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RESEÑAS SOBRE NARRATIVA

Gerardo DIEGO: Diario de a bordo. Introducción y notas: Jacques Issorel y Anne Lacroix. Centro Cultural Generación del 27 y Fundación Gerardo Diego, Málaga, 2007.
El Centro Cultural Generación del 27, dependiente de la Diputación de Málaga, y la Fundación Gerardo Diego han publicado, en preciosa edición y bajo el título Diario de a bordo, las notas inéditas que el poeta santanderino fue tomando durante el viaje que, en misión oficial patrocinada por el Ministerio de Estado del Gobierno de la República, realizó en diciembre de 1934 a Filipinas en compañía del profesor de física de la Universidad Central, Julio Palacios. Se incluyen asimismo en el volumen doce cartas inéditas que Gerardo Diego, ya por entonces consagrado poeta y catedrático de Instituto en Madrid, escribió durante la travesía a su mujer, Germaine Marin, con la que se había casado en junio de ese mismo año, y tres anexos: el informe oficial que acerca de la visita redactó el Cónsul General de España en Manila, un discurso del mismo responsable diplomático y algunas fotografías y documentos.
Parece ser que la invitación para participar en tal embajada cultural provino de Dámaso Alonso. Recordemos que Filipinas vivía en aquellos meses un trascendental momento histórico, en plena elaboración de la Constitución para declarar su independencia de Estados Unidos, y que, al mismo tiempo, España tenía un enorme interés en mantener allí una presencia cultural, más testimonial que otra cosa, a fin de reforzar los lazos con la antigua colonia.
Las notas que conforman este hasta ahora inédito Diario de a bordo, del que se han editado 750 ejemplares, fueron descubiertas por Elena Diego, hija del poeta, cuando ordenaba papeles y documentos de su familia.
La travesía, a bordo del “Karnak”, un buque mercante alemán, se inició en Génova el 1 de diciembre de 1934. Después de treinta y cinco días de viaje y varias escalas, los dos profesores españoles arriban a Manila. En Filipinas permanecerán mes y medio y pronunciarán varias conferencias en universidades e instituciones culturales sobre temas científicos (Palacios) y sobre literatura española y música (Diego), quien también ofrecería varios recitales de poesía y conciertos de piano.
De aquel maravilloso viaje el profesor Julio Palacios sacó apuntes para publicar un libro, Filipinas, orgullo de España. Un viaje por las islas de la Malasia, que vio la luz aquel mismo año de 1935. Por su parte, Gerardo Diego escribe durante la travesía unas cuantas anotaciones e impresiones en su diario, además de doce cartas a su mujer y algunos sonetos. En las anotaciones del diario, redactadas con estilo telegráfico, la mirada del poeta se centra en el paisaje, la inmensidad del océano, la fosforescencia del agua, los colores del cielo, el baile de los peces voladores, pero también en la vida en el barco, las comidas y su propia salud. Ya en tierra y en un formato diferente al del diario, el poeta describe con pasión la vegetación, los templos, el arte, la gente y sus costumbres, los sonidos, ritmos y melodías...
Apenas hay vuelo literario en estas efímeras anotaciones, más bien Diego se limita a observar y a reproducir, dejándose llevar por la riqueza de las experiencias, los paisajes vividos y por la ebriedad que produce en el poeta tanta belleza. Y así, confiesa: "renuncio a describir porque estoy como mareado de tantas cosas".
Sí tienen más interés las doce cartas que el poeta remitió a su mujer Germaine, de las que cinco fueron redactadas durante el viaje de ida, y que complementan las notas del diario. Aquí se nos muestra el Diego más personal, aunque siempre muy comedido en la expresión de sus sentimientos y afectos para ser un recién casado, en ese perfil de carácter impasible con el que a menudo se le ha retratado. Se nos viene a la memoria ahora otro y muy diferente diario, el Diario de un poeta recién casado (1917) de Juan Ramón Jiménez, obra que escribe el poeta de Moguer a raíz de un viaje a Nueva York para casarse con Zenobia Camprubí, .
Curiosas son las anotaciones que Gerardo Diego, a bordo del “Karnak”, hace sobre los sermones nazis en cubierta, el mitin nazi a la tripulación o las alusiones al médico hitleriano del barco. Parece presentir nuestro poeta el peligro del imparable ascenso nacionalsocialista alemán, lo que contrasta con la ausencia de referencias, tanto en las notas del Diario como en las cartas, a la turbulenta situación política española de aquel tiempo; no en vano, del 5 al 19 de octubre de 1934, apenas dos meses antes de la expedición a Filipinas de Diego y Palacios, había tenido lugar la Revolución de Asturias.
Será unos años más tarde cuando las observaciones recogidas en el Diario se muestren en toda su madurez y devengan en extraordinaria poesía. Lástima que no se incluyan aquí los doce magníficos sonetos que fueron escritos a raíz de este viaje y que, más tarde, pasarían a formar parte, acompañados de unas anotaciones del propio autor, de la sección tercera de Alondra de verdad, una de las obras maestras de Gerardo Diego, publicada en 1941 pero escrita a lo largo de diez años (1926-1936). Muy jugoso, por cierto, es el comentario con el que el poeta justifica estas anotaciones, destinadas a ahorrarles trabajo y posibles errores a conjeturales y futuros eruditos -nunca faltan desocupados- ... y a hacer un poco su propia edición crítica.
Fruto, asimismo, de la maduración de esa experiencia fue la escritura de doce artículos, publicados en revistas y periódicos españoles sobre todo de los años 40, aunque hay algunos que vieron la luz en los 70, en los que Diego ensancha la visión histórica de su misión cultural a Filipinas, rehuye lo puramente anecdótico y se deja llevar por un fervoroso impulso religioso y patriótico, muy de la época.
No deja, pues, de tener interés literario, cultural y sociológico la publicación de estos textos inéditos: las anotaciones diarísticas, las cartas a su mujer y los anexos (aunque el segundo de ellos, un hiperbólico e hilarante brindis, es perfectamente prescindible). La edición es muy hermosa y las notas e introducción de Issorel y Lacroix cumplen con rigor su función. Nos repetimos, pero estimamos que la inclusión de los doce sonetos, algunos de ellos escritos durante la travesía, no sólo nos habría ayudado a entender mejor algunas claves de la escritura poética de Gerardo Diego, lo que en parte se hace en la Introducción, sino también a aumentar el interés literario de este Diario de a bordo.

por FERNANDO ABASCAL

Baldomero MADRAZO FELIÚ: Historias de la ciudad. Santander, 2007.
Baldomero Madrazo Feliú (Santander, 1930), licenciado en Derecho, es un caso notable dentro del panorama literario regional, ya que entre los escritores no es frecuente la persistencia en la dedicación a la novela sin contar con los supuestos avales de los premios. Con extraordinario pundonor Madrazo sigue llevando a la imprenta obras de especial interés para el lector santanderino, escritas con admirable estilo, y anuncia la preparación de otras como Paripeum, uno de cuyos fragmentos ya leyera en una presentación navideña de la revista Vetus, en la desaparecida Librería Universitaria de Santander, allá por el 2003. Hasta ahora este autor ha publicado obras como Medio 12, Santander, Quién cuida las begonias, Azul Mahón y la que seguramente sea la mejor novela que ha reflejado el incendio de Santander de 1941 y la vida cotidiana de aquella ciudad de la posguerra, Gavias de través. El problema de su producción novelística, así como estas Historias de la ciudad que acaba de publicar y presentar en el Ateneo de Santander, es que se trata de autoediciones. No piense el lector que estoy en contra de la autoedición, que al fin y al cabo es un camino hermoso para la completa libertad del autor; lo que ocurre es que la distribución de este tipo de obras es mucho más limitada que las publicadas con el respaldo de alguna editorial donde, además, suele haber consejeros que ayudan al escritor a pulir y mejorar aún más el texto o incluso, en ocasiones, hacer alguna necesaria revisión ortográfica. Debe de estar por el 40% el volumen de autoediciones que aparecen cada año en nuestras librerías (otro tanto deben de ser publicaciones institucionales, que Dios nos coja confesados), con lo que el caso de Madrazo no es extraño, pero es lamentable que obras tan ambiciosas, resultado del exigente trabajo que conlleva construir una novela, no reciban una mayor atención.
Aunque el autor avisa de que la primera parte (no hay índice y no queda muy claro hasta dónde llega) de Historias de la ciudad es ficticia, los veintitantos cuentos que presenta tienen un evidente trasfondo autobiográfico o lleno de claves y detalles históricos que Madrazo conoce perfectamente. Se plantea aquí, de nuevo, el constante problema entre verosimilitud y verdad de que hablara en su discurso de ingreso en la RAE Álvaro Pombo: la “novela histórica” es ficción, aunque utilice datos rigurosamente exactos y demostrables por la historiografía. En el libro de Madrazo desfilan personajes creíbles, habitualmente bien perfilados, cuya vivencia transcurre en escenarios que tienen o tuvieron mucho de real: el Muelle y la Bahía, la iglesia de Santa Lucía, la Escuela de Comercio... Historias ligadas a la vida santanderina, al fin y al cabo. Aunque Madrazo frecuenta el diálogo para desarrollar las narraciones, uno de los relatos que más me ha impresionado ha sido “Veintitrés días”, un monólogo interior donde el escritor demuestra su capacidad de introspección psicológica en torno a la angustiosa idea de la muerte. La parte más puramente autobiográfica es la titulada “Campos de Sport”, que recoge un conjunto de artículos de prensa y trata un asunto, el Racing, que el autor ya abordó en Pasión inexplicable. Existe en todas estas páginas, eso sí, una tenue nostalgia de los tiempos pasados, que es algo que cada cual vive como quiere y, a la vez, paradójicamente, a todos nos une en la tragedia inevitable del paso de los años.

por MARIO CRESPO

RESEÑAS SOBRE NOVELA Y CUENTO

José María GUELBENZU: El cadáver arrepentido. Alfaguara, Madrid, 2007.
El nombre de José María Guelbenzu (Madrid, 1944) me ha merecido una admiración reverencial desde mis años de bachillerato, cuyos libros de texto (¿hace un cuarto de siglo?) ya le incluían en la nómina de clásicos contemporáneos. Desde su debut con el experimentalismo de El mercurio (1967), pasando por la aclamada novela de final de siglo, Un peso en el mundo (1999), la obra de Guelbenzu ha destacado por su complejidad formal, simbolismo y preocupación ética y estética en clave existencial. También se le considera un maestro en la descripción de las relaciones humanas, como demuestra en El río de la luna (1981) o en La mirada (1987).
Con todo, en este cruel mundo editorial dominado por el best-seller seudohistórico, exoticista o vaticanófobo, es posible que todo un conocedor de sus mecanismos como es Guelbenzu se haya sentido injustamente arrinconado en las estanterías de las librerías por, digamos, la última paparrucha templaria. Y, con la cautela propia de semejantes especulaciones, me atrevo a conjeturar que esta nueva fase de novela de misterio emprendida con No acosen al asesino (2001) y continuada por La muerte viene de lejos (2004) y la que nos ocupa, barrunta un posible intento de llegar a un público más amplio. Por supuesto que confluirán muchos otros factores, entre ellos la admiración por el género –sobre todo en su tradición inglesa–, pero lo cierto es que lo que parecía ser una cana al aire detectivesco hace seis años se ha convertido en toda una saga con visos de perdurar y de ir a más, incluso hasta la pantalla. Tal sensación me transmite, por ejemplo, mi consulta de la reciente página web de Guelbenzu (www.jmguelbenzu.com), polarizada en torno a las tres obras protagonizadas por Mariana de Marco, la jueza-sabuesa con destino en Cantabria, como si fuera lo mejor que ha escrito nuestro admirado autor. Incluso su nueva vocación ha conllevado un cambio de nombre, como en la tradición bíblica, si bien en su caso, a diferencia de autoras como Ruth Rendell/Barbara Vine, se limita a quedarse en J.M.Guelbenzu.
“¿Qué harías si en tu boda aparece un cadáver pidiendo perdón?” es la pregunta-gancho –tiempos verbales aparte– que domina contraportadas, marcapáginas y propaganda varia. Eso es lo que sucede en la boda de Amelia, amiga de nuestra jueza, que asiste como invitada. Se ha descubierto recientemente el cadáver de Rufino Ruz, que fue administrador y segundo marido de la abuela materna de la novia, desaparecido en los años 50 en la finca familiar toledana donde se va a celebrar el banquete. Sobre el difunto, que resulta ser abuelo del novio, pesaba la sospecha de haberse apropiado de parte del tesoro de la abuela de Amelia. Si a tan extrañas coincidencias se añade la muerte misteriosa de la madre de la novia poco antes de la boda, sin tiempo para revelar a sus cuatro hijos una oscura verdad, ya tenemos pasto para el hambre de aventuras de la inquieta jueza cántabra (de adopción) que oportunamente pasaba por allí.
En el haber de esta novela incluimos su inteligente diseño, estructurado mediante flashbacks muy ágiles que retroceden varias décadas o unos días, y escenas cortas de contrapunto cinematográfico. También detectamos un grato aroma de la tradicional novela de misterio inglesa, en lo que tiene de intriga psicológica y moderado humor. Ciertas dosis de metaliteratura están también presentes, pues Mariana de Marco, buena lectora, con frecuencia preconcibe los hechos de la realidad en función de parámetros literarios. Acaso mi principal objeción, como apuntaba arriba, sea una quisquillosa sospecha de que esta novela se haya concebido como producto comercial dirigida a un público que, en nuestro desolador panorama editorial, llegue a ser mayoritario. Tal recelo me provocan el carácter repetitivo de algunos pasajes, la simplicidad de algunos diálogos, cierta ortodoxia sociológica contemporánea y, más que otra cosa, la construcción artificial del personaje de Mariana. El narrador no se cansa de asegurarnos que la moza es inteligente, valerosa, estupenda y resultona, pero de alguna forma el personaje no acaba de convencer en su actuar, no resulta vivo. Pesa quizá sobre ella (qué cosas se me ocurren) la responsabilidad de convertirla en un icono, en una Marple, o quizá un Carvalho o una Petra Delicado.
De todos modos, El cadáver arrepentido cumple con creces sus cometidos genéricos y constituye una grata lectura vacacional. No es, sin duda, el mejor Guelbenzu, pero quizá esta novela contribuya a que el gran público (con perdón) se acerque más a su obra.

por CARLOS VILLAR

Jesús RUIZ MANTILLA: Yo, Farinelli, el capón. Aguilar, Madrid, 2007.
Resulta imparable el éxito de la novela histórica en España; un éxito que la crítica atribuye en líneas generales a su capacidad para dar forma a un pasado emocional en el que no interesa tanto reconstruir lo que ocurrió, cuanto representarlo desde una perspectiva extrañadora y comprometida. Así, el público en general busca en estos textos la reconstrucción del ambiente histórico con la mayor exactitud posible, personajes atractivos, valores intemporales (amor, lealtad, amistad, honor) que acerquen el personaje al lector, en un intento de popularizar el mundo antiguo aportando vivacidad y colorido a los libros de historia
Para escribirlos se necesitan enciclopedias o monografías para extraer la anécdota básica, mediana capacidad de fabulación, conocimiento de los tópicos del género, adobado todo ello con estilo sencillo y lineal. Son los ingredientes utilizados por el periodista santanderino afincado en Madrid, Jesús Ruiz Mantilla, en Yo, Farinelli, el capón. De este modo, el autor ha recorrido la ingente bibliografía disponible sobre el famosísimo cantante -protagonista también de una reciente película- para escribir un relato construido en primera persona, donde el castrato, desde su retiro en Bolonia a los 75 años, evoca su trayectoria vital desde el nacimiento en el reino de Nápoles, pasando por sus triunfos en Europa y su etapa de dos décadas en la corte española.
La estructura resulta un tanto mecánica: cada capítulo por lo general se inicia con la llegada de Farinelli a un lugar conocido –Nápoles, Roma, Venecia, Viena o Londres- descrito de forma elemental; allí tiene lugar algún acontecimiento relevante previamente documentado históricamente, sobre el que el personaje teje reflexiones retrospectivas casi siempre esperables: la magia de Venecia, la majestuosidad de los emperadores austriacos, cómo el público se enardece con su música, el grisáceo clima de Londres, cómo la grandeza de su arte compensa la mutilación genital sufrida a los 9 años... además -eso sí- de una muy precisa mención de sus actuaciones más significativas. Sin embargo, lo que el lector echa de menos es la profundización en aspectos o situaciones que hubieran aportado al personaje mayores dosis de individualidad, como su vivencia de la castración, tanto en el aspecto físico como en su relación con el amor, al que debió renunciar en aras de la música.
Nada que ver pues con las Memorias de Adriano, de Marguerithe Yourcenar o La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, novelas históricas cuyo éxito popular vino acompañado además del entusiasmo de la crítica. Aquí el mensaje principal -una vida entregada a la creación de la belleza; el arte de Farinelli capaz de incidir en la historia, al favorecer que Felipe V volviera a sus deberes en la Corte- se ve envuelto además en una prosa en la que no faltan reiteraciones ni fárragos. Lo más destacable resulta sin duda el buen conocimiento por parte del autor de la historia musical de la época.

por JOSÉ MANUEL CABRALES ARTEAGA

Pablo TORRECILLA: El libro de las hojas muertas. Ediciones Valnera, Villanueva de Villaescusa, 2007.
El mismo 1967 vieron la luz Pablo Torrecilla y Cien años de soledad. Cuarenta años después, del impacto de la novela sobre el joven brota El libro de las hojas muertas, que presenta una doble y sorprendente visión, texto autobiográfico del madrileño e ilustración de la novela del colombiano.
El primero describe la infancia, adolescencia y familia de un joven español en lucha con sus demonios interiores (mundo, demonio, carne) hasta la madurez. Una larga secuela de aprendizaje donde se transforma la ilusión en realidad y forma la experiencia. El vigor de la prosa de García Márquez se refleja en el estilo de Torrecilla, en el modo literario. Porque su escritura no desmerece, ni mucho menos, de su arte plástica. Su faceta de ilustrador, que dialoga con la autobiografía, ilumina la obra de García Márquez y tiene mucho del lápiz crítico de Daumier, ácido y sarcástico. Posee, en consecuencia, El libro de las hojas muertas dos vertientes que son como la umbría y la solana de un collado: vistas por encima, parecen campos distintos, que poca relación tienen de color y vida, pero ambas son parte del mismo altozano y su sustrato es idéntico.
El lado literario, donde Torrecilla campa por su periplo vital, tiene un fondo marquezino, parte de la necesidad de restringir el mundo, un espacio tan nuevo que algunas cosas aún no tienen nombre y deben señalarse con el dedo para definirlas. Narrada en primera persona, su prosa es peregrinación del español, como la saga de los Buendía, captación de los activos (tales nuevos Arcadios) y los contemplativos (aquellos Aurelianos). Refleja un atinado relato de las sensaciones e ilusiones de un joven que se abre al prometedor –e incómodo– mundo. La casa que habita, el caserón de la abuela, deviene un mundo mago, capullo donde encerrarse a crear con una autarquía que semeja a la ostentada por los Buendía. La abuela de Torrecilla encuentra su epítome en Úrsula Iguarán, la menuda y activa mujer que constituye la almendra de la saga de Macondo. A partir de ese punto relata sus salidas, en especial la que ejecuta a Estados Unidos. El exterior constituye la hojarasca: el personaje se pierde, le engañan, entra en conflicto con el entorno. Un mundo de vértigo que se palpabiliza en Samuel, ese extraño –pero no raro– falso editor que le promete una ganancia sin cuento que, como en un mal cuento, nunca llega. Un personaje sórdido que asimismo es epítome ad contrarium de la anciana, y cuya actitud de ansia crematística remite al Jacob ideado por el colombiano. De la misma forma, la literaria Remedios, la Bella, topa su copia viva en una dependienta que Torrecilla ve por una única vez: representa la inocencia, encontrada, perdida y nunca recobrada porque es imposible hacerla revivir.
Si la prosa presenta al artista, el dibujo y la pintura recrean el mundo de Macondo en personajes y ambientes. Los primeros están realizados con amor y dedicación. Dos destacan sobre todo, el gigantesco José Arcadio y la bella Remedios. Aquel semeja una fuerza de la naturaleza, con su hirsuta pelambrera, la nariz aquilina y el gesto decidido. Alrededor –o a la sombra– de su imagen viven los demás hombres como contraste, incluso el mágico Melquíades. Remedios, por el contrario, con su etérea belleza metaforiza lo inalcanzable. Heredera directa de la Venus botticelliana, su pudicia y descaro la convierten en paradigma de mujer. Las demás contrapuntean a esta excelsa hembra.
Empero, lo más logrado plásticamente del madrileño es su capacidad para ubicar a los personajes dentro de un paisaje o de un grupo. Se dotan de un halo mágico, sea en el primitivismo de exhalan las figuras, sea en la exuberancia lujuriosa de las plantas, o en los matices que otorga a los suelos, incluso en los grises de los lápices. De ello da buena cuenta la portada del libro, con el coronel Aureliano frente al pelotón de fusilamiento. La prestancia y densidad de los personajes en el tétrico paisaje proporciona un ritmo estético que se encuentra en otros óleos, tales los dedicados al esqueleto del galeón español en medio de la pampa.
Si el tremendo episodio del tren de los muertos –uno de los relatos mágicos imperecederos de la literatura española- capta la fusión estremecedora de cuerpos y vagón, no menos perspicacia poseen las telas del acrílico de la niña Rebeca o los fondos ígneos del triángulo amoroso de Amaranta, Rebeca y Pietro Crespi, plasmando así las sensaciones que transmite el verbo riquísimo de García Márquez. Óleo acabado o rápido esbozo, la mano de Pablo Torrecilla sabe tratar y trasmitir ese mundo donde se funden el hombre y la naturaleza con el rumor de las praderas antiguas.

por JESÚS LÁZARO

Beato DE LIÉBANA: Comentarios al Apocalipsis. José Ramón SÁNCHEZ: Visiones del siglo XXI. Ediciones Valnera y Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria, Villanueva de Villaescusa, 2006.
El pintor José Ramón Sánchez emprendió en 2004 la tarea de recrear en imágenes el universo inquietante que transmitió Beato de Liébana en sus Comentarios al Apocalipsis de San Juan. Durante dos años se imbuyó en la lectura del texto, consultó códices antiguos, pidió la opinión de amigos teólogos y trabajó en la composición de veintidós óleos de gran formato pensados para ilustrar, desde la mentalidad del siglo xxi, la obra del genial lebaniego.
José Ramón, con mano forjada ya en la ilustración de las más importantes obras de la literatura universal, acometió el trabajo representando, en principio, las escenas más comunes de todos los beatos —los cuatro jinetes del Apocalipsis, la bestia, la serpiente de siete cabezas…—, para alcanzar, a medida que avanzaba en la obra, la total libertad de su arte. Fue entonces cuando, sin romper del todo con sus lazos figurativos, decidió continuar el trabajo de manera diferente, convirtiendo el escenario del lienzo en una especie de fantasmagoría en la que las formas apenas se sugieren, las figuras se disuelven y las luces alcanzan matices apasionantes. Curiosamente, ese cambio se produjo en la mitad de la obra, cuando las fuerzas del Bien y del Mal estaban a punto de enfrentarse en la batalla decisiva. En ese momento el pintor retrató toda la crudeza de la lucha con espléndidos efectos cromáticos, en palabras del profesor Lázaro Serrano, “como si las apariencias del mundo ordinario se subsumieran y diluyesen por necesidad en ese ámbito poderoso, invencible, de la niebla donde contienden el Bien y el Mal”.
El libro cuenta con un contenido de gran interés, que arropa las quinientas ilustraciones que nacen de los veintidós óleos de José Ramón Sánchez: la edición íntegra de los Comentarios, según la canónica traducción de Campo Hernández y González Echegaray; un texto de Emilio Pascual de gran belleza literaria —El monje en su Apocalipsis—, que recrea las últimas horas de Beato; la traducción rimada del “Himno a Santiago”, realizada expresamente para la edición por Pollux Hernúñez; una reflexión de Guillermo Balbona —De cómo una luz que ilustra el mundo se nos antoja bella propaganda— sobre la actualidad de las imágenes de los beatos; un estudio riguroso de Joaquín González Echegaray —El Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana— acerca de la importancia del libro en la tradición religiosa occidental y la repercusión de sus ilustraciones en el desarrollo posterior de la pintura y la escultura; y, por último, a modo de cuaderno de trabajo, las reflexiones artísticas del propio José Ramón —Visiones— a la hora de enfrentarse a la ilustración de los textos.
En cuanto a su continente, el libro se ha realizado sin escatimar esfuerzos técnicos. Destaca especialmente el delicado proceso de termoestampación pliego a pliego, que permite que todas y cada una de las páginas vayan adornadas con una estampación en oro o en plata, que ribetea las ilustraciones del artista, en unos casos, y el texto de la obra, en otros, a modo de marco. Encuadernado en piel reciclada, cada ejemplar lleva cinta punto de lectura y está numerado y firmado por José Ramón Sánchez.
La obra, que no es venal, puede encontrarse en bibliotecas y puede asimismo descargarse gratuitamente desde la página web de Ediciones Valnera (http://www.ediciones-valnera.com/).

por JESÚS HERRÁN

Gonzalo CALCEDO: Saqueos del corazón. Algaida, Sevilla, 2007 (IV Premio de Relato Iberoamericano “Cortes de Cádiz”, 2007).
La escasa atención que parte del mundo editorial español presta al cuento y al relato corto refleja un evidente despotismo económico, que no ilustrado, del mercado a la hora de imponer determinados moldes y gustos. No menos cierto es el desinterés de los lectores ante un género al que algunos le siguen colgando el sambenito de “menor” en ese ficticio e inoperante escalafón de la literatura. Por lo visto, en este caso el tamaño sí que importa y mientras la novela se erige en la reina de los fastos y fiestas literario-publicitarias, el cuento y sus autores siguen sufriendo, aunque bien es verdad que cada vez menos, un cierto acorralamiento editorial, como si el escritor de relatos fuera una especie de paria o aprendiz de novelista que tuviese que demostrar primeramente su calidad y valor en las distancias cortas. Quizá sea por esto, por este falso prestigio -disculpen la redundancia- de la novela como género de ficción mayor, el gran Augusto Monterroso escribió con mucha guasa guatemalteca que una novela es una buena preparación para escribir un cuento.
No menos grave, por otra parte, nos parece el estrabismo de cierta crítica, demasiado desatenta a lo que es uno de los fenómenos más destacados en nuestra literatura durante la última década: la consolidación de géneros, si es que hoy se puede hablar de géneros, como el cuento y el relato corto, el microrrelato, los diarios, los libros de viajes o las memorias. Por fortuna, algo está cambiando y ya no es infrecuente en los catálogos de las editoriales o en los suplementos literarios de los periódicos la cada vez más abundante presencia de libros y de antologías de relatos, a veces, eso sí, pergeñadas a partir de muy peregrinos temas. Hemos de citar aquí la excelente labor que en este sentido llevan a cabo editoriales como Menoscuarto o Páginas de Espuma.
A pesar de ser Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) un escritor poco amigo de lo que se llama “vida literaria”, no ha pasado inadvertido para la crítica más exigente. Habita y trabaja al sur de la bahía santanderina y es un fiel militante del relato breve. Desde su inicial Esperando al enemigo (1996) hasta este Saqueos del corazón (2007), ha publicado casi una decena de libros de relatos: Otras geografías (1998), Liturgia de los ahogados (1998), La madurez de las nubes (1999), Apuntes del natural (2002), La carga de la brigada ligera (2004), El peso en gramos de los colibríes (2005) y Mirando pájaros y otras emociones (2005). Así mismo, es autor de La pesca con mosca, su hasta ahora única novela (2003).
La escritura de Calcedo nos recuerda, a veces demasiado, el trazo de autores como Cheever, Richard Ford, Carver, Tobías Wolf o Lorrie Moore, pero no se nos ocultan otras influencias más diluidas como las de Stevenson, Melville, London, Greene, Hemingway o Salinger y, por encima de ellos y como grandes y permanentes faros de la literatura, las de Kafka y Conrad, lo que evidencia una determinada filiación narrativa, escorada claramente hacia parte de lo mejor de la narrativa norteamericana y no de la latinoamericana, hasta hace algunos años la de mayor influencia entre los autores españoles de cuentos.
En Saqueos del corazón, libro con el que el autor ha obtenido el IV Premio Iberoamericano de Relato “Cortes de Cádiz”, Calcedo nos presenta once relatos o nouvelles en las que los protagonistas comparten culpas y arrepentimientos, soledades y frustraciones, amores y desarraigos y en los que adivinamos rasgos y ecos de otros personajes característicos del universo narrativo del autor : Verónica, la abogada que va a visitar a su madre a la residencia de ancianos; el galerista Dorian y la niña pintora; Hanna, Isadora y sus amantes; el pasado y Helga; Lucas y su tullida sentimentalidad; el matrimonio desvaído de Tobías; un adolescente salingeriano en fuga; Irene Cox, esperando sentada en la cama -muy Hopper- la llegada de su amante; la soledad de Julius y una asombrosa niña, no menos sola, en la consulta del dentista; los extraños vecinos de un hombre abandonado por su mujer...
También los entornos en que se mueven esos personajes son muy semejantes a los que el autor nos dibujara en otros libros suyos: solitarias urbanizaciones, lugares de paso, habitaciones de hoteles, paradas de autobuses, estaciones de trenes, supermercados, consultas médicas... y todo ello con una extraordinaria sobriedad técnica y un excelente dominio de los recursos expresivos. Calcedo describe con enorme lucidez la fragilidad de la vida, el despojamiento y penuria de nuestras experiencias, la incomunicación y las soledades domésticas, sin que asome por ello la tragedia o el desbordamiento emocional. Esa aparente frialdad del autor, que en ningún momento descarta la elegante cabriola poética, es producto del alto nivel de exigencia que el autor se impone a la hora de escribir. En suma, una escritura en tensión y condensada donde lo argumental excluye lo meramente anecdótico para centrarse en la historia y fragmentarse en la sugerencia y en la elipsis; una escritura, pues, enganchada a la realidad, a esa épica desolada de lo cotidiano, iluminadora del vacío y de la orfandad sentimental en que vivimos.
Vuelve Gonzalo Calcedo, pues, a superarse a sí mismo y confirma con su última obra que estamos ante uno de los grandes autores de relatos de la literatura española actual.

por FERNANDO ABASCAL

RESEÑAS SOBRE NOVELA Y CUENTO

Manuel MOYANO ORTEGA: Manfraque. Menoscuarto, Palencia, 2007 (III Premio Tristana de Novela Fantástica, Ayuntamiento de Santander, 2006).
La tercera edición del Premio Tristana de novela fantástica, patrocinado por el Ayuntamiento de Santander, ha ido a parar a un escritor de una ya sólida trayectoria en el actual panorama narrativo español; se trata de Manuel Moyano Ortega, quien en su novela Manfraque, además de la fantasía, incorpora alguno de los mejores rasgos de la narrativa de intriga y de terror: el principal de ellos, una trama bien perfilada y la capacidad para atrapar al lector desde las paginas de inicio. Para ello el autor ha elegido la estructura epistolar, la primera persona narrativa y la ambientación en uno de esos “burgos podridos” de la España interior tan explorados en la literatura de la generación de 1898, si bien aquí la acción se desarrolla hacia mediados del pasado siglo, según se desprende del comentario despectivo que el narrador lleva a cabo de cierta novela de Cela.
Aunque mucho noventayochismo destila este relato, que parte de un esquema bien conocido: al apartado pueblo mesetario de Manfraque llega el narrador, deseoso de evadirse de la reciente muerte de su esposa. Allí alquila una habitación en la casa de un enfermo terminal cuya esposa actúa como castiza y autoritaria patrona; va conociendo a las fuerzas vivas de la comunidad, presididas por las figuras del erudito local, el médico y el sacerdote, con los que mantiene ambivalentes relaciones. Sin embargo queda fascinado de inmediato la presencia de los “bubos”, una especie de seres humanos enanos y degradados que se ocultan en las inmediaciones del pueblo: “…la endogamia y el aislamiento se han conjurado con el agua envenenada para engendrar a lo largo de los siglos una raza de cretinos deformes y babeantes, proclives a la vagancia y a la promiscuidad. Son barbilampiños, prognáticos y narigudos, y los más altos de entre ellos apenas sobrepasan el metro de estatura”.
Ya tenemos el medio geográfico y la herencia biológica operando en un medio aislado del exterior; las cartas del narrador van revelando una sucesión de hechos violentos, de presencias inquietantes y descubrimientos inesperados que irán transformando su personalidad de una forma reflejada en las sucesivas cartas de modo implacable. Abundan pues sorpresas y golpes de efecto que conducen al lector a un final sorprendente, abierto, a mitad de camino entre las ficciones de Poe y Jorge Luis Borges. Concluye así una novela de lectura apasionante -el único reproche sería su brevedad- que podría dar lugar a sugestivas versiones cinematográficas.

por JOSÉ MANUEL CABRALES ARTEAGA
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Miguel IBÁÑEZ: El lobo veloz. La Sirena del Pisueña, Santander, 2006.
Tengo la consolidada sospecha de que el calificar reiteradamente, como hemos hecho algunos, la obra literaria de Miguel Ibáñez con el adjetivo “irónica”, añadiéndole después la coletilla “alejada radicalmente de cualquier atisbo de grandilocuencia”, en vez de reportarle lectores, atención crítica, consideración y prestigio a dicha obra, se los ha restado de forma significativa. Y también es bien cierto que el propio autor tiene alguna parte de culpa al respecto, pues su miedo a parecer que se toma en serio a sí mismo, y su radical aversión a ponerse en la escena literaria con ropajes circunspectos y altisonantes, parece claro que, dado el poco refinado contexto en el que nos estamos moviendo, no le está produciendo los réditos que sin duda merece.
Y digo que merece porque la literatura de Miguel Ibáñez tiene sus buenos quilates de interés, intención y calidad. Ya lo demostró con la poesía de corte narrativo que vio la luz no hace mucho tiempo en la editorial madrileña Devenir bajo el dickensiano título de Historias de dos ciudades, y lo sigue demostrando ahora con la aparición en la colección La Sirena del Pisueña del libro El lobo veloz.
El lobo veloz es un volumen al que adscribiríamos al género de los microrrelatos si fuéramos unos poco cuidadosos y rutinarios estudiosos de la “cosa literaria”. Pero como nos jactamos mucho de no serlo, nos vamos a cuidar de despachar el libro enmarcándolo dentro de los estrechos márgenes de unos condicionantes cerrados y absolutos. En este sentido El lobo veloz es un libro abarcador y “multigenérico” (si se puede emplear aquí esta fea palabra), en cuyas páginas se entremezclan con gran acierto las narraciones extremadamente breves, con el poema en prosa, con el aforismo, e incluso con la observación o la meditación de corte filosófico, aunque siempre insuflada ésta de un lirismo de muy buena ley, y por supuesto nada edulcorante o empalagoso.
Además, muy por el contrario de lo que al lector o al crítico menos atento pudiera parecerle, la escritura de Miguel Ibáñez es muy elaborada, está muy meditada y es muy consciente de sí misma, del difícil, casi imposible, papel que le toca desarrollar en esta nuestra presente contemporaneidad. Miguel Ibáñez es así un escritor plenamente de su tiempo, rabiosamente moderno. Es un autor que se sabe inmerso en la marea de la postmodernidad, y con mucho sentido y algún control de esa circunstancia, ante la brillante posibilidad de impostar los fuegos artificiales y seductores del pensamiento y la narrativa débil, ha optado por investirse de los ropajes descreídos e irónicos del escritor burgués e ilustrado, practicando una escritura de la inteligencia, y nunca, nunca de la “listeza”.
Con estos condicionantes, Miguel Ibáñez se nos ha mostrado en cada una de sus entregas, y especialmente en El lobo veloz, como un dotado cultivador del tramo corto o breve de la escritura, ya sea en poemas, en microrrelatos o en aforismos. Y es que el autor tiene en su poder todos los ingredientes verbales y culturales para obtener felices resultados en sus intentos con ese carácter: ironía, concisión, agilidad, precisión, melancolía, capacidad paródica, sentido de la paradoja..., y además sabe mezclarlos muy bien para lograr como resultado platos literarios sabrosos, alimenticios, que no repiten y que te ayudan a abordar el complejo terreno de la reflexión crítica y personal.
El lobo veloz es una muestra espléndida de todo lo dicho hasta aquí, y es un libro para tomarse muy, pero que muy en serio.

por JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES