la memoria (“...sustancia entregada hacia lo alto, el hueso más solo…”). Marián Bárcena da crédito al instinto más inmediato, cuando percibe el entorno como una llama de exquisita ternura (“Aire mío que vas en la conspiración de los felices”). Marcos Díez Manrique sabe utilizar el horizonte de lo específico y personal, para desbrozar los límites de propia existencia (“Me despierto de golpe, los ojos como platos y una lucidez de cuchillo afilado: veo que moriré algún día...”). Ana Rodríguez de la Robla, crea un arco de luz límpida sobre los signos de la oscuridad, la noche se esclarece en su significado de poema, de palabra cerrada y recóndita anatomía (“…escuchar la voz del trigo y la amapola, ser la sombra del jinete que callado galopa en la memoria de los dedos...”). Maribel Fernández Garrido describe el tiempo con un temblor de símbolos epidérmicos, ajustados a la necesidad de inventariar cada uno de los espejismos que envuelven los sentidos (“Empujo, me arqueo, busco hasta dónde pueden crecer mis puentes”). Gloria Ruiz susurra al oído las certezas y dudas de una piel sensible, aquellas que son vívidas como nubes o presagios en el último confín de la inocencia (“Así era yo y en las noches buscaba el sortilegio de la luna y me inventaba amores, incapaz como era de vivirlos”). Juan Antonio González Fuentes, empecinado en observar rutas inconclusas, busca heterónimos para sobreponerse a la distancia del desafecto; meteorólogo de tiempos aciagos, pocos describen como él la prosa escéptica de lo inalcanzable (“Esta luz severa, la forma conocida de un camino triste que se hace silueta y sombra en una habitación vacía”). Rosario de Gorostegui evoca el mar como si fuera un cuerpo donde reconocer la añoranza, una entidad ausente que posee evocaciones de ausencias (“Reconoceré tus pasos cuando el mar inunde la memoria y se aleje creyendo que te lleva...”). Guillermo Balbona ha encontrado un raro mapa emocional, ha descubierto tierras ignotas circundadas por sombras que ocultan pérdidas y tálamos (“La desolación de la altura y el vértigo a la espera de una caída infinita”).
El volumen incluye igualmente un portafolio con las imágenes de María Gorbeña. También se recogen algunas fotos que reflejan las lecturas de poemas y las intervenciones musicales de Chema Puente al rabel y voz, acompañado de la técnica hecha sabiduría en la guitarra de Ramón Fernández, cuyas actuaciones resultan un ejercicio de emoción y sinceridad. Los Poemas de García Lorca, León Felipe, Gerardo Diego y José de Rio Pick sonaron en las Jornadas con un nuevo vigor y presencia cuando fueron interpretados por estos dos artistas.

por JESÚS ALBERTO PÉREZ-CASTAÑOS

RESEÑAS SOBRE ESTUDIOS

Pureza CANELO, Elena DIEGO (eds.): El legado de Juan Ramón Jiménez en la poesía española contemporánea. Devenir-Ensayo, Madrid, 2007.
Comentar unas actas puede resultar algo ciertamente embarazoso ya que no hablamos de una obra unitaria, por mucho que el tema del libro actúe de hilo conductor. Por otra parte, sería poco propio de una reseña por su extensión, y al fin de poca utilidad para el lector, realizar un recuento y crítica de todos y cada uno de los trabajos allí presentados. Por ello, teniendo en cuenta que el libro se estructura en ponencias y comunicaciones y asumiendo el riesgo de resultar un tanto parcial, comentaremos más detenidamente las primeras, al fin y al cabo, eje vertebrador de estas Jornadas de Estudio sobre «El legado de Juan Ramón Jiménez en la poesía española contemporánea» organizadas por la Fundación Gerardo Diego y el Centro Cultural de la Generación del 27 y celebradas en Santander en octubre del año pasado.
El apartado de ponencias lo abre Luis Bagué Quílez con un trabajo que se encuentra muy en consonancia con sus últimas publicaciones, (v.gr. Poesía en pie de paz, que reseñamos en el pasado número de QVORVM) donde analiza la acogida de la obra de Juan Ramón, su influencia, las relecturas propuestas, en definitiva, el legado, la recepción de los poetas españoles que pertenecen a las últimas dos décadas del siglo XX. Prosigue Jesús Cabezón, quien realiza, mediante un collage de referencias y citas de diversos autores, una personal biografía del autor, a la vez que intercala sencillos, pedagógicos y ciertamente tímidos comentarios críticos, sin entrar en complejidades ni en cuestiones que requieran una excesiva profundidad o erudición.
Juan Cobos Wilkins, creador de la Fundación Juan Ramón Jiménez y crítico literario en el diario El País, nos relata su experiencia de ocho años trabajando en la Casa-Museo de Zenobia y Juan Ramón en Moguer, de manera amena gracias a un estilo narrativo y ligero. Pero el plato fuerte, a mi entender, nos lo sirve Francisco Javier Díez de Revenga cuando nos revela la otra faceta del poeta, la más humana y por ello más terrible y desmitificadora, encarnada en su relación con Gerardo Diego, una relación que no calificaría de amistad precisamente. Buceando en cartas y documentos nos encontramos con un personaje displicente y malhumorado. Sirvan de ejemplo las perlas que le dedica a don Gerardo: “no quiero colaborar en ningún sitio donde figure esa pandilla a la que pertenece Gerardo” o la más dura “De otros poetas como Gerardo Diego, por ejemplo, no hay ni que hablar, pues es solamente un aficionado”. Encuentra Revenga ciertas huellas de arrepentimiento en los últimos días del poeta, que sin embargo no desvelaremos a nuestros queridos lectores (no spoilers).
Las dos siguientes ponencias exudan cierta afectación académica en detrimento de la originalidad: Juan Antonio González Fuentes analiza el lenguaje de Espacio, con una correcta contextualización preliminar para abordar la génesis de la obra (básicamente el papel de James Joyce), así como su posterior evolución. Juan José Lanz, con su ponencia titulada El legado poético de Juan Ramón Jiménez y la modernidad, realiza un extenso y moroso recorrido al más puro estilo de los manuales de historia y crítica de la literatura sobre las etapas poéticas y el análisis de las obras del autor, eso sí, con un estilo de cierta vocación poética que en ocasiones resulta un tanto farragoso: “la conciencia hecha esencia, ha de venir a habitar necesariamente; el destino de la escritura [...] aparece diáfano al final de su trayecto: crear un universo a través de los nombres (en ellos) para que el dios-yo de lo absoluto conseguido habite en él.”
La siguiente ponencia corre a cargo de Lorenzo Oliván, quien nos propone considerar la afirmación realizada por Juan Ramón Jiménez durante una entrevista con Ricardo Gullón en la que aseguraba que “el simbolismo moderno en la poesía española comenzaba con su Diario de un poeta recién casado”.
Tras el trabajo de Ada Salas, donde analiza su poema favorito de Juan Ramón, Del fondo de la vida, termina el apartado de ponencias con la presentada por Alberto Santamaría, quien comienza con una divagación con pretensiones de épater le bourgeois que no termina de cuajar, sobre la realidad y la idiotez (como esencia) para llegar a la “realidad real” (sic) y de este modo a Juan Ramón. En conjunto, el texto resulta pesado y engorroso por las constantes reiteraciones de la misma idea y por la introducción de palabras como inorganicidad, propias de un autor acostumbrado a licencias poéticas.
Finaliza el volumen con una serie de comunicaciones donde repite alguno de los ponentes. En ellas se analizan, de modo sencillo y breve, determinados aspectos de la vida y de la obra del poeta, así como su recepción. No obstante, predominan en este apartado los análisis de poemas de Juan Ramón.
Este libro, que recoge las actas de las Jornadas celebradas con motivo del quincuagésimo aniversario del Premio Nobel concedido a Juan Ramón Jiménez, resulta, a la postre, desigual. En contenido y en forma, pues a pesar de contar con una impresión cuidada y un elegante diseño, aparecen erratas ya desde la primera página (Moger, gande); tan sólo la ponencia de Bagué cuenta con bibliografía; y no es coherente con unas normas de corrección y estilo (al hablar del Diario, en unas ocasiones aparece recién casado y en otras reciencasado). Sin embargo resulta un libro muy recomendable para todo aquel que quiera acercarse a Juan Ramón desde otros y diferentes puntos de vista.

por FRANCISCO LLANILLO

Luis RUIZ AJA: La Contracultura. ¿Qué fue? ¿qué queda? Mandala Eds., Madrid, 2007.
José RIBAS: Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad. RBA, Barcelona, 2007.
Antecedentes e intenciones aparte, los dos libros tienen como tema los movimientos contraculturales en Occidente, en general, es el caso de La Contracultura. ¿Qué fue? ¿Qué queda? de Luis Ruiz Aja, a partir de ahora Luis, y en España, si no en Cataluña, si no en Barcelona, en particular, es el interés de Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad, de José Ribas, en adelante Pepe.
Uno de mis yoes, que se deja sentir en la lectura de ambas obras, y en el momento de comentarlos, es el de alguien que pertenece a una generación de desperdicios utópicos, militante forzoso de un escepticismo de emergencia para salvar la cara. Espero que acepten la ironía, trufada de alguna dosis de cinismo, virtudes socráticas, sobre las que el filósofo en carne viva y sobre las piedras de las plazas públicas acabó sentando las bases de la cultura occidental, y que a mí me sirven de frágiles mecanismos de autodefensa, a la vez que de instrumentos desmitificadores.
La contracultura quiso ser una revolución que trastocara los valores y, por tanto, que transformara radicalmente las pautas culturales, las formas de vida individuales y las relaciones sociales vigentes en Occidente. Al margen, nunca mejor dicho, de las ideologías dominantes, las de los dos bloques económicos-militares, con sus respectivos sistemas de producción y de defensa, equilibrio inestable, Guerra Fría, que se dio por terminados a finales de noviembre de 1989, con la caída del Muro de Berlín. Fin de la dialéctica Este-Oeste y ensanchamiento imparable de la ya muy abierta brecha Norte-Sur, a la que la contracultura fue muy poco sensible. Nada sensible.
Tras el fracaso de las tesis del materialismo dialéctico, que no de las del histórico, en cuyo nombre se hizo una revolución proletaria donde no había proletarios, que instaló con ansias de eternidad la provisional dictadura del proletariado, y ante la evidencia de que el potencial revolucionario de los trabajadores había sido prácticamente desactivado por las artimañas del capitalismo, que se retroalimenta de sus contradicciones, ¿quiénes podrían ser los agentes de la revolución, ya que no estructural, es decir, económica, sí cultural, es decir, superestructural, revolución intelectual y existencialmente liberadora?
Con instrumentos de análisis marxistas y freudianos, en sus obras Eros y civilización, El hombre unidimensional y El final de la utopía -final no por imposible, sino porque, supuestamente, se daban las condiciones objetivas propicias para que se hiciera realidad la utopía de la desalienación, de la libertad-, Marcuse aventura una respuesta: los grupos marginales, sobre todo los jóvenes estudiantes, aún no atados a la sociedad con el yugo del trabajo, a quienes se les presentaba la responsabilidad de construirse un mundo a la medida de sus ideales y no debían desaprovecharla. Y así, la rebelión surgió, sobre todo, en las universidades. Una especie de rizar el rizo, una rebelión de pequeños burgueses –burguesitos- contra la burguesía reinante, que no tardaría en fagocitarlos. Total, se quedó en revuelta.
En España, que ya estaba lo suficientemente marginada internacionalmente, había que luchar, no sólo contra la represión, sino también, y en primera instancia, contra la opresión, mientras en el resto de Europa y en América del Norte se las tenían que ver con la sobrerepresión, descubrimiento freudiano. Caso aparte fue el de Cataluña, en especial el de Barcelona, a la sazón en puente contracultural con Ibiza, feudo hippie. La revista Ajoblanco, que fundó y dirigió Pepe Ribas, fue uno de los medios de difusión contracultural fundamental. Su nutrió, en parte, de otros movimientos que se esparcían por España, con sus propios medios, pero con radios de influencia más limitados, y por tanto, con menos voz, que Ajoblanco se encargó de amplificar.
Soy consciente de que esta descripción, por ser necesariamente breve, es también insuficiente, muy insuficiente. Abre muchos huecos que quedan sin llenar. Para llenarlos han escrito sus libros Pepe y Luis. Cada uno lo ha hecho desde una situación diferente, como no podría haber sido de otro modo, por una mera cuestión de tiempo, de edades: Luis nació en el arranque de la década que con sus recuerdos recorre Pepe en su libro.
Luis observa el fenómeno cultural paradójicamente conocido como Contracultura con el apasionamiento del estudioso, a la vez que con la suficiente objetividad que permite no haber estado inmerso en ella. A falta de experiencias contraculturales propias, ha investigado sobre sus propuestas, sobre sus formas de expresarlas existencialmente, sobre sus impulsos intelectuales, sobre por qué fracasó o, cuando menos, por qué se quedó lejos de hacer valer sus ideales. Y de paso cumplió con la obligación académica de escribir una tesina.
Pepe vivió los años 20 de su biografía en coincidencia con los 70 del siglo y los acontecimientos contraculturales que en Cataluña tuvieron más presencia y relativa mayor capacidad de actuación. Y se mojó, fundó un medio de inspiración y expresión contraculturales, la revista Ajoblanco, que aspiraba a orientar la transición por los caminos que habían abierto los movimientos que hacían el amor y no la guerra, que entre el ser y el tener, optaban por ser. Caminos a los que se les pusieron obstáculos, se llenaron de baches, hasta acabar con el indicador de carretera cortada.
Los libros de Luis y Pepe, pues, comparten objeto, pero no objetivo. Y esta diferencia es la que los hace complementarios. Pepe cuenta la peripecia de Ajoblanco, indisociable de su peripecia personal. Las cuenta de un modo prolijo, con gran profusión de nombres, encuentros y situaciones que se repiten una y otra vez, procurando en el lector una sensación de vértigo, biográfico e histórico. Entre los nombrados no faltan alusiones a los mentores de la contracultura, que la contracultura también cuenta con maestros y con modelos a seguir. Que tampoco la espontaneidad se da en estado puro. Es en el libro de Luis donde se da cumplida explicación a las alusiones de Pepe: que si Marcuse, que si lo underground, que si Keruac, que si los hippies, que si el anarquismo, que si las comunas, etc.
Puedo sugerir un método reversible para la lectura de ambos libros. Uno sucesivo: primero leer el libro de Luis de un tirón e informarse del qué, el por qué y el para qué de la contracultura; después, leer el libro de Pepe de un tirón y conocer el cómo Ajoblanco, y él mismo, quisieron ser contraculturales guiados por aquellos qués, por qués y para qués, aplicados a la realidad española, en general, y a la catalana, en particular.
La otra forma de lectura, simultánea: no con los dos libros, uno en cada mano, a la vez, y con un ojo en las páginas del libro de Luis y el otro en las del libro de Pepe, sino con Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad en las manos y, a la vez, para ampliar información puntual, al paso de la lectura, tener a mano La contracultura. ¿Qué fue?, ¿qué queda?
Esta segunda pregunta del título, ¿qué queda?, es una buena pregunta, o sea, una pregunta bien hecha. Y necesaria. Se dice que de la Contracultura derivó la llamada “movida madrileña”, pase de pecho que se lució ya a toro pasado, más para celebrar y ponerse a tono, que para modificar las notas de un concierto que estaban componiendo otros, con el Viejo Profesor encargado de esgrimir, para entretener, la batuta del despiste. También se dice que quedaron los movimientos ecologistas, feministas, pacifistas, homosexuales, etc. Y es verdad, como también lo es que se encontraron con su negación dialéctica; los Ministerios de Medio Ambiente, las Direcciones Generales de la Mujer, los Ministerios de Cultura, etc, con las que han de vérselas, para atajar barrabasadas, unas veces; otras veces, para entrar por el aro.
También se tienen a los movimientos por otra globalización como herederos de los contraculturales. Me permito cuando menos una observación. Los movimientos por otra globalización son solidarios, además de reivindicativos. Los movimientos contraculturales fueron reivindicativos, pero escasamente solidarios, más allá de una solidaridad de puertas adentro. Permítanme que justifique lo que acabo de decir con un hecho que a los españoles nos debería haber cogido, y seguir cogiéndonos muy de cerca, y que a mí, desde entonces, me toca muy por dentro, y es por esto por lo que lo destaco, sin que sea el único. En 1975, con Ajoblanco en pleno lanzamiento, el Gobierno español hizo entrega del Sahara Occidental, con los saharauis y sus recursos dentro, a Marruecos y Mauritania, propiciando una guerra de 15 años y un exilio en campos de refugiados de 32 años, hasta el momento. Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad dedica a semejante barbaridad dos párrafos sueltos de apenas tres líneas cada uno y un pie de página, con el distanciamiento de una noticia de agencia.
Quizá la respuesta a qué queda de la contracultura se encuentre en las entrevistas, que se incluyen en el libro de Luis, a personajes que fueron conocidos contraculturales, y reconocidos después por sus servicios, cuando salieron de las trochas libertarias para transitar por vías con pasos de cebra, que separan, semáforos que permiten y prohíben, y stops, que detienen, que regulan la circulación democrática. Desde Luis Racionero hasta Pepa Roma, que también escribe el prólogo, pasando por Antonio Escohotado, Fernando Díaz, Fernando Sánchez Dragó y el propio Pepe, que asume el déficit de solidaridad, son entrevistados por Luis.
Son estas entrevistas que harían buena la consideración crítica del Premio Nobel de Literatura del año 2002, el húngaro Imre Kertész, según la cual, además del pecado original, del que el hombre es inocente, existe el pecado histórico, del que dice no saber definir muy bien, para aventurar que quizá consista en echar a perder todas las revoluciones. Y digo que la harían buena, si no fuera porque al menos una revolución no la echaron a perder quienes la hicieron, y que los demás a lo sumo sólo la han incordiado de vez en cuando: la revolución burguesa, la madrastra de todas las revoluciones. Nunca ha permitido que las cenicientas y los príncipes se encontraran, porque también puso a los príncipes a su servicio. Los cuentos son historias, pero la Historia no es un cuento.
En fin, por todo ello echo en falta en las obras de Luis y Pepe, con más fundamento en la de Pepe, que vivió lo que cuenta, un componente irónico, matizado con un toque de cinismo. Lo que apercibe mi lectura en Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad es que en el libro sí queda, volcada de los diarios de Pepe, toda la ingenuidad de aquel entonces. Y es que si el tratamiento que Luis le aplica a la Contracultura es el del investigador, Pepe la venera con el fervor del creyente. Lo que no sé es si eso es bueno o regular. Supongo que malo no es.

por FERNANDO LLORENTE

RESEÑAS SOBRE NOVELA Y CUENTO

José María GUELBENZU: El cadáver arrepentido. Alfaguara, Madrid, 2007.
El nombre de José María Guelbenzu (Madrid, 1944) me ha merecido una admiración reverencial desde mis años de bachillerato, cuyos libros de texto (¿hace un cuarto de siglo?) ya le incluían en la nómina de clásicos contemporáneos. Desde su debut con el experimentalismo de El mercurio (1967), pasando por la aclamada novela de final de siglo, Un peso en el mundo (1999), la obra de Guelbenzu ha destacado por su complejidad formal, simbolismo y preocupación ética y estética en clave existencial. También se le considera un maestro en la descripción de las relaciones humanas, como demuestra en El río de la luna (1981) o en La mirada (1987).
Con todo, en este cruel mundo editorial dominado por el best-seller seudohistórico, exoticista o vaticanófobo, es posible que todo un conocedor de sus mecanismos como es Guelbenzu se haya sentido injustamente arrinconado en las estanterías de las librerías por, digamos, la última paparrucha templaria. Y, con la cautela propia de semejantes especulaciones, me atrevo a conjeturar que esta nueva fase de novela de misterio emprendida con No acosen al asesino (2001) y continuada por La muerte viene de lejos (2004) y la que nos ocupa, barrunta un posible intento de llegar a un público más amplio. Por supuesto que confluirán muchos otros factores, entre ellos la admiración por el género –sobre todo en su tradición inglesa–, pero lo cierto es que lo que parecía ser una cana al aire detectivesco hace seis años se ha convertido en toda una saga con visos de perdurar y de ir a más, incluso hasta la pantalla. Tal sensación me transmite, por ejemplo, mi consulta de la reciente página web de Guelbenzu (www.jmguelbenzu.com), polarizada en torno a las tres obras protagonizadas por Mariana de Marco, la jueza-sabuesa con destino en Cantabria, como si fuera lo mejor que ha escrito nuestro admirado autor. Incluso su nueva vocación ha conllevado un cambio de nombre, como en la tradición bíblica, si bien en su caso, a diferencia de autoras como Ruth Rendell/Barbara Vine, se limita a quedarse en J.M.Guelbenzu.
“¿Qué harías si en tu boda aparece un cadáver pidiendo perdón?” es la pregunta-gancho –tiempos verbales aparte– que domina contraportadas, marcapáginas y propaganda varia. Eso es lo que sucede en la boda de Amelia, amiga de nuestra jueza, que asiste como invitada. Se ha descubierto recientemente el cadáver de Rufino Ruz, que fue administrador y segundo marido de la abuela materna de la novia, desaparecido en los años 50 en la finca familiar toledana donde se va a celebrar el banquete. Sobre el difunto, que resulta ser abuelo del novio, pesaba la sospecha de haberse apropiado de parte del tesoro de la abuela de Amelia. Si a tan extrañas coincidencias se añade la muerte misteriosa de la madre de la novia poco antes de la boda, sin tiempo para revelar a sus cuatro hijos una oscura verdad, ya tenemos pasto para el hambre de aventuras de la inquieta jueza cántabra (de adopción) que oportunamente pasaba por allí.
En el haber de esta novela incluimos su inteligente diseño, estructurado mediante flashbacks muy ágiles que retroceden varias décadas o unos días, y escenas cortas de contrapunto cinematográfico. También detectamos un grato aroma de la tradicional novela de misterio inglesa, en lo que tiene de intriga psicológica y moderado humor. Ciertas dosis de metaliteratura están también presentes, pues Mariana de Marco, buena lectora, con frecuencia preconcibe los hechos de la realidad en función de parámetros literarios. Acaso mi principal objeción, como apuntaba arriba, sea una quisquillosa sospecha de que esta novela se haya concebido como producto comercial dirigida a un público que, en nuestro desolador panorama editorial, llegue a ser mayoritario. Tal recelo me provocan el carácter repetitivo de algunos pasajes, la simplicidad de algunos diálogos, cierta ortodoxia sociológica contemporánea y, más que otra cosa, la construcción artificial del personaje de Mariana. El narrador no se cansa de asegurarnos que la moza es inteligente, valerosa, estupenda y resultona, pero de alguna forma el personaje no acaba de convencer en su actuar, no resulta vivo. Pesa quizá sobre ella (qué cosas se me ocurren) la responsabilidad de convertirla en un icono, en una Marple, o quizá un Carvalho o una Petra Delicado.
De todos modos, El cadáver arrepentido cumple con creces sus cometidos genéricos y constituye una grata lectura vacacional. No es, sin duda, el mejor Guelbenzu, pero quizá esta novela contribuya a que el gran público (con perdón) se acerque más a su obra.

por CARLOS VILLAR

Jesús RUIZ MANTILLA: Yo, Farinelli, el capón. Aguilar, Madrid, 2007.
Resulta imparable el éxito de la novela histórica en España; un éxito que la crítica atribuye en líneas generales a su capacidad para dar forma a un pasado emocional en el que no interesa tanto reconstruir lo que ocurrió, cuanto representarlo desde una perspectiva extrañadora y comprometida. Así, el público en general busca en estos textos la reconstrucción del ambiente histórico con la mayor exactitud posible, personajes atractivos, valores intemporales (amor, lealtad, amistad, honor) que acerquen el personaje al lector, en un intento de popularizar el mundo antiguo aportando vivacidad y colorido a los libros de historia
Para escribirlos se necesitan enciclopedias o monografías para extraer la anécdota básica, mediana capacidad de fabulación, conocimiento de los tópicos del género, adobado todo ello con estilo sencillo y lineal. Son los ingredientes utilizados por el periodista santanderino afincado en Madrid, Jesús Ruiz Mantilla, en Yo, Farinelli, el capón. De este modo, el autor ha recorrido la ingente bibliografía disponible sobre el famosísimo cantante -protagonista también de una reciente película- para escribir un relato construido en primera persona, donde el castrato, desde su retiro en Bolonia a los 75 años, evoca su trayectoria vital desde el nacimiento en el reino de Nápoles, pasando por sus triunfos en Europa y su etapa de dos décadas en la corte española.
La estructura resulta un tanto mecánica: cada capítulo por lo general se inicia con la llegada de Farinelli a un lugar conocido –Nápoles, Roma, Venecia, Viena o Londres- descrito de forma elemental; allí tiene lugar algún acontecimiento relevante previamente documentado históricamente, sobre el que el personaje teje reflexiones retrospectivas casi siempre esperables: la magia de Venecia, la majestuosidad de los emperadores austriacos, cómo el público se enardece con su música, el grisáceo clima de Londres, cómo la grandeza de su arte compensa la mutilación genital sufrida a los 9 años... además -eso sí- de una muy precisa mención de sus actuaciones más significativas. Sin embargo, lo que el lector echa de menos es la profundización en aspectos o situaciones que hubieran aportado al personaje mayores dosis de individualidad, como su vivencia de la castración, tanto en el aspecto físico como en su relación con el amor, al que debió renunciar en aras de la música.
Nada que ver pues con las Memorias de Adriano, de Marguerithe Yourcenar o La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, novelas históricas cuyo éxito popular vino acompañado además del entusiasmo de la crítica. Aquí el mensaje principal -una vida entregada a la creación de la belleza; el arte de Farinelli capaz de incidir en la historia, al favorecer que Felipe V volviera a sus deberes en la Corte- se ve envuelto además en una prosa en la que no faltan reiteraciones ni fárragos. Lo más destacable resulta sin duda el buen conocimiento por parte del autor de la historia musical de la época.

por JOSÉ MANUEL CABRALES ARTEAGA

Pablo TORRECILLA: El libro de las hojas muertas. Ediciones Valnera, Villanueva de Villaescusa, 2007.
El mismo 1967 vieron la luz Pablo Torrecilla y Cien años de soledad. Cuarenta años después, del impacto de la novela sobre el joven brota El libro de las hojas muertas, que presenta una doble y sorprendente visión, texto autobiográfico del madrileño e ilustración de la novela del colombiano.
El primero describe la infancia, adolescencia y familia de un joven español en lucha con sus demonios interiores (mundo, demonio, carne) hasta la madurez. Una larga secuela de aprendizaje donde se transforma la ilusión en realidad y forma la experiencia. El vigor de la prosa de García Márquez se refleja en el estilo de Torrecilla, en el modo literario. Porque su escritura no desmerece, ni mucho menos, de su arte plástica. Su faceta de ilustrador, que dialoga con la autobiografía, ilumina la obra de García Márquez y tiene mucho del lápiz crítico de Daumier, ácido y sarcástico. Posee, en consecuencia, El libro de las hojas muertas dos vertientes que son como la umbría y la solana de un collado: vistas por encima, parecen campos distintos, que poca relación tienen de color y vida, pero ambas son parte del mismo altozano y su sustrato es idéntico.
El lado literario, donde Torrecilla campa por su periplo vital, tiene un fondo marquezino, parte de la necesidad de restringir el mundo, un espacio tan nuevo que algunas cosas aún no tienen nombre y deben señalarse con el dedo para definirlas. Narrada en primera persona, su prosa es peregrinación del español, como la saga de los Buendía, captación de los activos (tales nuevos Arcadios) y los contemplativos (aquellos Aurelianos). Refleja un atinado relato de las sensaciones e ilusiones de un joven que se abre al prometedor –e incómodo– mundo. La casa que habita, el caserón de la abuela, deviene un mundo mago, capullo donde encerrarse a crear con una autarquía que semeja a la ostentada por los Buendía. La abuela de Torrecilla encuentra su epítome en Úrsula Iguarán, la menuda y activa mujer que constituye la almendra de la saga de Macondo. A partir de ese punto relata sus salidas, en especial la que ejecuta a Estados Unidos. El exterior constituye la hojarasca: el personaje se pierde, le engañan, entra en conflicto con el entorno. Un mundo de vértigo que se palpabiliza en Samuel, ese extraño –pero no raro– falso editor que le promete una ganancia sin cuento que, como en un mal cuento, nunca llega. Un personaje sórdido que asimismo es epítome ad contrarium de la anciana, y cuya actitud de ansia crematística remite al Jacob ideado por el colombiano. De la misma forma, la literaria Remedios, la Bella, topa su copia viva en una dependienta que Torrecilla ve por una única vez: representa la inocencia, encontrada, perdida y nunca recobrada porque es imposible hacerla revivir.
Si la prosa presenta al artista, el dibujo y la pintura recrean el mundo de Macondo en personajes y ambientes. Los primeros están realizados con amor y dedicación. Dos destacan sobre todo, el gigantesco José Arcadio y la bella Remedios. Aquel semeja una fuerza de la naturaleza, con su hirsuta pelambrera, la nariz aquilina y el gesto decidido. Alrededor –o a la sombra– de su imagen viven los demás hombres como contraste, incluso el mágico Melquíades. Remedios, por el contrario, con su etérea belleza metaforiza lo inalcanzable. Heredera directa de la Venus botticelliana, su pudicia y descaro la convierten en paradigma de mujer. Las demás contrapuntean a esta excelsa hembra.
Empero, lo más logrado plásticamente del madrileño es su capacidad para ubicar a los personajes dentro de un paisaje o de un grupo. Se dotan de un halo mágico, sea en el primitivismo de exhalan las figuras, sea en la exuberancia lujuriosa de las plantas, o en los matices que otorga a los suelos, incluso en los grises de los lápices. De ello da buena cuenta la portada del libro, con el coronel Aureliano frente al pelotón de fusilamiento. La prestancia y densidad de los personajes en el tétrico paisaje proporciona un ritmo estético que se encuentra en otros óleos, tales los dedicados al esqueleto del galeón español en medio de la pampa.
Si el tremendo episodio del tren de los muertos –uno de los relatos mágicos imperecederos de la literatura española- capta la fusión estremecedora de cuerpos y vagón, no menos perspicacia poseen las telas del acrílico de la niña Rebeca o los fondos ígneos del triángulo amoroso de Amaranta, Rebeca y Pietro Crespi, plasmando así las sensaciones que transmite el verbo riquísimo de García Márquez. Óleo acabado o rápido esbozo, la mano de Pablo Torrecilla sabe tratar y trasmitir ese mundo donde se funden el hombre y la naturaleza con el rumor de las praderas antiguas.

por JESÚS LÁZARO

Beato DE LIÉBANA: Comentarios al Apocalipsis. José Ramón SÁNCHEZ: Visiones del siglo XXI. Ediciones Valnera y Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria, Villanueva de Villaescusa, 2006.
El pintor José Ramón Sánchez emprendió en 2004 la tarea de recrear en imágenes el universo inquietante que transmitió Beato de Liébana en sus Comentarios al Apocalipsis de San Juan. Durante dos años se imbuyó en la lectura del texto, consultó códices antiguos, pidió la opinión de amigos teólogos y trabajó en la composición de veintidós óleos de gran formato pensados para ilustrar, desde la mentalidad del siglo xxi, la obra del genial lebaniego.
José Ramón, con mano forjada ya en la ilustración de las más importantes obras de la literatura universal, acometió el trabajo representando, en principio, las escenas más comunes de todos los beatos —los cuatro jinetes del Apocalipsis, la bestia, la serpiente de siete cabezas…—, para alcanzar, a medida que avanzaba en la obra, la total libertad de su arte. Fue entonces cuando, sin romper del todo con sus lazos figurativos, decidió continuar el trabajo de manera diferente, convirtiendo el escenario del lienzo en una especie de fantasmagoría en la que las formas apenas se sugieren, las figuras se disuelven y las luces alcanzan matices apasionantes. Curiosamente, ese cambio se produjo en la mitad de la obra, cuando las fuerzas del Bien y del Mal estaban a punto de enfrentarse en la batalla decisiva. En ese momento el pintor retrató toda la crudeza de la lucha con espléndidos efectos cromáticos, en palabras del profesor Lázaro Serrano, “como si las apariencias del mundo ordinario se subsumieran y diluyesen por necesidad en ese ámbito poderoso, invencible, de la niebla donde contienden el Bien y el Mal”.
El libro cuenta con un contenido de gran interés, que arropa las quinientas ilustraciones que nacen de los veintidós óleos de José Ramón Sánchez: la edición íntegra de los Comentarios, según la canónica traducción de Campo Hernández y González Echegaray; un texto de Emilio Pascual de gran belleza literaria —El monje en su Apocalipsis—, que recrea las últimas horas de Beato; la traducción rimada del “Himno a Santiago”, realizada expresamente para la edición por Pollux Hernúñez; una reflexión de Guillermo Balbona —De cómo una luz que ilustra el mundo se nos antoja bella propaganda— sobre la actualidad de las imágenes de los beatos; un estudio riguroso de Joaquín González Echegaray —El Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana— acerca de la importancia del libro en la tradición religiosa occidental y la repercusión de sus ilustraciones en el desarrollo posterior de la pintura y la escultura; y, por último, a modo de cuaderno de trabajo, las reflexiones artísticas del propio José Ramón —Visiones— a la hora de enfrentarse a la ilustración de los textos.
En cuanto a su continente, el libro se ha realizado sin escatimar esfuerzos técnicos. Destaca especialmente el delicado proceso de termoestampación pliego a pliego, que permite que todas y cada una de las páginas vayan adornadas con una estampación en oro o en plata, que ribetea las ilustraciones del artista, en unos casos, y el texto de la obra, en otros, a modo de marco. Encuadernado en piel reciclada, cada ejemplar lleva cinta punto de lectura y está numerado y firmado por José Ramón Sánchez.
La obra, que no es venal, puede encontrarse en bibliotecas y puede asimismo descargarse gratuitamente desde la página web de Ediciones Valnera (http://www.ediciones-valnera.com/).

por JESÚS HERRÁN

Gonzalo CALCEDO: Saqueos del corazón. Algaida, Sevilla, 2007 (IV Premio de Relato Iberoamericano “Cortes de Cádiz”, 2007).
La escasa atención que parte del mundo editorial español presta al cuento y al relato corto refleja un evidente despotismo económico, que no ilustrado, del mercado a la hora de imponer determinados moldes y gustos. No menos cierto es el desinterés de los lectores ante un género al que algunos le siguen colgando el sambenito de “menor” en ese ficticio e inoperante escalafón de la literatura. Por lo visto, en este caso el tamaño sí que importa y mientras la novela se erige en la reina de los fastos y fiestas literario-publicitarias, el cuento y sus autores siguen sufriendo, aunque bien es verdad que cada vez menos, un cierto acorralamiento editorial, como si el escritor de relatos fuera una especie de paria o aprendiz de novelista que tuviese que demostrar primeramente su calidad y valor en las distancias cortas. Quizá sea por esto, por este falso prestigio -disculpen la redundancia- de la novela como género de ficción mayor, el gran Augusto Monterroso escribió con mucha guasa guatemalteca que una novela es una buena preparación para escribir un cuento.
No menos grave, por otra parte, nos parece el estrabismo de cierta crítica, demasiado desatenta a lo que es uno de los fenómenos más destacados en nuestra literatura durante la última década: la consolidación de géneros, si es que hoy se puede hablar de géneros, como el cuento y el relato corto, el microrrelato, los diarios, los libros de viajes o las memorias. Por fortuna, algo está cambiando y ya no es infrecuente en los catálogos de las editoriales o en los suplementos literarios de los periódicos la cada vez más abundante presencia de libros y de antologías de relatos, a veces, eso sí, pergeñadas a partir de muy peregrinos temas. Hemos de citar aquí la excelente labor que en este sentido llevan a cabo editoriales como Menoscuarto o Páginas de Espuma.
A pesar de ser Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) un escritor poco amigo de lo que se llama “vida literaria”, no ha pasado inadvertido para la crítica más exigente. Habita y trabaja al sur de la bahía santanderina y es un fiel militante del relato breve. Desde su inicial Esperando al enemigo (1996) hasta este Saqueos del corazón (2007), ha publicado casi una decena de libros de relatos: Otras geografías (1998), Liturgia de los ahogados (1998), La madurez de las nubes (1999), Apuntes del natural (2002), La carga de la brigada ligera (2004), El peso en gramos de los colibríes (2005) y Mirando pájaros y otras emociones (2005). Así mismo, es autor de La pesca con mosca, su hasta ahora única novela (2003).
La escritura de Calcedo nos recuerda, a veces demasiado, el trazo de autores como Cheever, Richard Ford, Carver, Tobías Wolf o Lorrie Moore, pero no se nos ocultan otras influencias más diluidas como las de Stevenson, Melville, London, Greene, Hemingway o Salinger y, por encima de ellos y como grandes y permanentes faros de la literatura, las de Kafka y Conrad, lo que evidencia una determinada filiación narrativa, escorada claramente hacia parte de lo mejor de la narrativa norteamericana y no de la latinoamericana, hasta hace algunos años la de mayor influencia entre los autores españoles de cuentos.
En Saqueos del corazón, libro con el que el autor ha obtenido el IV Premio Iberoamericano de Relato “Cortes de Cádiz”, Calcedo nos presenta once relatos o nouvelles en las que los protagonistas comparten culpas y arrepentimientos, soledades y frustraciones, amores y desarraigos y en los que adivinamos rasgos y ecos de otros personajes característicos del universo narrativo del autor : Verónica, la abogada que va a visitar a su madre a la residencia de ancianos; el galerista Dorian y la niña pintora; Hanna, Isadora y sus amantes; el pasado y Helga; Lucas y su tullida sentimentalidad; el matrimonio desvaído de Tobías; un adolescente salingeriano en fuga; Irene Cox, esperando sentada en la cama -muy Hopper- la llegada de su amante; la soledad de Julius y una asombrosa niña, no menos sola, en la consulta del dentista; los extraños vecinos de un hombre abandonado por su mujer...
También los entornos en que se mueven esos personajes son muy semejantes a los que el autor nos dibujara en otros libros suyos: solitarias urbanizaciones, lugares de paso, habitaciones de hoteles, paradas de autobuses, estaciones de trenes, supermercados, consultas médicas... y todo ello con una extraordinaria sobriedad técnica y un excelente dominio de los recursos expresivos. Calcedo describe con enorme lucidez la fragilidad de la vida, el despojamiento y penuria de nuestras experiencias, la incomunicación y las soledades domésticas, sin que asome por ello la tragedia o el desbordamiento emocional. Esa aparente frialdad del autor, que en ningún momento descarta la elegante cabriola poética, es producto del alto nivel de exigencia que el autor se impone a la hora de escribir. En suma, una escritura en tensión y condensada donde lo argumental excluye lo meramente anecdótico para centrarse en la historia y fragmentarse en la sugerencia y en la elipsis; una escritura, pues, enganchada a la realidad, a esa épica desolada de lo cotidiano, iluminadora del vacío y de la orfandad sentimental en que vivimos.
Vuelve Gonzalo Calcedo, pues, a superarse a sí mismo y confirma con su última obra que estamos ante uno de los grandes autores de relatos de la literatura española actual.

por FERNANDO ABASCAL

RESEÑAS SOBRE POESÍA

Carlos ALCORTA: Sutura. Hiperión y Fundación Gerardo Diego, Madrid, 2007.
La última obra del poeta de Torrelavega Carlos Alcorta es un único poema, un largo poema en trece cantos, en que trata de cauterizar una herida entre el pasado y el presente, el niño y adolescente que fue con el hombre ya maduro.
La idea de la mirada se convierte en tema recurrente en el poemario, porque “quien aprende a mirar a prende a ser”, con esa mirada ingenua para descubrir lo oculto, lo secreto; una mirada que a veces se refleja en un espejo y provoca espejismos.
Al poeta le preocupa el tiempo, la temporalidad, “ese tiempo que queda por vivir” y que también implica memoria y olvido “porque aquello que olvidas te pertenece” y gracias al olvido seguimos viviendo.
El José Hierro del Libro de las Alucinaciones está presente en los paréntesis explicativos que el creador necesita para seguir avanzando en el poema.
Sutura, poemario narrativo, discursivo, es una reflexión sobre la existencia del que fue y es. No hay respuestas, sino preguntas retóricas que a todos nos conciernen en tanto el autor entiende que cuenta con un lector cómplice. Por otra parte, en el poemario se detecta una salvación por la palabra: “Sé que mi vida” –dijo ya Carlos Alcorta en una poética– “hubiera sido diferente de haber hallado refugio en la escritura, pues gracias a ella observo el mundo y a í mismo de otro modo, más preciso y hasta más benévolo”.
El poemario se cierra con una explosión de júbilo, una apuesta por la vida, una celebración de la existencia: “Este es tu tiempo./ Estás aquí. Son tuyas las palabras/ que entonan un canto de gratitud/ por la simple razón de estar presente./ Esta es tu victoria, tu recompensa./ Guarda por siempre bajo siete llaves/ la refulgente bala de plata que atraviesa,/ cuando el fervor se acalla, los muros del olvido”.
La Fundación Gerardo Diego ha editado, a su vez, un tríptico, el número 4 de su colección “Tertulia de Equis y Zeda”, con el título Ante mi poesía, que contiene tres poemas inéditos de Alcorta y así mismo el poema “Otoño”, perteneciente a un libro bastante anterior del mismo autor, Cuestiones personales.

por MARISA SAMANIEGO

Julio CEBALLOS: Cuaderno de Shangai. Versión en chino de Yuming Tu. La Sirena del Pisueña, Santa María de Cayón, 2007.
Un lector que acostumbre a leer la portada de un libro como primer signo textual encontrará en la de este primer poemario del cántabro Julio Ceballos indicios de gratas promesas. La contracubierta –refuerzo innovador para la sobria elegancia de La Sirena del Pisueña– nos muestra una panorámica de la torre Perla de Oriente de la ciudad de Shanghai, con el logotipo de la pasiega sirenita superpuesto, como si surcara las aguas del río Huangu. No sé si será deliberado, pero el detalle es toda una premonición de la dualidad temática que encontraremos en el libro: destierro urbano en Shanghai y evocación de la “tierruca”. Ya decía Juan de Salisbury que la “tierra extranjera” era una de esas realidades que “con la lectura, abren a muchos las cosas oscuras” (Policratus, VII). Pero la Cantabria de Ceballos, los paisajes de su hogar campurriano, los amigos que dejó atrás, los seres queridos, vertebran parte no pequeña de los contenidos de Cuaderno de Shanghai. Acaso la distancia no sea el olvido, acaso los fantasmas (“luchas con fantasmas/ a salvo de los fantasmas/ del mundo de los vivos”) se hagan más presentes a miles de kilómetros del hogar, como le pasó con su Dublín a Joyce –uno de los referentes del poeta, si atendemos a la sopa de letras de agradecimientos finales.
Pero aún otra sorpresa nos aguarda en la primera fase de lectura de portada: el texto se ofrece en versión bilingüe, china y española. No conozco muchos casos similares en el mercado editorial hispano, y ciertamente ninguno a este lado del Ebro. Aunque no me hallo en condiciones de juzgar la calidad de la traducción, obra del filólogo Yuming Tu, la emblemática biblioteca poética del Ayuntamiento de Santa María de Cayón añade así uno más a sus méritos, en lo que aporta de acercamiento al intercambio cultural con el gigante que despierta.
Adentrándonos ya en el intrincado tejido lírico de Julio Ceballos, advierto de que no es fácil condensar su poesía en pocas líneas. Son poemas personalísimos, de difícil clasificación genérica, que el autor no se molesta en parcelar bajo secciones, aunque sí se enmarcan, sin embargo, dentro de un diseño sugerente y cuidado: abren y (casi) cierran el libro distintos versos del mismo poema de José Hierro, “Falsos semidioses”, que entonan la sintonía dominante del destierro. El primer poema, “Signos”, vuelve a remitirnos a Hierro (late en todo momento, y no solo en el título, una deuda consciente con Cuadernos de Nueva York) y concluye afirmando que “las casualidades no existen”, afirmación que también cierra definitivamente el poemario.
“Desde una ciudad envuelta en nieblas/ en ruido de contaminación/ y en la vida de veinte millones de almas/ te escribo estas líneas”, nos confiesa confidencialmente el poeta en su segundo poema, “Seguro de vida”. Pero tampoco conviene tomar muy al pie de la letra la especificidad de su experiencia, pues “yo siempre escribo el mismo poema, hablo de la misma gente, todas las ciudades/ son la misma desde hace tiempo” (“Bonus track”). Algunos parecen poemas biográficos, con clave privada, o quizá seudobiográficos, acaso inspirados o soñados en una butaca de cine campurriano y recreados en la soledad de un rascacielos chino. Ciertamente hay abundante inspiración cinematográfica (Blade Runner, XPAT, In the Mood for Love,…), y pululan por estos versos personajes enigmáticos, de los que solo conocemos un rasgo o un nombre impronunciable (“Mian Tiao”), ambientados en un entorno vaporoso pero indiscutiblemente lírico. Ceballos hace gala en la mayoría de sus poemas de un incuestionable instinto para el ritmo – sea largo o corto (“Wo Auch Immer Sie Sein Mag”)– y una maestría para la combinación léxica sugerente. El verso hermético da paso en ocasiones a otro más explícito, incluso sapiencial, como la serie de “no haikus” titulada “Jueju”, y en ocasiones el poeta no se resiste a quitarse la máscara de fingidor, como en el emotivo poema dedicado a su padre.
Poesía, pues, enjundiosa y de un elevado poder evocador, que nos trae a la conciencia el recuerdo de nuestra condición efímera y contingente. Todos somos desterrados en alguna medida, pues se nos niega el acceso a los parajes que habitan en el recuerdo. En efecto, “lo único que le falta a este paisaje cuando se pone el sol/ es la nostalgia anticipada de su pérdida”.

por CARLOS VILLAR

Rafael FOMBELLIDA: Canción oscura. Consejería de Cultura, Turismo y Deporte de Cantabria y Editorial Pre-Textos, Valencia, 2007 (Premio de Poesía “Gerardo Diego”, 2006).
Rafael Fombellida, un poeta consolidado en el panorama creativo de Cantabria, nos presenta un libro en tres partes, con un nuevo enfoque para explicar la realidad. El mundo poético de Fombellida se mueve impulsado por fuerzas internas. Hay en sus versos algo dinámico que no puede apresar la razón, sino la intuición. El subconsciente, el recuerdo y las imágenes vividas constituyen la materia de trabajo del poeta. Los poemas de este autor descubren al lector aspectos y resortes de la psicología humana y aportan al crítico nociones sugestivas acerca de los mecanismos de su creación literaria.
La palabra de Fombellida es rigurosa, seleccionada con cuidado, casi diríamos que en su afán de precisión, violenta el verso para conseguir explicar y luego rehacer y diseñar el vivir humano concreto. El escritor ha intentado dar salida a los estratos más profundos de su ser y expresar o combatir momentos vividos. Recuerdo las palabras de Fredo Arias de la Canal: “Los escritores desarrollan su actividad literaria por una necesidad interior de resolver un conflicto inconsciente a través del medio sublime de la escritura”.
Los versos que componen Canción oscura no se limitan a reflejar la realidad, sino que quieren explicarla e incluso contribuir a transformarla. Su estructura en tres partes, más las dedicatorias y notas ya es conocida para sus lectores –se asemeja a Deudas de Juego-. Pero ahora encontramos una distorsión de la realidad, no se trata simplemente de reproducirla, sino de poner al descubierto sus mecanismos profundos –ocultos en lo más hondo de la conciencia- y denunciarlos. Todo ello equivale a liberar el poder creador del hombre, tarea en la que incumbe a la poesía un papel privilegiado, como instrumento idóneo -según André Breton- para iluminar la vida auténtica. Pero se deberá crear al dictado de un pensamiento libre de toda vigilancia ejercida por la razón. En alguno de estos poemas, “El obediente”, “Higos por la merced”, se acude a la ensambladura fortuita de palabras. El lector no comprende racionalmente, pero puede recibir fuertes impactos que modifican su estado de ánimo y suscitan diferentes emociones. En casos eminentes, el lenguaje adquiere coherencia, pero sin duda lo que escribe Fombellida pertenece al Surrealismo, que inauguró un nuevo modo de leer que se extiende por todo el mundo. Gracias a este movimiento artístico, el lenguaje de la literatura se ha enriquecido insospechadamente. Hoy sigue presente no sólo en la literatura, sino en el cine, en ciertos vídeo-clips y en las más variadas manifestaciones culturales.
Fombellida es un espectador agudo de la vida, las artes y la cultura. Literariamente, destaca por su estilo elegante, en el que las metáforas y los símiles son manejados para hacer plástica la idea. Sus temas se centran en la vida humana y sus meditaciones giran sobre el hombre y su entorno. El poeta realiza un arte puro. Si la tradición decimonónica valoraba el arte por lo que tuviera de humano o de real, ahora se nos invita a valorar las puras calidades formales. De ahí que se tienda a la deshumanización, hacia un relegar las emociones humanas en pro de la pura emoción estética.
Un poema donde predomina el color y sus significados -estudiados por la poesía psicoanalítica- es “Schwarz ist die nacht” El arte ha de ser plena claridad. El placer estético tiene que ser un placer inteligente. El poeta empieza donde el hombre acaba; su quehacer es la pura creación verbal: la poesía es, en este libro, el álgebra superior de las metáforas. Otras formas de estructuración en el poema conciernen al tiempo. A veces, hay un desorden que se debe al intento de reproducir los caprichosos mecanismos de la memoria, que no siempre ordenan sus evocaciones. Otras veces, puede percibirse la influencia del montaje cinematográfico, con su técnica del flash-back. Las razones pueden ser más complejas.
Algunos versos recogen un pensamiento total o parcialmente incontrolado, en el que se hilvanan percepciones, recuerdos, asociaciones libres de ideas, pulsiones subconscientes. Y a ello corresponde un lenguaje hecho de elipsis, de sintaxis desestructurada o de juegos verbales. Se trata, pues, de un poderoso recurso para explorar la conciencia e incluso la subconsciencia.
Hay un progresivo enriquecimiento metafórico y la utilización de todos aquellos recursos que potencian la expresión y la tensión artística. Por otro lado, se exploran todas las posibilidades de la frase, desde la muy corta -a veces, inarticulada- hasta la más larga y compleja, y no se retrocede ante violentas rupturas sintácticas, en busca de nuevos efectos: “Mas de momento te impresiona el fluido/ vértigo en fuga que, inviolado, cede/ su cuota de alimento al mundo avaro/agregándose a fuerzas superiores/ que enlazan un candente despertar/ con el largo, infinito adormecerse.”
Esta poesía muestra una extraordinaria complejidad que reserva al lector sorpresas y dificultades. Y es importante insistir en que supone un nuevo concepto de lector y exige nuevas formas de lectura. El lector ya no puede limitarse a ser un receptor pasivo, tiene la obligación de colaborar activamente y de forma creadora para recomponer e interpretar lo que, a menudo, se le da como un rompecabezas o una sucesión de enigmas. Al principio, tal trastorno de los hábitos de lectura puede resultar complicado; pero no cabe duda: el esfuerzo requerido es fuente de nuevos placeres, lo que Manuel Alvar llamó la fruición estética.
Como dice Sigmund Freud, “la hazaña literaria, como tal, procede de las mismas fuerzas psíquicas que son responsables de todos esos logros durante el día. Probablemente estamos demasiado inclinados a exagerar el carácter consciente, hasta de la producción intelectual y artística”.
Rafael Fombellida siempre da lo mejor de si mismo, lleva su poesía un paso más allá de sus anteriores libros. Y no lo olvidemos: el riesgo mayor es no correr riesgos.

por LOURDES ROYANO

Alejandro GAGO: Antología (1949-2006). Icaria, Barcelona, 2007.
Toda antología presupone una labor de análisis, un trabajo de selección y organización de materiales, el resultado de haber aplicado un cedazo más o menos espeso a la obra de un autor, y por ello entraña una crítica en sí misma. En el libro que nos ocupa, se han filtrado y recopilado cerca de sesenta años de la creación poética de un autor que ya forma parte de la historia de la poesía en Cantabria. Alejandro Gago (Santander, 1927) escapa de las sombras a las que parecía relegado gracias a esta iniciativa conjunta entre la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Santander y Juan Antonio González Fuentes. Gago, más conocido por ser el fundador en 1951 de la revista poética y la colección de libros El gato verde, es además de poeta, autor de cuentos, artículos periodísticos e incluso de una obra teatral. Pero es su poesía, que ya ha sido recogida en diferentes antologías nacionales y regionales, la que ahora nos interesa.
La presente Antología (1949-2006), publicada en la editorial Icaria de Barcelona, nos propone una lectura inversa: de los trabajos más recientes del poeta (una plaquette del 2006, Ligeramente ácido) hacia su génesis (Por la misma senda, 1949). Esa huida hacia el pasado que nos propone González Fuentes, es además un reflejo de lo que nos vamos a encontrar en el libro. El tiempo es un recurso constante en la obra de Gago (Prisionero del tiempo, 1951), pero no es el único que habita estos poemas. Ya desde el comienzo del libro -después del prólogo del antologista, un laudatorio texto de Julio Maruri y un poema de Gerardo Diego dedicado al autor- nos encontramos con temas que pronosticamos habituales en el resto de la obra: la vejez, el recuerdo, el paso del tiempo, la cercanía de la muerte, la brevedad de la vida, todo ello mediante metáforas e ideas siempre sencillas y en ocasiones tópicas: los pájaros que anuncian la muerte, los años que se marchitan, la ausencia de una verdad o de un sentido de las cosas... Es esta una de las características de la poesía de Alejandro Gago que más llama la atención: la constancia temática y reincidente a lo largo de los años. Otro de los recursos que merece la pena señalar (en Sombra creciente, 2005) es la propuesta más o menos atinada de establecer un diálogo poético mediante la herramienta de la intertextualidad: “no es verdad que el camino/ lo hagamos al andar./ El caminar es sólo/ un ir hacia la muerte/ por un camino hecho/ antes de caminar; ni las vidas son los ríos/ ni la muerte es el mar”. Este diálogo vuelve a aparecer en Los pasos detenidos (1960): “Voy descubriendo caminos en la tarde”. Los poemas extraídos de Sombra creciente -que remiten a una infausta experiencia personal con el Alzheimer- contienen así mismo la invocación a un dios que nunca responde (“¿por qué somos elegidos para el dolor?”), idea que se reitera en los demás libros. El tono pesimista y desesperanzado de Pasajero de un sueño (2003) (“¿Ha merecido la pena?”) se desarrolla en la concepción calderoniana de la vida como un sueño (“¿Estoy despierto?/ ¿O lo estoy soñando? / Un sueño dentro de otro sueño / para soñar que estoy despierto”), siempre dentro de un locus amoenus. El sueño como antítesis de la realidad aparece del mismo modo en la plaquette Versos a Lucía (Nanas) (1999), con cierto aire de cancionero tradicional. Continuando con el viaje a la semilla nos encontramos con poemas extraídos de Agua de la mar (1999), poesía de corte marinero y Elegía a Angelines (1992) -con una estructura a base de citas de Lorca, León Felipe, Juan Ramón Jiménez, Machado, y el mismo Gago-, plaquette que retoma la idea del silencio de Dios y de la muerte. Las circunstancias personales del autor vuelven a quedar reflejadas en Llanto por un hecho cotidiano (1978) -que recrea las sensaciones y sentimientos ante la pérdida de su hijo-, donde emplea los mismos recursos y temas de los que venimos hablando (“la muerte es sueño dentro de otro sueño”).
Por no extendernos más de lo conveniente, baste decir que en el resto del libro no hay mayores sorpresas: el hombre, diminuto en la inmensidad del Universo, continúa inquiriendo una respuesta a un dios lejano que no responde; el tiempo fluye sin remedio (“las olas se llevan el tiempo de mi esperanza”); los pájaros aparecen indefectiblemente en cada una de las páginas del libro (“los años son los pájaros que nadie llama”); los tópicos son constantes: el ubi sunt, el carpe diem (“el rayo sólo pasa una vez”), el sueño, la eternidad, el destino; todo ello para terminar -comenzar, en realidad- con su primer libro, que contiene toda la esencia de lo que Gago iría desarrollando a lo largo de estos casi sesenta años: Por la misma senda (1949), centrado en las sensaciones del autor ante el fusilamiento de su padre durante la Guerra Civil.

por FRANCISCO LLANILLO

Philip LEVINE: Una verdad sencilla y otros poemas. La Mirada Creadora, Santander, 2007.
La poesía norteamericana viene recibiendo en los últimos años, sobre todo por parte de los poetas españoles más jóvenes, una recepción abierta, extensa, que provoca que haya un ensanchamiento de las tradiciones. De esta forma, la poesía española comienza a intoxicarse, derramarse, dejándose caer sobre “otras tradiciones”. Ejemplos hay muchos y si nos referimos a la poesía norteamericana el gran nombre hoy no es otro que John Ashbery. Sin embargo, sería un error quedarnos en un nombre. Ello implicaría volver los pasos hacia una tradición monolítica. Hay otros nombres muy presentes hoy: de Wallace Stevens a Louis Glück, por ejemplo, pasando por William Carlos Williams, Allen Ginsberg, A. R. Ammons, Diane Di Prima, Mark Strand o Philip Levine. Precisamente de Levine se acaba de editar en la editorial “La Mirada Creadora” la primera colección importante y amplia de sus poemas bajo el título Una verdad sencilla y otros poemas. Ya anteriormente, la colección cántabra “Ultramar” había editado en 2006 algunos de estos poemas bajo el título Cuatro poemas. Aquello fue el germen de este proyecto. De la mano de la editorial cántabra y del buen hacer del traductor Eduardo López Truco aparece, pues, esta edición de un poeta poco conocido en España pero portador de una poética honda, trabajada y sugerente. Ha publicado Levine dieciséis títulos de poesía, el más reciente Breath, en 2004. Entre los reconocimientos figura el Premio Nacional de poesía en 1979 por Ashes y en 1992 por What work is, obteniendo en 1995 el Premio Pulitzer por The simple truth.
Si algo sorprende del libro que ahora se edita, Una verdad sencilla, es la proximidad en el sentido espacial del término. La mayoría de los poemas hacen referencia explícita a hechos relativos a la historia de España del siglo XX. Sea como fuere, como bien indica el traductor, “resulta llamativo que este tema se haya convertido para él en una manera útil de abordar su visión del mundo y comprender su experiencia en él”. Así, desde un lenguaje coloquial y un tono elegíaco en ciertos momentos, que lo aproximan a algunos poetas de la generación del 50, van discurriendo los poemas del libro. Poemas de un raro realismo que se mueve entre Raymond Carver y Federico García Lorca, que a veces lo lanza hacia un cierto tono machadiano. Curiosamente Carver y Levine comparten ese amor literario hacia la figura de Machado. Así, hallamos en el libro poemas como “Por un duro”, donde la experiencia de una España de posguerra lo lanza a una reflexión más amplia y elevada: “Por un duro tenías una noche al resguardo./ (Un duro era una moneda de cinco pesetas/ con el perfil de Franco, la narizota respingona/ como si él solo hubiera recibido/ el aliento de Dios. En el 65/ sólo él recibía el aliento de Dios.)”. Presencia de la historia de España que está igualmente patente en el poema “Sobre el asesinato del teniente José del Castillo por el falangista Bravo Martínez, 12 de julio de 1936” o en “Francisco, te traeré claveles rojos”, donde escribe: “He venido una vez más aquí a ver,/ en el gran cementerio/ de Barcelona, tras su fortaleza,/ las tumbas de mis caídos./ Dos domingueros ya mayores/ nos guían al bajar la colina./ “Durruti”, dice el hombre, “estuve de su parte”. La mujer le hace callar”. O más allá de la historia cruda y triste de España, habla también de posibles encuentros literarios, por ejemplo en “Sobre el encuentro de García Lorca y Hart Crane”: “Los dos/ genios poéticos vivos/ se encuentran, y ¿qué pasa? Una visión/ se aparece ante un hombre corriente que mira/ un río asqueroso”. Sin embargo no sólo “lo español” ocupa el libro. Recorren el libro otra serie de poemas donde desde la finura de un sólido lenguaje poético, desde un realismo plural de ciertas resonancias a Robert Lowell que erige tensas reflexiones. Lo anecdótico finalmente queda trascendido. Un ejemplo importante y paradigmático es el poema titulado “El poema de la tiza”, donde el encuentro casual con un sujeto aparentemente perturbado que le habla a una tiza acaba por tornarse quizá como paradigma de todo proceso creativo. El sujeto que le habla a la tiza es quizá el alter ego de todo poeta. “De camino a la parte baja en Broadway/ me topé está mañana a un tipo alto/ hablándole a un trozo/ de tiza que tenía en su mano derecha”. El poema se desarrolla a un ritmo narrativo ágil y sugerente describiendo hábilmente al extraño personaje. En el proceso descriptivo comienzan a mezclarse imágenes de suma exquisitez: “El feldespato, el calcio, conchas de ostra,/ sabía qué criaturas dieron/ el espinazo para ser el polvo/ del tiempo aprisionado/ en perfectas barritas,/ conocía la tristeza de las aulas/ en diciembre, cuando la luz cae/ temprano y las palabras de la pizarra escapan/ de su gramática y sentido” (p. 71). Y será precisamente este escaparse de su sentido lo que se le ofrezca al poeta como espacio para la escritura, para el poema. “Entonces acabó el poema,/ como pasa con todos, y dejó caer/ su mano izquierda abruptamente/ y me ofreció su tiza. Incliné la cabeza,/ sabiendo lo importante que era un regalo como este./ Escribí gracias en el aire,/ donde siempre podrán oírse/ bajo el rígido llanto de las conchas del mar”. Esta quizá sea la verdad sencilla que late tras los poemas.
Un libro, pues, de una gran sugerencia de temas y escrituras, de un poeta de enorme calidad en sus imágenes y procesos, que deseo y espero comience a ser conocido más ampliamente por el público poético español. No cabe duda: este es un gran principio, una verdad sencilla.

por ALBERTO SANTAMARÍA

ALIENDOS. Haikus para un mundo sostenible. Coordinación de Guillermo López, Irene Sainz y Mario Corral. Consejería de Medio Ambiente de Cantabria y CIMA, Santander, 2007.
Nos vamos acostumbrando a comprobar cómo determinados organismos institucionales vienen acompañando sus políticas específicas con patrocinios de iniciativas culturales que de otra manera no encontrarían apoyo para su puesta en escena. En este caso es el Centro de Investigación del Medio Ambiente de Cantabria quien ha auspiciado la edición de un compendio de haikus de diversos poetas que desarrollan sus trabajos en nuestra Comunidad Autónoma. El resultado de este libro es más que interesante, habida cuenta del esfuerzo que han desarrollado los autores para circunscribirse a la formulación ortodoxa de esta composición literaria de origen japonés (estrofa de tres versos con cinco, siete y cinco sílabas, más la alusión a un contexto estacional y contraste referencial).
Sostengo el quizá vano convencimiento de que después de leer una sucesión de haikus, a uno le entran ganas de salir corriendo o estrangular a alguien. Resulta terriblemente cargante esa fórmula llena de sensibilidad que acaba sacando un conejo rosa de la chistera o mejunje del poema, a modo de imagen alusiva de índole filosófica. Seguramente es un mal que me afecta y tendré que medicarme con un tratamiento menos estereotipado (leer cualquier cosa de William Carlos Williams, un poquito de René Char o quizás hasta al mismísimo Li Tai Po, incluso para los más impresionables, una buena película de Russ Meyer), pero no soy el único a quien se le atraganta tanta versificación zen.
Sin embargo, no es el caso de esta antología, donde la elección de los autores está meditada y muy bien escogida. A pesar de ello, algunos haikus, adolecen de exceso de buenas intenciones o de humor y parecen un retruécano versificado que abusa de agudeza visual. Otros son sencillamente maravillosos, con ese punto ácido de sorpresa y delirio tan propio de los monjes poetas. Los hay que incorporan imágenes, recortes y composiciones icónicas que aportan dimensiones plásticas de resultados muy sugerentes.
Lo cuidado de la edición imprime al libro un carácter de objeto precioso, y su lectura se disfruta, sobre todo cuando, desde alguno de los poemas, uno encuentra respuestas perfumadas solamente atisbadas durante la infancia, la única patria común, el auténtico territorio de la libertad.
Otrosí. La presentación de este libro, en una tarde-noche desapacible, en la sede del CIMA en Torrelavega, constituyó una singular experiencia pedagógica: el inspirado conferenciante aleccionó al público asistente, entre divertido y boquiabierto.

por JESÚS ALBERTO PÉREZ-CASTAÑOS

Premios José Hierro de Poesía y Relato para jóvenes. Ayuntamiento de Santander, Santander, 2007.
Para quienes amamos la lectura y creemos que la literatura en general y la poesía en particular se encuentran entre los principales activos culturales de Cantabria, siempre es una buena noticia la concesión de los Premios José Hierro. Unos premios en los que muchos de quienes hoy escribimos encontramos nuestra primera oportunidad, unos premios que cada año nos recuerdan que existen valores entre nuestros jóvenes, que queda mucho por decir, y que un relevo generacional importante en cantidad y calidad va velando sus armas. Cuatro nombres (los cuatro masculinos, por cierto, contradiciendo aquellas primeras impresiones que en los ochenta, en plena fiebre de las diosas blancas, parecían reservar para manos femeninas la escritura y que parecían augurar unos Hierro con nombre de mujer) de escritores jóvenes que dominan el lenguaje, saben perfectamente qué quieren comunicar y cómo hacerlo, cuatro nombres que acaban de ser publicados en el tradicional formato, como siempre con portada de Sara Huete, con el que dan fin al proceso de la XXVI edición del certamen, una de las más redondas de su historia a la vista de los resultados.
En poesía, ha sido Juan Gómez Bárcena el premiado, ya conocido en el certamen por su premio en la modalidad de relato breve en 2003, acompañado por el accésit de un nuevo en la plaza, Martín Bezanilla. Quien haya prestado atención al panorama de los nuevos nombres en la poesía española, se habrá dado cuenta sin duda de que se está produciendo un cierto cambio de paradigma. No me atrevería aquí a señalar unos rasgos todavía imprecisos en los que la fusión entre la aventura urbana (más por el lenguaje ahora que por el paisaje y el paisanaje) característica de los poetas de la experiencia, una mirada irónica más mordaz y satírica que distante, un eco emocional que evita el romanticismo empalagoso, un regreso matizado de las estéticas irracionalistas, una presencia activa del pop y los condicionantes culturales anglosajones por delante de los continentales, podrían ser algunas de las líneas de trabajo en las que navegan los nuevos poetas. Así ocurre con Juan Gómez Bárcena, que en su poemario Doctrina de los ciclos, nos habla de amor desde un significante nada amoroso, en el que el propio lenguaje se ve como una herramienta oxidada, que nos obliga a explorar sus registros más desmitificadores y cotidianos (que verborrea o grisalla lleguen a ser percibidas como palabras líricas es no poco mérito del ganador). “Qué absurdo ser poeta / en esta lengua de sordos” es una cita que sirve para describir la intención, la poética, el mundo de Juan Gómez Bárcena, su necesidad de traducir a la palabra aquello que no cabe entre las letras.
Más lírico, podríamos decir que más emocional, se muestra Bezanilla en El desván de la almohada. De alguna manera, Martín parece romperse en quiebros sentimentales que rápidamente delimita y que le sirven a un tiempo para desnudar su alma y para ironizar con la propia desnudez, como si ese sentir sobre el papel le avergonzara un tanto. Se construye así un poemario coherente, a pesar de estar subdividido en varias secciones; algunas, como la que titula Inventario, formalmente arriesgadas, en que los universales poéticos, la fragilidad humana, la intemperie, el amor, la muerte, el tiempo, cobran vida bajo el control de una mirada dulce, casi infantil, que sólo una ironía devastadora puede controlar. “En esta guerra de desgaste, los sueños/ siempre salen vencedores/ -los ojos ceden ante el frío-./ Ayer ganaste tú”.
Una grata sorpresa la del relato ganador, El partido, escrito con madurez e intención por Pablo Escribano. Ahora que casi podríamos hablar de todo un sub género de narrativa “deportiva”, no poca dedicada a la fiesta nacional del balompié, Escribano nos muestra en párrafos autónomos, desarrollados a partir de una palabra o expresión clave que inicia en negrita el periodo, la construcción de un mundo emocional que convierte un partido de fútbol en el micro-universo de un jugador que se entrega, vive, reflexiona, ordena normas científicas y morales, se emociona y percibe el exterior sensible sólo a través del fútbol. Para elevar este episodio tal vez anecdótico, el monólogo interior trazado eleva a la categoría de gran aventura épica la experiencia del jugador, con bellas imágenes, una evolución atractiva, magnética, en la que la pasión crece hasta llevarnos a un último párrafo de final insospechado. Interesante, por cierto, el uso de los lugares comunes y zarrapastrosos de cierta prensa deportiva, que aportan una suave ironía radiofónica sobre el tono heroico que domina la narración.
La ciénaga, el relato con que consigue el accésit de relato Daniel Ruiz Jorge, presenta una estructura más clásica. El narrador adopta un enfoque externo a la acción, pero consigue un cuidado contraste entre esta mirada ajena y la exploración psicológica del personaje central, Jack Derreck, un malo orgulloso de serlo, un anti héroe de narrativa negra, más de cómic oscuro que de historia detectivesca, sobre el que Daniel Ruiz proyecta un análisis de conducta moral que nos podría recordar al estudio que sobre Raskolnikov realiza Dostoievski. Un lenguaje directo, sagaz, que apunta las descripciones más que recrearlas, para hablarnos de venganzas, violencias e incertidumbres morales.

por REGINO MATEO

RESEÑAS SOBRE ESTUDIOS

Luis BAGUÉ QUÍLEZ: Poesía en pie de paz. Modos de compromiso hacia el tercer milenio. Pre-Textos, Valencia, 2006 (VI Premio de Investigación Literaria “Gerardo Diego”, 2006).
“La investigación per se” -proclamaba hace unos días Juan Goytisolo en la clausura del Primer Encuentro de Literatura Iberoamericana celebrado en Santillana del Mar- “es un lujo o rareza y no cuenta con el indispensable sostén de becas y ayudas estatales”. Este libro que aquí se reseña es el resultado de una de esas rarezas. Se trata de una obra extensa en tamaño e intensa en contenido, ya que de la misma manera que los pacientes compiladores medievales ejercían su oficio, Luis Bagué Quílez resume y analiza en esta obra cerca de un cuarto de siglo de nuestra poesía contemporánea. Y lo hace de manera que se ajusta impecablemente a los requerimientos de un trabajo de investigación, a saber: la delimitación de los conceptos que se van a emplear en el estudio; el consabido recorrido por el panorama histórico del periodo del que se va a tratar; la clasificación de las diferentes corrientes que entran en liza; y el análisis de las formas y de los temas. Por último, y a modo de conclusión o confirmación de la hipótesis, se incluye un pormenorizado análisis de cuatro obras que conforman el mejor ejemplo de esa Poesía en pie de paz: El día que dejé de leer El País (1997), de Jorge Riechmann; Cinco años de cama (1998) de Roger Wolfe; La semana fantástica (1999) de Fernando Beltrán; y La intimidad de la serpiente (2003), de Luis García Montero.
En el capítulo de introducción (“Poesía, compromiso y posmodernidad”), dedicado a la acotación terminológica, analiza parejas de conceptos tales como el de poesía pura o comprometida; introspectiva o aperturista; esteticista o social; de la metafísica o de la experiencia; o una revisión de lo que debe entenderse hoy por insumisión y por posibilismo (actualizando la vieja polémica entre Sastre y Buero). Esta técnica de organizar los conceptos mediante pares en oposición -la poesía del sándalo y la de la berza- revela la capacidad sintetizadora y organizativa de este joven investigador de apenas treinta años. A continuación, y partiendo de una propuesta de Jan Lechner, define los aspectos fundamentales de lo que entiende por compromiso: la aceptación de una responsabilidad solidaria; la consolidación de la conciencia ideológica; y el repudio ante la estructura de la sociedad, todo ello sin que exista sometimiento a fines extraliterarios. Para elaborar este estudio, Bagué ha tenido que dilatar enormemente el campo referencial de la palabra compromiso, pues trasciende los límites de lo que intuitivamente entendemos por ello. En él tiene cabida no sólo la poesía contestataria y combativa con el sistema sino que también formarían parte de ese todo las llamadas poesía social, crítica, civil o política, entre otras. Esta relajación de conceptos lleva al autor a albergar la idea de que existe una línea continua en la poética del compromiso que no se ha roto desde la Edad Media, concluyendo así con la afirmación de que el compromiso se muestra como una constante estética en la historia de la literatura.
Continuando la lectura nos encontramos con el que es sin duda el capítulo que mayor solaz proporcionaría al lector ávido de intrigas acerca del mundillo literario, si no fuese por la desmedida carga de epítetos en la prosa del autor que en algunos momentos dificulta la lectura, pero que del mismo modo desvela la vocación de este joven filólogo de encontrar su lugar en el parnaso (no en vano ha merecido varios premios de poesía, entre ellos el Ojo Crítico de RNE por su libro de poemas Telón de sombras). En este capítulo, “La poesía española en los años ochenta y noventa”, de la mano de la historia política de España a partir de la transición y de las coordenadas de la sociedad de consumo, realiza un recorrido por las principales figuras del discurso posmoderno. Quizá algún día Ludia de Amparo Amorós y El jardín extranjero de Luis García Montero se estudien en los colegios como las obras clave de la poesía de la metafísica y de la experiencia respectivamente pues, aunque la criba del tiempo se estima en un principio caprichosa, a la postre se muestra siempre perspicaz (en cualquier caso, no deja de resultar extraño encontrarse en un contexto de historia de la literatura a personajes con los que uno ha compartido palabras y copas). De las luchas intestinas entre unos y otros, resultan especialmente interesantes las de la poesía de la diferencia. Y al fin, a uno le queda la impresión de que todo movimiento sigue el mismo ciclo: nace con cierto prurito crítico, se institucionaliza y finalmente muere. Y de movimientos, precisamente, trata el tercer capítulo: de la otra sentimentalidad de García Montero al sensismo de Fernando Beltrán; de los aforismos de la poesía del desconsuelo de Jorge Riechmann al tono coloquial y descarnado del realismo sucio de Roger Wolfe; desde el afán de disidencia del equipo crítico Alicia bajo cero (poesía y conflicto) a la estética de la resistencia de voces del extremo (poesía y conciencia). De todas estas manifestaciones poéticas, Bagué extrae en los dos capítulos siguientes (“Los géneros poéticos en la nueva lírica social” y “La rehumanización temática”) una tipología de formas y temas literarios. De las primeras destaca la sátira neocostumbrista, el epigrama crítico y un nutrido repretorio de procedimientos vanguardistas. En cuanto a los temas que configuran estos «modos de compromiso hacia el tercer milenio», centra su atención en el tema de España y su historia reciente, la ciudad y, finalmente, la presencia de la denuncia sobre cuestiones como las de la mendicidad, el paro, la inmigración, la drogadicción, el imperialismo de Estados Unidos o la preocupación por el Tercer Mundo.
En definitiva, es este uno de esos libros que parecen destinados a ocupar una línea en la bibliografía de cualquier trabajo que se acerque a la poesía española de finales de siglo.

por FRANCISCO LLANILLO

Román MIGUEL GONZÁLEZ: La Montaña republicana. Culturas políticas y movimientos republicanos en Cantabria (1874-1915). Ayuntamiento de Santander y Ediciones de Librería Estvdio (col. Pronillo, 24), Santander, 2007.
Con el número 24 se publica en la colección Pronillo este documentado trabajo del joven historiador Román Miguel González, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Cantabria. La colección Pronillo lleva dando cauce a trabajos de investigación, muchos de ellos salidos de los foros universitarios regionales, que sin embargo, y para pasmo general, es difícil que tengan cabida dentro de los rigores editoriales de un Servicio de Publicaciones de la Universidad, por lo general muy poco generoso con sus doctorandos, jóvenes profesores y aun catedráticos. No es el caso, creo, de esta investigación que ha obtenido naturalmente el Premio de la Fundación Bruno Alonso de Historia de los Movimientos Sociales, aunque este dato notable no se exprese en el propio libro. Román Miguel es experto en las culturas políticas populares republicanas y obreras en España durante la Edad Contemporánea, y de ello es prueba toda una década de fructífero balance historiográfico, con varias publicaciones en las que no puedo entretenerme lo suficiente. Felicito al autor por su excelente trayectoria. Requiere sin embargo un comentario, creo, el marco general de estudios en el que se sitúa este nuevo trabajo de Román Miguel, que abunda en la amplia serie de investigaciones sobre la política local y regional durante la Historia Contemporánea que ha alentado el Departamento donde ha llevado sus investigaciones el autor, en este caso analizando con rigurosa metodología la variada tradición republicana que ha habido en nuestra región en la primera mitad de la Restauración, justo en contraste con la historiografía tendente a alentar los veraneos regios, por ejemplo, o a quedarse más en lo folklórico o anecdótico que a adentrarse en los vericuetos del “republicanismo histórico”. Todo lo que sea mostrar esa complejidad de los procesos históricos y la riqueza de visiones que ofrecen las informaciones de la historia me parece altamente positivo y aun necesario, y creo que es la Universidad uno de los focos que debe irradiar esas luces a nuestro conocimiento común. Pienso ahora que sería bueno que alguno de los numerosos expertos universitarios sobre el republicanismo (entre ellos, sin duda el propio autor) participase más de lleno en el debate actual sobre la escuela laica versus religión, máxime en estos tiempos en que la Escuela Laica (léase el “follón” por la “Educación para la ciudadanía”) sigue sufriendo parecidas acometidas a las que lanzaba aquel temible obispo Sánchez de Castro.

por MARIO CRESPO