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REPERTORIO SACRO

Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi y Ave verum corpus de Franz Xaver Sussmayr. Orquesta y Coro Europa Concentus Musicus. Director: Mariano Rodríguez Saturio. Grabación en directo (1999). Edita: Parlamento de Cantabria, Santander, 2007.

La vida musical de Santander de los últimos años le debe mucho a Mariano Rodríguez Saturio y a esa determinación suya por llevar adelante proyectos como “Europa Concentus Musicus”, orquesta que este año cumple los veinte y que durante este tiempo ha sido para los cántabros lo más parecido a una formación profesional estable como la que Gustavo Moral reivindicaba para nuestra comunidad en el anterior número de QVORVM.
No sé si la publicación de este disco bajo el patrocinio del Parlamento de Cantabria viene a ser celebración de ese cumpleaños, pero no sería mala idea: alcanzar los veinte años de andadura en las condiciones que a esta orquesta le ha tocado vivir se antoja casi una hazaña, una gesta que no se entiende sin la figura de Mariano Rodríguez Saturio y ese empeño rayano en lo quijotesco que comparte con quienes procuran que la música culta pinte algo en la vida de todos nosotros.
En todo caso, el disco es una buena muestra de su quehacer durante estas dos décadas, pues por un lado abunda en el repertorio sacro que le es tan querido y por otro reúne una obra tan conocida como el Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi y otra absolutamente desconocida: el Ave verum corpus de Franz Xaver Sussmayr, quien se reservó un lugar en la historia de la música al completar el Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart.
El Stabat Mater ocupa la mayor parte del lamentablemente breve disco (42’) y en él Rodríguez Saturio cuenta con la colaboración de dos voces que le han acompañado en anteriores ocasiones y que, además de empastar a la perfección, participan plenamente de la claridad y sobriedad de la batuta: Rosana Barrena y Marina Pardo. La primera, soprano afincada en Alemania, luce un timbre limpio y un vibrato muy expresivo que confiere una apreciable dosis de patetismo a sus intervenciones, mientras que la mezzosoprano cántabra exhibe el noble instrumento conocido y admirado por todos.
El Ave verum corpus que completa el disco constituye una rareza que conoce aquí su primera plasmación discográfica; la obra, impecablemente interpretada por el coro, es breve: no llega a los tres minutos de duración, pero es tiempo suficiente para apreciar su interesante escritura y advertir que, como Ricardo Hontañón apunta en las notas, se trata de “una pieza inspirada y, lógicamente, con influencias mozartianas”, aunque, como precisa el crítico, sus medios expresivos y dinámicos le acercan más al espíritu romántico.
La edición está muy cuidada: la toma sonora respeta la acústica reverberante de la iglesia de San Miguel de Camargo y el libreto, diseñado por Javier Lezaola, incluye los textos cantados en latín y las biografías de los intérpretes en castellano, inglés y alemán, aunque se echan en falta los nombres de los componentes de la orquesta. Un gran disco.

por DARÍO FERNÁNDEZ

EL ESTILO MARLANGO

MARLANGO: The electrical morning. Voz: Leonor Watling; teclados, Alejandro Pelayo; trompeta, Oscar Ybarra; batería, Gonzalo Maestre; guitarra, Vicent Huma; bajo, Manuel Bagüés. Grabado en los estudios Musicland (Girona) y Track (Madrid), Universal, 2007.

Si el primer disco de un grupo suele ser una muestra de sus influencias, el tercero supone alcanzar su propio estilo. En este sentido, Marlango ha conseguido con este trabajo la difícil tarea de no parecerse a nadie sin necesidad de repetirse. Producido por el propio Alejandro Pelayo, las canciones se han vestido de nuevos sonidos y arreglos, evitando las modernas tecnologías en favor de viejos instrumentos de la primera revolución electrónica, como las Ondas Martenot o el Minimoog, dando al conjunto una atmósfera luminosa, a veces fría e inquietante, otras esperanzadora, pero siempre bella, fiel reflejo de ese espíritu del alba en el que se cruzan dos mundos: la noche y las primeras luces del día.
Con indudable buen gusto, la voz de Leonor flota y se agita libremente sobre ese paisaje sonoro desde el pop más refinado (Every now is past) al cabaret más canalla (Dance, dance, dance, con Miguel Bosé como maestro de ceremonias), pasando por guiños al rock de carretera (Shout), cargada de emotividad, alegría, dudas o ironía, según lo pidan las letras. Trece canciones influenciadas por la estancia de la banda en Berlín y reflejo de una generación ya en la treintena, que se plantea si ha conseguido sus sueños, un sucedáneo o, simplemente, algo distinto a lo que podían imaginar, pero aceptándolo con esperanza .
Destacable el tema que sirve de single, Hold me tight (cantada junto a Jorge Drexler), el potente Walking in Soho, Who is me, íntima y delicada, o Shiny fish, grabada el último día de sesión a la luz de las velas y acompañada sólo por el piano. Se agradece la aportación de otros colaboradores menos conocidos por el gran público, pero igualmente de lujo como Ricardo Moreno, Suso Saíz y Pablo Novoa.
Por último, como hoy en día el lanzamiento de un disco no se limita a la colección de canciones recogidas en un CD, conviene asomarse a las páginas que el grupo mantiene: http://www.marlango.net/ y www.myspace.com/marlango, de donde es posible descargar una canción extra no incluida en el disco.
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por DAVID BUSTAMANTE ALONSO

MÚSICA FRESCA

Jóvenes intérpretes en la Fundación Botín

por REGINO MATEO

La presencia de las hermanas Lucía y Almudena Díez Pérez en la Fundación Marcelino Botín el pasado 19 de noviembre, con un programa clásico y atractivo integrado por las Siete variaciones sobre un tema de La Flauta Mágica de Beethoven, la preciosa Sonata Arpeggione de Schubert, la Sonata para violonchelo y piano de Debussy y los arreglos que realizara Maurice Marechal para la misma combinación instrumental de las Canciones españolas de Manuel de Falla, supuso la continuidad de un ciclo de música de cámara que viene suponiendo no sólo un oasis de placer para los aficionados a la música sino casi la única oportunidad de los nuevos valores interpretativos (cántabros o no) para ofrecer su trabajo en esta ciudad que un día llegamos a llamar “Atenas del Norte”.
Me refiero, claro está, al Ciclo de Jóvenes Intérpretes que, junto a los ciclos temáticos con que la Fundación nos regala año tras año, se han venido asentando como la casi única programación estable de música de cámara con continuidad, calidad y criterio. Hubo un tiempo en el que hablar de cultura en Santander era centrarse en tres grandes áreas: música, pintura y poesía. La música hoy ha prácticamente desaparecido por razones que nos obligarían a un análisis largo que prefiero posponer para mejor ocasión (aunque escribo estas líneas un 22 de noviembre, festividad de Santa Cecilia, una patrona de la música cuyo nombre es –según doctrina de la propia Iglesia Católica- fruto de la tradición piadosa y no de la realidad histórica: una santa que no existió para una ciudad donde la música apenas existe).
Queda por confirmar el camino del ciclo de música abierto por la Concejalía de Cultura en los dos últimos años, al que faltan aún definición y rodaje. Y reconocer el trabajo de la Asociación de Amigos del Festival, un tanto diluida en los últimos tiempos pero que sigue optando por un repertorio clásico con intérpretes de primera magnitud.
Pero quieren ser estas líneas más que otra cosa un acto de gratitud al trabajo de la Fundación Botín. En este sentido, y en lo que a los jóvenes intérpretes se refiere, habría que recordar que este espacio musical es en la práctica el único con el que nuestros jóvenes músicos cuentan para expresar sus inquietudes, para comunicar sus avances en el duro y áspero camino de la formación musical, para enfrentarse al juicio del público y la crítica, para absorber el siempre cálido premio del aplauso.
No deja de ser paradójico que ahora que nuestros dos conservatorios han consolidado su oferta docente, que cada vez más cántabras y cántabros encuentran su vocación profesional en la interpretación musical y apuestan por formación superior y especializada en los mejores centros internacionales, que contamos con un largo listado de intérpretes de calidad en la casi totalidad de las opciones instrumentales, sigamos sin contar con una Orquesta de Cantabra (hay dinero al parecer para convertir toda Cantabria en un museo de no sabemos muy bien qué pero museo al fin, pero no para generar otras infraestructuras culturales), sin contar con ciclos estables de música, sin contar en muchos casos con medios básicos para la realización de conciertos y desatendiendo tanto los aspectos didácticos (¿esperamos que los nuevos aficionados a la música surjan por generación espontánea o es que preferimos que no surjan?) como los aspectos digamos esencialistas de la música (abominamos de la música de cámara por “poco comercial” y nos limitamos a programar música-espectáculo centrada en la ópera y el repertorio sinfónico más convencional).
Es por eso que, hoy que los dedos no me han dejado escribir una crítica de concierto y se me han marchado por otros derroteros, quiero evocar dos fuertes sensaciones. La primera y fundamental, el placer de encontrarnos de nuevo con el gran repertorio tratado con emoción y sensibilidad por dos intérpretes nacidas en Madrid pero santanderinas de formación. Un excelente para la labor de las Lucía Díez Pérez y Almudena Díez Pérez. La segunda, la gratitud profunda a la Fundación Botín por su generosa apuesta a favor de la Música, así, con mayúscula. Ojalá esa música verdadera sonara también en programas que cuentan con muchos más medios pero desde luego con mucha menos voluntad.

ELEGANCIA SONORA Y VISUAL

Marlango demostró su madurez en la presentación de The electrical morning en Santander, gracias a un concierto singular, hipnótico, intenso y sugerente

por JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZ


Tenían una deuda con Santander. No habían quedado del todo contentos de su concierto en el Palacio de Festivales en enero de 2006, condicionado por una serie de circunstancias externas previas y su paso por el Summer Festival de ese mismo año fue diferente a lo habitual y, en cualquier caso, no comparable con lo que hacen sobre las tablas de un teatro. Por eso Marlango quiso que el inicio de la gira de su tercer disco, The electrical morning, recalase en la capital cántabra en lo que fue su segunda parada, tras Jaén. Bueno, por eso, y por la insistencia de Alejandro Pelayo por regresar a casa, disfrutar la comida de su madre, ir a los bares de los amigos y compartir con el resto de los miembros del grupo las delicias de los sobaos pasiegos... El caso es que Marlango regresaba al escenario del Centro Cultural de Tantín (CASYC), donde muchos les conocieron en directo allá por septiembre de 2004, cuando la música era para Marlango casi más un divertido juego que la realidad –no menos divertida– en que se ha convertido ahora tras el éxito de sus dos primeros discos y sus respectivas giras. El grupo de la cantante y actriz Leonor Watling, el pianista Alejandro Pelayo y el saxofonista Óscar Ybarra –convertido en sexteto en directo– ha alcanzado con The electrical morning una madurez, solidez y confianza ya apuntadas, pero ahora totalmente reforzadas y que han terminado de despojar a su líder de la etiqueta de “la actriz que canta”. Quizás en no demasiado tiempo, le cuelguen la de “la cantante que hace películas”. Al tiempo.
Ya convertidos en un nombre de minorías mayoritarias –su paso a la multinacional Universal así lo confirma– y poniendo las bases para facturar un sonido genuinamente propio, Marlango no puede sustraerse de la atracción pública de Leonor Watling, cara y alma visible del conjunto. Petrificada muy cerca del micro, su atractivo estatismo –sólo roto por algunos bailes que parecen sacados de una pequeña caja de música–, su más que sutil y delicada expresividad, su expresiva inocencia, no se sabe si sugieren una gran timidez o un divismo ausente e ingrávido por exigencias del guión. Su voz ha crecido, tiene cuerpo, se adapta a las exigencias de unos temas variables en estilos –jazz, pop, smooth, crooner, cabaret...– e interpretaciones y no pierde nunca una elegante dulzura en forma de caricia sonora. Su cara angelical, sus pícaras sonrisas y el vertiginoso escote que regaló a sus fans en Santander completaron el atractivo de la musa.
Como parecía evidente, los temas de The electrical morning –que sugiere ese momento electrizante en que se funde la noche con el día y se combinan las decadentes y soñadoras energías de los noctámbulos con las renovadas de los madrugadores– nutrieron el esqueleto del concierto del pasado 11 de octubre. Así, sonaron la intrigante Shout, deudora de Polly Jean Harvey, las melódicas Sink Down To Me y Walkin' In Soho, la movida Dance, Dance, Dance, la diferente Hold me tight, que es su primer single y la canción que más les gusta, aunque quizás menos les identifique; Mind the gap, I do, Who is me, el inexplicable –con palabras– Not without you... Brillantes temas en definitiva, que hipnotizan por la ausencia de estridencias innecesarias, que utilizan los silencios como una parte más del lenguaje y que te implican por la presencia de letras suficientemente amplias –y hasta ambiguas– para verte reconocido en ellas. Canciones que sonaron consistentes en el teatro de Caja Cantabria a pesar de su escaso rodaje en directo –era tan sólo el segundo concierto de la gira–, aunque se echó algo de menos al bueno de Óscar Ybarra y su trompeta, que han perdido protagonismo en este tercer disco.
Cosa que no sucedió cuando interpretaron algunas de las canciones de Automatic imperfection, muy calurosamente acogidas por el público. Shake The Moon, una verdadera demostración de recursos frescos y espontáneos, fue uno de los momentos álgidos, como It's all right o Enjoy the ride. También hubo momento para las pequeñas escapadas en castellano que se permite Leonor en forma de versiones, como sucedió, por ejemplo, con el popular Vete de Los Amaya.
A la excelencia del concierto también contribuyeron la elegancia de la puesta en escena de los músicos y su estética cinemática; y las llamativas luces horizontales con que esta vez compensaron la contención de espectacularidad que suele rodear a sus directos para que el público no pierda atención sobre lo que verdaderamente les importa, su música. Y contribuyeron también los esfuerzos del cántabro Alejandro Pelayo, no por demostrar su innegable calidad sobre las teclas, sino por vencer su timidez extrema. Lo de jugar en casa aumenta encima la responsabilidad, pero esta vez hizo hasta silbar a los asistentes al ritmo de su piano; no se olvidó de saludar a los muchos familiares y amigos presentes entre los espectadores; y respondió con gracia a las traviesas incitaciones de Leonor desde el micrófono, más de las habituales.
Fue un concierto especial, diferente, hipnótico, el mejor de los que han ofrecido en Santander, con más sonoridades e instrumentos. Marlango, en pleno crecimiento y superando las pruebas que se han –y les han– marcado en el camino, no entiende de términos medios, despierta amores y odios a partes iguales por la singularidad de su música, que les ha convertido en referente de la diferencia en la música española. Es lo que tiene crear sin límites. Pero en Santander los amores fueron mayoritarios, como lo demostró el público entregado que abarrotó el teatro de Tantín y agotó las entradas en apenas día y medio. El grupo envolvió con las caricias que supone su música; dio calor con la voz sedosa de su líder; transportó con sus plácidas melodías a una nirvana irreal en donde se pierde el sentido del tiempo y el lugar; excitó con el piano y las fugaces pero intensas apariciones de la sección de vientos; e hizo dudar irremediablemente entre la explosión inmediata o la contención hasta el orgasmo.

LA MISA POLIFÓNICA CÁNTABRA DE SAMPERIO

Antología de Compositores de Cantabria VII. Misa Polifónica Cántabra, de Miguel Ángel Samperio. Orquesta Nacional de Ucrania y Coro “Dumka” de Kiev. Director: Mariano Rodríguez Saturio. Director del coro: Evgueny Savchuk. / Molinos Isleños, de Arturo Dúo Vital. Orquesta Nacional “Transilvania”. Director: José Gómez. Edita Fundación Marcelino Botín. 2007.

La Fundación Marcelino Botín lleva años asumiendo un puesto en la cultura de nuestra región que mucho tiene que ver con el mecenazgo que hizo posible, hace más de cinco siglos, el resurgir cultural del Renacimiento o la emancipación de la música durante el Barroco y el Clasicismo. Salvando las distancias, los modos y las costumbres, la Música en nuestro entorno mucho debe a esta institución que ha cuidado de intérpretes y compositores mediante diversas acciones: becas de estudio, concursos de composición, conciertos, publicaciones... Su colección discográfica “Antología de Compositores de Cantabria” se ha ido convirtiendo, en los últimos años, en referente serio de la composición a lo largo del siglo XX y lo que llevamos de XXI.
El volumen séptimo ya está publicado cuando se ultiman los preparativos del que hará el número ocho de esta colección. La Misa Polifónica Cántabra, de Miguel Ángel Samperio, es el plato fuerte de esta grabación que también contempla la pieza de Dúo Vital, Molinos Isleños. Un registro sonoro que se produjo hace ya seis años con motivo de los actos de clausura del Jubilar Lebaniego y apenas pasado un año de la muerte de su compositor. La Orquesta Nacional de Ucrania y el Coro Dumka de Kiev fueron los músicos de esta celebración guiada por la batuta de Mariano Rodríguez Saturio. Puede sonar extraño que desde Kiev vengan las voces para una composición polifónica basada en temas populares, y en algún fragmento así sucede, más en cuestión fonética que un resultado musical muy digno y, sobre todo, indispensable para nuestro legado cultural.
La Misa de Miguel Ángel Samperio es un inmenso ejercicio de creación con un contenido que va más allá de la mera anécdota de lo popular. Se trata una pieza que, desde las raíces del folclore, asciende firme por el tronco y las raíces de la música culta del verdadero siglo XX. Asume y trasmite la personalidad de su autor, que tuvo las capacidades para convertirse en uno de los más grandes, pero que prefirió vivir su Santander y dejar para el futuro un buen grupo de obras importantes, aunque no lograron la trascendencia que merecían: el Concierto para Violín, sus dos Tocatas para piano, esta Misa Polifónica…
Si nunca han escuchado esta composición y les apetece hacerlo, descubrirán que, desde el arranque potente de su Introito hasta el último acorde del Agnus Dei, toda la obra se sumerge en nosotros mismos llevándonos por el camino de la emoción y de la vida. Porque también, no cabe otro camino, esta Misa tiene la vertiente espiritual de un compositor que era, por encima de todo, firmemente humano.

por GUSTAVO MORAL

EL 27 POR INÉS FONSECA

Inés FONSECA: Generación del 27. Voz: Inés Fonseca. Arreglos: Raúl Quílez. Guitarra: Daniel López Arroyabe. Piano y programación: Raúl Quílez. Bajo eléctrico y acústico: Antonio Bernal. Percusión y batería: Cristian Cortantini. Edita: UIMP. Colaboran: Gobierno de Cantabria, Unicaja y Centro Cultural Generación del 27. Santander, 2007.

Acaba de presentarse el último trabajo de la compositora y cantante cántabra Inés Fonseca, en este caso dedicado a la Generación del 27, en estrecha relación con la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que ha sido la institución patrocinadora principal, junto a la colaboración del Gobierno de Cantabria, la Fundación Unicaja y el Centro Cultural Generación del 27.
En realidad, este nuevo trabajo no hace sino perpetuar una constante a la que Fonseca ya nos tiene acostumbrados: no el disco sino el libro-disco, elaborado con evidentes sobriedad y cuidado, formalmente bien presentado, con una selección meditada de contenidos a los que se pone una música pausada y elegante. En esta ocasión, Inés ha escogido poemas de Rafael Alberti (El cuerpo deshabitado), Vicente Aleixandre (Los besos), Dámaso Alonso (Ejemplos), Manuel Altolaguirre (Playa), Luis Cernuda (Oscuridad completa), Gerardo Diego (Playa de los Peligros), Federico García Lorca (Baladilla de los tres ríos y En la muerte de José Ciria y Escalante), Jorge Guillén (El descaminado), Emilio Prados (Me asomé) y Pedro Salinas (Yo no puedo darte más y El Contemplado), autores todos ellos ligados de forma obvia al devenir de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Pero este nuevo libro-disco de Inés Fonseca alberga, sin embargo, una peculiar concepción: y es que el trabajo Generación del 27 se ha querido entender como una suerte de correspondencia epistolar entre el pasado y el presente, entre la poesía de aquellos años y los poetas que en Cantabria escriben en la actualidad. En concreto, Lorenzo Oliván, Ana García Negrete, Adela Sainz Abascal, Regino Mateo, Jesús Cabezón, Marián Bárcena, Gloria Ruiz, Juan Antonio González Fuentes, Rafael Fombellida, Alberto Santamaría, Ana Rodríguez de La Robla y Carlos Alcorta han escrito su particular epístola a cada uno de los poetas del 27, tomando como referencia los textos cantados por Fonseca.
Respecto a la selección específica de poemas, pudiera tal vez objetarse que algunos de ellos no son quizá los más sobresalientes de sus autores; Lorca y Alonso, y en menor medida Salinas e incluso Aleixandre, bien podrían haberse visto representados por otros textos. Sin embargo, hay que admitir que la traducción musical que Fonseca ha realizado justifica su inclusión al margen de consideraciones estrictamente literarias. Por otra parte, se aprecia en la cantante la inclinación por aquellos textos que contienen alguna alusión, siquiera sesgada, a personajes o lugares íntimamente ligados a nuestra región (la playa de los Peligros, el poema a José Ciria…), estación obligada, mal que nos pese, siempre que se quiere sacar adelante un proyecto con denominación de origen made in Cantabria.
Los arreglos musicales de los diferentes temas siguen un patrón idéntico de mimo y cuidado al que se respira ya en la propia presencia del disco: se trata de arreglos discretos –en el mejor sentido del término–, que arropan los textos sin asfixiarlos ni desvirtuarlos, aunque es cierto también que a veces los dotan de un significado sorprendente (algo que por otra parte no supone un demérito, sino que es algo inmanente a toda interpretación o lectura que se haga de cualquier obra de arte). En este sentido, cabe destacarse la peculiar visión del poema Oscuridad completa de Cernuda, en que se parte de una voz añeja como enclaustrada en un disco de pizarra que de repente se libera y llega hasta el presente en su más plena intensidad; es este uno de los temas más logrados, a mi juicio. De igual modo, la canción que abre el disco (El cuerpo deshabitado de Alberti) merece destacarse por su espléndido resultado, dado que es un poema en verdad difícil de musicar. Excepcionalmente delicados me han parecido también los temas de Prados (Me asomé) y Salinas (El contemplado).
El disco, por lo demás, se halla muy equilibrado dentro de su buscado y refinado eclecticismo: ritmos diversos se alternan y hermanan al tiempo, desde la balada más tradicional hasta el bolero, los ecos de la bossa nova o los ritmos latinos más osados. Igualmente, la voz de Inés parece haber ganado en profundidad respecto a trabajos anteriores: sus registros más graves se potencian mucho en un disco en que la intimidad es importante, y ese tono de cercanía, casi susurro, lo mantiene Fonseca sin desmayo.
En definitiva, Generación del 27 parece un disco llamado a secundar a Vida –anterior trabajo de Fonseca dedicado a José Hierro– en aceptación y popularidad, después del aún reciente Más allá de este claustro que ha experimentado una trayectoria más discreta, tal vez por lo intrínsecamente recoleto de su concepción.

por ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA

PRÓXIMA APARICIÓN DE LAS CUATRO PIEZAS SACRAS DE VERDI

Sobre la próxima aparición del disco de Giusseppe VERDI: Las Cuatro Piezas Sacras. Coro Nacional Dumka de Ucrania, Orquesta Sinfónica Nacional de Ucrania. Director: Mariano Rodríguez Saturio. Jornada de clausura del Año Jubilar Lebaniego. Catedral de Santander, 28 de abril de 2001.

Las celebraciones del penúltimo Año Jubilar Lebaniego (2000) llegaron a su término el 28 de abril de 2001 con un concierto extraordinario en la Catedral de Santander a cargo del Coro Dumka y la Orquesta Sinfónica Nacional de Ucrania a las órdenes del santanderino Mariano Rodríguez Saturio. Seis años después, cuando aún se mantiene fresco el recuerdo de los numerosos actos celebrados con motivo de otro Año Jubilar, está a punto de aparecer un disco que nos permitirá revivir aquella velada y admirar una vez más el magisterio de Rodríguez Saturio en un repertorio en el que parece hallarse muy a gusto, el de la música religiosa, pues este lanzamiento, que se ha retrasado por diversos motivos, sucede a otros aparecidos en los últimos meses en que, al frente de la Orquesta y Coro Europa Concentus Musicus o los Solistas de Hamburgo y la Coral Salvé de Laredo, nos brindaba la primera grabación mundial del Ave verum corpus de Franz Xaver Sussmayr y obras maestras como el Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi o la Theresienmesse de Franz Joseph Haydn, a las que ahora se suman las Cuatro piezas sacras de Giuseppe Verdi, cuya honda inspiración les ha procurado un lugar de privilegio en la historia de la música desde su estreno en París en 1898.
Estas piezas, que no fueron concebidas por su autor como un conjunto orgánico, sino individualmente tras sus últimos estrenos operísticos y sin ningún plan en mente, constituyen el testamento artístico de Verdi y han sido glosadas por infinidad de comentaristas que se han preguntado por el motivo que pudo llevar al operista, mundialmente reconocido, a probar suerte en el género de la música sacra; así, se han aventurado hipótesis de índole psicológica –evolución normal en un hombre que ve cercana la hora de su muerte- o se han hecho cábalas sobre la naturaleza de sus personalísimas creencias religiosas, pero en la explicación que resulta más convincente, Massimo Mila ha sugerido que el músico de Busseto perseguía consagrarse en el que siempre se ha considerado el estilo de más alta jerarquía y rendir el merecido homenaje a su admiradísimo Giovanni Pierluigi da Palestrina, de quien por aquella época estudiaba sus obras completas con gran dedicación. Rodríguez Saturio advierte su influencia en la escritura contrapuntística de las dos piezas a capella y así expone una página tan compleja y artificiosa como el Ave Maria con la debida austeridad sirviéndose de una orquesta bien empastada y un coro perfectamente conjuntado; idénticos derroteros toman los Laudi alla Vergine, escritos para un coro femenino a cuatro voces sobre un texto un fragmento atribuido a Dante Alighieri: aquí, el director respeta su milimétrico diseño vocal y su factura armónica con precisión y claridad y atiende el manejo de la polifonía con pulso firme y a la vez flexible; sin embargo, es en las páginas orquestales, Stabat Mater y Te Deum, donde Saturio nos ofrece los momentos de mayor interés: en el primero, el director santanderino entiende que ese “estilo operístico” del que muchos han hablado no es más que un vago referente y, lejos de cargar las tintas, capta y transmite su esencia dramática con sencillez, sin aparato, mientras que en el monumental Te Deum final extrae todo el potencial de coro y orquesta para, en palabras de Massimo Mila, invocar “los embriagadores fantasmas de la gloria, el viril entusiasmo de la acción y la batalla. Son los estandartes de las antiguas victorias que ondean en el toque de las trompas del ‘Tu, rex gloriae’...”. La espera ha merecido la pena y el esfuerzo de todos los que intervinieron en aquel memorable concierto tiene ahora una recompensa perdurable que todos los santanderinos deberían conocer.

por DARÍO FERNÁNDEZ

SONORA SANTANDER

Antonio Noguera estrena en el Monumental de Madrid su poema sinfónico-coral Ciudad de Santander

por REGINO MATEO

Con el objeto de promover la composición para grandes formatos e incentivar en los compositores españoles la escritura de obras sinfónico corales, la Orquesta y Coro de Radio Televisión Española convocan desde hace unos años un certamen que avanza en interés y calidad. Dotación económica al margen, la importancia del galardón reside sobre todo en que la Orquesta y Coro de RTVE estrenan la obra en su habitual ciclo de abono, además de incorporarla a su repertorio de gira, de tal manera que el ganador del certamen puede escuchar su obra preparada con rigor, seriedad y entrega, sabedor además de que se interpretará en diversas ocasiones y que su estreno pasará a los archivos musicales de la radio pública.
Natural de L’Ametlla de Mar (Tarragona) pero santanderino desde hace muchos años, los que lleva como profesor de Armonía y Composición del Conservatorio Profesional de Música Ataúlfo Argenta, Antonio Noguera mereció el premio referido en su III edición. Y lo hizo con un poema sinfónico coral de ambiciosas intenciones formales y estéticas que tituló Ciudad de Santander, en el que aprovecha textos de Amós de Escalante, Gerardo Diego y otros poetas cántabros para guiarnos por un viaje sonoro a la evocación del incendio que arrasó Santander en 1941.
Antes de nada, sería interesante escribir un par de breves reflexiones sobre la actitud ética y estética de Noguera, sus fuentes y criterios. Y para eso sería necesario presentarlo como un hombre riguroso, serio, comprometido y trabajador. Musicalmente, estos valores se traducen en un trabajo constante, en perpetua evolución y transformación, en el que la fascinación por las teorías armónicas de Olivier Messiaen ha abierto todo un mundo de texturas y evaluación de sonoridades, de la misma manera que la estructuración de sus obras más recientes podría recordarnos el desplazamiento del sonido en el tiempo a partir de grandes y potentes bloques sonoros semi-autónomos (en una particular relectura de Xenakis), y que la atenuación del rigor formalista de sus primeras composiciones ha dado paso a una música que no sólo pretende ser fiel a sus propias dinámicas formales, sino que busca la emoción en el oyente.
De estos tres elementos es muestra coherente y espléndidamente trabajada la obra que comentamos, Ciudad de Santander (ojalá podamos escucharla alguna vez aquí), a cuyo estreno tuve oportunidad de acudir el pasado mes de marzo. En efecto, los días 22 y 23 de marzo, la Orquesta y Coro de RTVE, bajo la dirección de Adrian Leaper, estrenaron la obra de Noguera en el Teatro Monumental de Madrid dentro de su ciclo de abono, en un programa que integraba además El Festín de Balthasar de William Walton y las Canciones y danzas de la muerte de Modest Mussorgsky (con una impactante lectura del barítono Paul Whelan). Y allí pudimos apreciar las virtudes de una partitura de corte descriptivista, en la que una orquesta conducida con brío por Leaper exhibía la furia con que la música de Noguera había logrado aprehender la gran catástrofe de la historia santanderina. Las estructuras sonoras crecían, adoptaban un volumen enérgico en el que originales fracturas provocadas por los violines o los registros agudos de los vientos nos obligaban a evocar los chisporroteos, el vendaval arrastrando las ascuas y la furia desatada del incendio.
El coro cumplió con la debida pasión su cometido, aunque tal vez se echó de menos que una docena más de voces elevaran su volumen hasta darle el protagonismo central sin duda deseado por Noguera, diciendo los textos con solvencia y afirmando las tensiones armónicas hasta generar un paisaje sonoro a un tiempo desolador y épico.
Hermoso el final, en el que todo el estallido musical se fue asuavando sobre un ostinato rítmico en el que una pandereta jugaba a trazar unos macabros picayos sobre las cenizas. Sobre la evocación rítmica, sobre ese pequeño guiño a la música tradicional cántabra (otro homenaje más oculto a Juanjo Mier, al que Noguera ha rendido recuerdo con la obra que le ha valido su hasta ahora último galardón en el Concurso Internacional de Composición para Piano “Manuel Valcárcel”). La música, como decía, se apaga dulcemente sobre el insistente diseño rítmico, un poco a la manera de Los adioses de Haydn. Ayudándonos a interiorizar la escucha, la descripción, la evocación, nuestra propia búsqueda a través de la belleza.

UNA TEMPORADA CON MUCHO CUENTO

Sobre la Temporada Lírica en la programación de otoño del Palacio de Festivales de Cantabria

por DARÍO FERNÁNDEZ

El próximo viernes 28 de septiembre dará comienzo en el Palacio de Festivales una nueva Temporada Lírica, una de las citas de la vida musical santanderina que más expectación despierta año tras año. A buen seguro, el programa de esta edición –que hace la número doce- renovará la favorable acogida que han tenido las anteriores, pues, aunque inevitablemente breve como aquellas, reúne numerosos alicientes y atiende las exigencias de los amantes de la lírica en cuanto a variedad y calidad: variedad por cuanto se han programado dos óperas, una zarzuela y un recital; y calidad asegurada con la presencia de Aquiles Machado, María José Moreno y Barbara Bonney o, en el plano escénico, de nombres como Lindsay Kemp y Giuliano Spinelli, a quienes se ha confiado una nueva producción de Les contes d’Hoffmann que concentra el máximo interés.
La primera cita llegará recién iniciado el otoño con La boda y el baile de Luis Alonso, dos sainetes de Gerónimo Jiménez. El baile de Luis Alonso se estrenó en el Teatro de la Zarzuela en enero de 1896 con tanto éxito que, un año después, siguió La boda de Luis Alonso, donde músico y libretista narran un episodio anterior en la vida del protagonista. Estamos, pues, ante dos sainetes distintos que han sido reunidos en un mismo espectáculo por Santiago Sánchez, director de escena y responsable de una adaptación que mereció muy buenas críticas en su estreno en Madrid en 2006 y que convertirá al Palacio de Festivales en un café concierto del Cádiz de 1850 donde tendrán cabida los títeres, la danza, el flamenco y, por supuesto, toda el garbo y el donaire del género chico. El espectáculo, lleno de gracia y colorido, se ha concebido como un homenaje a Cádiz en sus cantes, en sus carnavales y en los títeres de La Tía Norica. Como ha escrito Enrique Mejías, la gracia de la propuesta escénica reside “en que es la ciudad del pescaíto frito la protagonista. Los argumentos, más o menos interesantes, son lo de menos, lo que importa es Cádiz y sus gentes: de Tinoco a María Jesús, del Tarugo a Doña Manuela. Lo que queda es al fin y al cabo el sainete”. El extenso reparto reúne a actores y cantantes habituales en el repertorio de zarzuela como Luis Álvarez, Tony River, María Macía, Trinidad Iglesias y Leticia Rodríguez, quienes estarán secundados por la Orquesta de la Comunidad de Madrid, el Coro Lírico de Cantabria y la experta batuta de Miguel Roa.
Ya en octubre, llegará la primera de las óperas: Porgy and Bess, compuesta por George Gershwin con textos de Ira Gershwin y DuBose Heyward, estrenada en Boston el 30 de septiembre de 1935 y basada en la novela Porgy de Heyward y en la pieza de teatro del mismo nombre coescrita con su esposa Dorothy. Las tres obras representan el estilo de vida de la comunidad negra en una calle ficticia de Catfish Row, un distrito de Charleston (Carolina del Sur), a principios de la década de 1930 y, más concretamente, narran la historia de Porgy, un inválido, y sus intentos por rescatar a Bess de las garras de Crown, su proxeneta y de Sportin' Life, traficante de drogas. Admirada por la milagrosa síntesis de elementos tan diversos como el jazz, la música popular americana y las técnicas orquestales europeas, Porgy and Bess es una obra maestra indiscutible, pero su incorporación al repertorio ha conocido múltiples vicisitudes. El montaje que podrá verse en el Palacio de Festivales ha visitado algunos de los principales teatros del mundo con motivo del setenta aniversario de la muerte de Gershwin y participa de la estética realista de las obras en que se basa; fue encargado por el New York Harlem Theater a Baayork Lee, reputada directora de escena que cuenta en su currículum con aclamadas producciones de musicales de Broadway y estará protagonizado por Terry Cook, Kevin Short, Morinike Fadayomi y Donita Volkwijn, cantantes desconocidos por estos lares que se alternarán en los papeles protagonistas en una gira que incluye varias ciudades españolas en las que estarán acompañados por la Orquesta Sinfónica de Navarra y el director William Barkhymer.
Como apuntaba, el plato fuerte de la XII Temporada tendrá lugar a caballo entre noviembre y diciembre con la puesta en escena de Les contes d’Hoffmann de Jacques Offenbach, otra obra maestra, en una coproducción del Palacio de Festivales con el Festival Castell de Perelada y la Quincena Musical Donostiarra que cuenta como principales atractivos con la presencia de Aquiles Machado y María José Moreno en el reparto y la labor de Lindsay Kemp en el apartado escénico. La producción recalará en Santander tras haber pasado previamente por las dos citas veraniegas y cosechar con toda probabilidad otros tantos éxitos. Digo esto porque los largos ensayos celebrados en junio en Santander no pudieron ser más halagüeños. En ellos quedó de manifiesto una vez más el inmenso talento del veterano director británico, de quien el público cántabro ya pudo admirar su bella producción de Madama Butterfly y para quien la obra es “una tragedia escrita por un maestro de la comedia, Offenbach; tres óperas en una y una en tres, con un argumento que se desarrolla como un largo flashback al igual que en el cine. Los recuerdos de un poeta son sueños donde amar es locura, la realidad un delirio....y las melodías divinas, las atmósferas musicales llenas de brillo y misterio, de parodia y magia. Una celebración de la teatralidad más extrema” que, añadimos nosotros, se enmarca en una bella escenografía de Giuliano Spinelli poblada por palacios neoclásicos y se sostiene sobre una dirección escénica que, al contrario de lo que viene siendo habitual, no busca epatar, sino ilustrar y evocar.
La sencillez del movimiento, la elegancia del vestuario, la sutil iluminación de Quico Gutiérrez procuran una sucesión de imágenes de gran belleza plástica y contribuyen a crear una ilusión onírica que se ve potenciada por un formidable reparto vocal liderado por Aquiles Machado. El tenor venezolano regresa a Santander, donde ya protagonizó Werther y La Bohème, para encarnar el papel principal, al que tanto conviene su voz potente, timbrada y brillante. A su lado estarán el prometedor bajo canario Felipe Bou, la soprano granadina María José Moreno, las italianas Annamaria Dell’Oste y Giuseppina Piunti y el tenor cántabro Manuel de Diego. Felipe Bou encarnará los cuatro malvados; María José Moreno, muy querida en nuestra ciudad, asumirá el papel de Olimpia, de la que hizo una ejemplar recreación en los primeros años de una carrera ya considerable gracias a sus precisas agilidades y la belleza de un timbre privilegiado, mientras que sus colegas italianas, de medios suficientes y técnica notable, afrontarán los de Antonia y Giulietta y de Diego, el de Nathaniel. El Coro Lírico de Cantabria y la Orquesta Sinfónica de Bilbao completan un elenco de absoluta garantía que estará liderado por Miguel Ortega.
La Temporada llegará a su fin en diciembre con un esperado recital de Barbara Bonney, una de las grandes sopranos de los últimos años. Celebrada por su timbre purísimo, su dicción inmaculada y un fraseo repleto de matices, se ha distinguido en la interpretación de Mozart y los grandes liederistas alemanes y estará acompañada al piano por Malcolm Martineau.

QUERIDOS POLÍTICOS MAGOS

Las necesidades actuales de la música en Cantabria son tan obvias como vitales para su funcionamiento

por JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZ

Una vez superada la agitación preelectoral, una vez consumida la “fiesta de la democracia”, una vez asumidas las presumibles convulsiones electorales y una vez repartida la tarta del poder prácticamente en las mismas proporciones que en la anterior legislatura gracias a esos juegos en forma de pactos que tanto gustan a los políticos, quería recomendar-solicitar-sugerir a los nuevos-viejos responsables de las parcelas culturales que presten un poco más de atención a la música, pero a la facturada en la región.
En esta época en la que se vende a la sociedad la ilusión ante cuatro años al frente de concejalías y consejerías y las ganas de iniciar o completar proyectos y de trabajar en beneficio no de uno mismo, sino de ese pueblo silente que, en teoría, les ha elegido para esos cargos, desde esta tribuna me voy a permitir redactar a los políticos culturales un programa de trabajo para el futuro cercano, con el fin de que adviertan cuáles son las necesidades reales dentro del ámbito de la música y por si quieren, además, ahorrarse los sueldos de sus ayudantes, que no están los presupuestos para excesos después de aniversarios y años jubilares. Me voy centrar, pues, estrictamente en el apartado musical, ya que no quiero abrumarles tan pronto con muchas peticiones. Tiempo al tiempo, que ya habrá más oportunidades.
En primer lugar, concejales municipales y consejeros regionales, querría pedirles una reivindicación moral muy barata: que considerasen la música como una modalidad cultural más, como cualquier otra, obviedad que no lo es, porque aquí también hay divisiones y categorías. Diferencias que también afectan a los géneros, porque supongo que no sea obligatorio dedicarte en exclusiva al folk para que potencien tus festivales o promocionen y fomenten tu trabajo. Las políticas de apoyo a este género tan nuestro supongo que también podrían ser perfectamente exportables o equiparables al resto de estilos.
También quería pedir locales “legales” y suficientemente acondicionados para que los grupos puedan tocar. Cantabria dispone en torno a dos centenares de grupos musicales, que sobreviven casi de milagro, porque el circuito de locales brilla por su ausencia. Sobre todo en Santander, que aunque acumula casi la mitad de la población de la región dispone de escasísimos locales con programación musical estable. El objetivo fundacional de todas las bandas suele ser tocar en directo, poder compartir sus creaciones con el público, imbricar sentimientos colectivos, transmitir sensaciones al espectador... Pero en Cantabria conseguir esos directos es casi una utopía. Actualizar ordenanzas, habilitar infraestructuras industriales abandonadas, programar ciclos que se dilaten en el tiempo a lo largo del año –A solas con... y Show hall son dos ejemplos–, conceder algún tipo de ayudas a los locales a los que no les importa fomentar la música en directo... Son muchas las soluciones que se pueden buscar, pero muy pocas las que se convierten en realidad.
No vamos a solicitar aquí más Springteen, Shakira, Black Eyed Peas, Marc Anthony..., porque esos lujos son excepcionales, pero hay que comer todos los días del año y, aunque a nadie le amarga el caviar, las viandas comunes y de la casa ayudan también a sobrevivir, a pasar el día a día, a vencer la rutina y, cómo no, bien preparadas, son también atractivas para el paladar.
Pero para poder ofrecer conciertos, los grupos tienen que realizar otra tarea previa fundamental: ensayar. Si lo de los locales de conciertos hoy en día es una quimera, los de los ensayos escapa a cualquier calificativo. O tal vez se podrían encontrar muchos –despectivos– para definir los “habitáculos” donde muchos músicos tienen que trabajar, con riesgo claro para su salud. Y aquí sí que la tarea es más fácil de solucionar: bastaría con acondicionar algunas de las muchas infraestructuras abandonadas o cuya utilidad encontró mejor ubicación en otras instalaciones más modernas. Se anunciaron proyectos en el Barrio Pesquero –nave Sotoliva–, en Gamazo –nave de los antiguos carpinteros del puerto–... pero en eso quedaron, en proyectos, como tantas otras cosas. La nómina de grupos justifica ya sobradamente esta propuesta y asegura que esos posibles locales estarían siempre útiles y en servicio.
En lo que respecta a los concursos, hay menos que pedir porque hay un listado notable si unimos los de iniciativa privada y pública. Pero, puestos a pedir, ¿no sería recomendable reestructurar los premios? La dotación económica está bien, la edición de un DVD también, pero la grabación de un disco conjunto de todos los ganadores y finalistas, no creo que tanto. Quizás solicitar la publicación de un disco en solitario del ganador de cada modalidad pueda parecer una petición un poco cara, pero en otras materias el dinero se derrocha mucho más alegremente... En la época en la que vivimos, en la que la cara positiva de Internet permite la rápida y fácil difusión de la música a través de medios como myspace, un disco ya no es tan fundamental como hace años para darse a conocer. Y uno colectivo tiene poco sentido, así que sería mejor destinar el dinero a hacerlos individuales o, en su defecto, a aumentar la recompensa económica y que cada cual lo emplee en su propio beneficio.
Por el momento, estas son todas las solicitudes, creo que modestas y fácilmente realizables. A ver si esta vez hay suerte. Juro que este artículo está escrito tras las elecciones autonómicas de 2007 y no las de 2003, porque es probable que a más de uno le suenen repetitivas estas peticiones, pero me temo que también me van a servir para resumir mis anhelos de cara a la legislatura que comenzará allá por 2011. Al tiempo.

LA SINFONÍA DE SANTANDER

La Sinfonía de Santander: Sidón Ibera. Obras de Martínez Burgos, Montsalvatge y Dvorák. Concierto Conmemorativo 250 aniversario. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Coro Lírico de Cantabria. Alejandro Posada, director. Esteban Sanz Vélez, director del coro. Edita RTVE Música. 2006.


Pocas ciudades han tenido el privilegio de ser las destinatarias de una composición musical de carácter sinfónico. Mirando en la Historia de la Música nos encontramos creaciones que han apoyado su germen en algo tan distante a su esencia como puede ser una arquitectura: el celebérrimo motete de Dufay Nuper Rosarum Flores, en el que se encuentran las proporciones exactas de la catedral de Florencia, o la Gran Puerta de Kiev hecha acordes por Mussorgsky en los Cuadros para una exposición. También hubo autores que asumieron los títulos o subtítulos de sus obras a una ciudad determinada, más por casualidad –el haber sido escritas o estrenadas en determinada locación geográfica- que por esencia musical: las sinfonías Oxford y Londres de Haydn, la Praga o París de Mozart… Pero muy pocas piezas son las que han ensamblado características propias del locus al que se dedica el sonido con el concepto formal, armónico o tímbrico de la propia obra. Tal vez Vaughan Williams en A London Symphony recuerde al oyente ciertos aspectos de la ciudad de Londres –la sensación de bruma, el reloj del Big Ben al finalizar la pieza- o el cuadro sinfónico del también inglés William Walton en su Portsmouth Point Overture. Respighi, por su parte, hizo música las fuentes, los pinos y las fiestas de Roma en tres obras sinfónicas de marcado carácter descriptivo. La Sinfonía Leningrado de Shostakovich, en cambio, habló con su sonido más de la heroicidad de un pueblo que de la definición de la urbe en la que vivía.
Acercándonos más a nuestro objetivo, hay que recordar que Mily Balakirev celebró los 1000 años de la fundación de Rusia –permítanme la licencia de hablar de todo un país en lugar de una ciudad- con su relato sinfónico Rusia. Por su parte el polémico John Cage planteó su partitura A Dip in the Lake sobre el plano de la ciudad de Chicago. Santander se suma a esta lista de ciudades “con sinfonía” gracias al concurso de composición convocado con motivo del 250 aniversario de su fundación. Manuel Martínez Burgos fue el ganador de este premio con la obra Sidón Ibera, una ambiciosa propuesta que aúna gran orquesta y coro para celebrar y describir el nacimiento de una ciudad: la nuestra. Se trata de una obra narrada vigilando los parámetros musicales de la primera mitad del XX, con un punto expresionista, mucho de Orff y Stravinsky y la intención de ser popular y populosa gracias a armonías ricas pero estables. Dos mutaciones hacen que el nombre de la ciudad, letra del texto de los coros, vaya reformulándose hasta lograr el de “Santander” actual.
RTVE Música y el Ayuntamiento de Santander editaron recientemente un disco que recoge la grabación del concierto celebrado el 29 de junio de 2005, fecha en la que se estrenó la obra. La Orquesta Sinfónica de Castilla y León dirigida por Alejandro Posada –a falta de orquesta local hemos de acudir a otras- y el Coro Lírico de Cantabria –de esto sí que tenemos- fueron los protagonistas del concierto y, ahora, de este disco en el que también aparece la Sinfonía nº 8 de Dvorák y el Poema Concertante de Xavier Montsalvatge. Interesa el disco compacto con la pieza estrenada por ser el único vehículo en el que se podrá escuchar, al menos de momento y ojalá esto cambie, la obra dedicada a la ciudad. Recuerdo haber hablado con alguien implicado en esta grabación: se quejaba de “tanto esfuerzo para una única audición”. Tomaremos nota y seguiremos reclamando una formación musical que pueda hacer, con frecuencia, este y otros repertorios. ¿Qué les parece?

por GUSTAVO MORAL

BELLA Y OSCURA

Ainhoa Arteta en el Palacio de Festivales de Cantabria

por REGINO MATEO


No es que los fastos del Jubileo Lebaniego y Cantabria Infinita hayan prestado demasiada atención a la música clásica, algo que podría encajar bien en una actitud generalizada en los últimos años en el mundo de las políticas culturales y según la cual el objeto no es la excelencia sino el rendimiento. En cualquier caso, y tal vez precisamente por este factor, la presencia de la soprano guipuzcoana Ainhoa Arteta en la Sala Argenta del Palacio de Festivales, apoyada con correción por la Orquesta Sinfónica de Bilbao, la tarde del 24 de febrero pasado, se esperaba con ganas.
Desde 1993, año en que pasara a las primeras filas del canto internacional al obtener varios galardones de prestigio, Arteta ha desarrollado una carrera importante, con algunos altibajos (no era precisamente el mejor de los recuerdos el que había dejado en su anterior comparecencia ante el público de Santander) que la ha llevado a los más prestigiosos ciclos y escenarios y le ha permitido protagonizar muchos de esos roles operísticos amados por las cantantes (Mimí, Manon, Marguerite, Juliette, Violeta) mostrándose, en mi opinión, especialmente brillante en el repertorio francés.
Una primera reflexión acerca del concierto, reflexión que cada vez me parece más imprescindible, tendría que ver con el programa elegido. Ya sea su responsable la cantante, ya lo sean los programadores, ya estén las culpas repartidas. Siempre he sido defensor de la celebración de conciertos y ciclos que permitan acercar la música al gran público, como lo soy de los ciclos didácticos y de cualquier otra forma de presentación que permita al mayor número posible de personas acceder a la fascinación por la música. Ahí radica la fuerza de la llamada democratización de la cultura y no en el abaratamiento burdo de sus manifestaciones para que nadie pueda sentirse excluido. La cultura de verdad es exigente y aspira a ser escrita con letras mayúsculas.
Digo esto porque la velada con Arteta, de entrada, era decepcionante en sus contenidos. Se trataba de lo que podíamos denominar Programa Patchwork, al modo de esas colchas horterillas tejidas a base de retales cosidos unos contra otros. Una aria de aquí, otra de allá, una obertura para que descanse la voz, y otra vez arias deslavazadas en sucesión absurda de estilos y contenidos. Hemos llegado a tal punto en esa idea perversa de los conciertos fáciles o populares que casi resulta imposible escuchar un recital inteligente. De hecho, y en lo que a las programaciones desarrolladas en Cantabria se refiere, la seriedad en programas y ciclos parece hoy restringida en la práctica a la Fundación Marcelino Botín, que al menos propone, decide y arriesga. En fin, que frente a otras comparecencias en las que la Arteta ha abordado ciclos de canciones orquestales como los Chants d’Auvergne de Canteloube o los lieder sinfónicos de Strauss, a Santander nos vino con un recital de favourites, de extractos musicales que ni permiten al público centrarse en lo que escucha ni a la artista madurar y macerar el personaje que canta: Y así, La Condesa de Las bodas de Fígaro, Giulietta de I Capuleti e i Montecchi, Marguerite de Fausto, Liú de Turandot, Mimí de La bohème y Wally de La Wally fueron los personajes en los que, con desigual fortuna, fue sumergiéndose Ainhoa Arteta a lo largo del recital.
Uno de los grandes problemas de estos Programas Patchwork es que la soprano sale a escena a saco, sin que los elementos que toda ópera establece para ir acomodando la voz, hayan tenido lugar. Sólo eso puede explicar el terrible susto que nos dio la cantante vasca con el Porgi amor de Las bodas de Fígaro. La voz se mostró tensa, temblona, con un vibrato exagerado, al borde de la desafinación y que si ya es discutible en papeles de más peso dramático y vocal, resulta del todo inadmisible en Mozart. Sin embargo, y a pesar de que no me parece que el belcantismo sea una de los puntos fuertes de Arteta, se centró en el Oh quante volte de Capuletos y Montescos de Bellini, donde fue capaz de llenar de misterio y dulzura a la tomada voz de Julieta.
Desde ese momento, Ainhoa Arteta fue a más llegando a su cenit en las dos arias que respectivamente cerraban cada una de las partes del programa: coqueta, divertida, simpática y exacta en la popular Aria de las Joyas, Ah! Je ris de me voir, extraída del Fausto de Gounod y una espléndida lectura de esa aria magnífica de una ópera olvidada, La Wally, de Alfredo Catalani, que se ha convertido en una de las preferidas para cierto tipo de sopranos: Ebben? Ne andró lontana.
La voz de Ainhoa Arteta tiene un timbre peculiar, pastoso y oscuro, que sabe aprovechar buscando sonidos redondos, muy bien impostados, cargados de armónicos y que cobran especial expresividad en sus registros medio y grave. No es una forma de cantar que agrade a todos los aficionados (¿acaso hay alguna?), y algunas de las apreciaciones críticas que escuchamos al salir nos hicieron viajar en el tiempo a la mítica disputa ¿Callas o Tebaldi? Desde luego, quienes en esa pugna hubieran apostado por Renata Tebaldi, no saldrían contentos del recital; los admiradores de María Callas, en cambio, se habrían encontrado con una soprano que recuerda en algunos momentos la peculiar voz y modos de la griega. Quiero destacar que, excepción hecha del Mozart antes citado, Ainhoa Arteta cumplió con valentía y seriedad su compromiso con el público. La voz estuvo controlada a lo largo de la velada, buscó en todo momento la proyección más adecuada (con gestos a veces algo forzados, como esa particular manera de inclinar hombros y cabeza hacia delante para mejor dirigir la columna de aire), fue expresiva, cercana y trató de comunicar el universo interior de cada uno de los personajes asumidos. Una exquisita dicción de los textos, por cierto, nos devuelve la fe en la formación de cantantes en España, donde tradicionalmente se había descuidado la pronunciación y donde tantas cantantes emitían palabras incomprensibles, como si en una ópera, en una canción, el texto fuera algo secundario. Mereció Ainhoa Arteta los aplausos, pues, que abrieron paso a dos bises, el Oh mio babbino caro (aunque con ese maldito y ya perpetuo error hasta ella lo llamara Oh mio bambino caro) del Gianni Schicchi de Puccini, y la bellísima Io son l’umile ancella de la ópera de Francesco Cilea Adriana Lecouvreur.
Un dato marginal, sobre las innovaciones producidas en lo que podríamos llamar la liturgia del concierto: resulta más bien inédito, al menos por estos pagos, y creo que estaríamos mejor si no se pusiera de moda, que el contrato de la artista incluya la obligación de que agradezca al final de su actuación al Presidente de Cantabria y al Consejero de Cultura la oportunidad de cantar en Santander. Los servidores públicos hacen su trabajo y en cualquier caso pagan el cachet de los artistas con dineros igualmente públicos. Como tengamos que escuchar en cada concierto el capítulo “agradecimientos”, mal vamos.

UN CICLO PARA CRECER

Segunda edición de los Sábados Musicales

por REGINO MATEO

Dio comienzo el pasado 17 de febrero la segunda edición del ciclo Sábados Musicales, surgida de un acuerdo de colaboración entre la Concejalía de Cultural de Ayuntamiento de Santander y el Ateneo y que celebra sus conciertos en el salón de actos que la veterana institución cultural mantiene abierto en la calle Pedrueca.
En esta edición, el programa presenta un variado cóctel de conciertos de cámara en los que conviven estilos clásicos y contemporáneos y sin más hilo conductor que la relación con Santander presente de una u otra manera en la totalidad de conciertos del ciclo y que responde a la necesidad de abrir un camino para intérpretes, compositores y agentes musicales que, en una región en la que ser cántabro se penaliza y hace casi imposible acceder de forma normalizada a los ciclos y escenarios al uso, han buscado en la Concejalía de Cultura santanderina un apoyo. Apoyo que, como decía sin más hilo director que el mencionado, se plasma en la celebración de estos Sábados Musicales.
Arrancó la serie con un recital atractivo, al menos sobre programa: un poco habitual dúo de guitarra y violín que, con el violinista Tobias Grossman y el guitarrista Gustavo Them reivindicaba la faceta de guitarrista de Niccolo Paganini (más popular por sus virtuosísticas y endiabladas composiciones para violín), además de incorporar obras de Granados, Villa-Lobos, Monti y Piazzolla.
Dos sonatas para guitarra y violín de Paganini abrieron el concierto y configuraron, sin duda, el mejor momento de la velada. Un tanto desaparecida la guitarra (el limitado volumen sonoro de este instrumento no permite demasiada brillantez en su competición con el violín) fue compensado con una equilibrada interpretación al violín de Grossman, que mostró su pericia técnica, la cuidada belleza de su sonido y sobre todo una dulce expresividad en el Larghetto cantabile de la Sonata número III y una viril y firme lectura en el Tempo di marcia de la Sonata número I.
Después de Paganini... a menos. El concierto sufrió en todo momento un lastre indudable. No se trataba de composiciones originales, sino de versiones y arreglos, muchos del propio guitarrista Them. Y si no tenemos nada que recriminar a Them como intérprete, ya que afrontó con corrección el programa, lo mismo que su compañero violinista, sí que es verdad que sus adaptaciones del resto de los compositores resultaron pobres, carentes de tensión e incluso en momentos determinados (el arreglo de la Danza Española nº 5 de Granados) hasta armónicamente inadecuadas.
Tal vez podríamos apartar de esa planicie musical la lectura que Them y Grossman hicieron de la Historia del Tango de Piazzolla. Se trata de una obra bellísima en la que el compositor argentino nos lleva de viaje (con flauta y guitarra en la partitura original) a los tres momentos decisivos de los paisajes y estéticas del tango. Puesto que la guitarra mantiene el pulso original y no resulta complejo transcribir una obra de flauta al violín (y eso a pesar de que Piazzolla trata la flauta de manera bien idiomática, esto es, aprovechando como no puede ser menos los recursos técnicos característicos del instrumento para el que compone), el resultado fue vivo y no exento de interés.
No pude asistir al recital de la soprano Carmen Iglesias del sábado 24 (coincidencia de fecha con el recital de Ainhoa Arteta comentado anteriormente), pero sí al tercero del ciclo, en el que el pianista Ananda Sukarlan subió de manera evidente el nivel musical e interpretativo con relación al primero de los conciertos.
Sukarlan es un pianista indonesio de nacimiento, holandés de formación y residencia y cántabro por matrimonio. Músico inteligente, para él la música contemporánea ha sido desde los inicios de su carrera una opción estética, tanto que se cuentan ya por centenares las obras para piano que le han sido dedicadas. No es un dato superfluo este de la elección de la literatura pianística contemporánea como camino propio: en general, los pianistas se enfrentan al nuevo repertorio con cierto recelo y muchas veces por compromiso o casualidad, de tal manera que es gratificante encontrar a un intérprete que estudia con tanta seriedad, rigor y espíritu de aventura los nuevos retos que se le proponen. Conocí a Ananda hace ya algunos años, cuando estrenó Maribel de Juanjo Mier en el Otoño Musical de la Universidad de Cantabria, y desde entonces he podido seguir en parte su trayectoria tanto en recital como en grabación. Y Ananda Sukarlan nunca defrauda. Valga como anécdota la siguiente: Sir Michael Tippet, uno de los grandes compositores británicos del XX, escuchó la versión discográfica que el pianista indonesio había realizado en su CD The Pentatonic Connection de su primera sonata para piano, y proclamó en la radio durante una entrevista que Sukarlan, a quien no conocía, era el primer pianista que demostraba haber entendido e interiorizado su creación.
Vayamos al recital del 3 de marzo. Preparó Sukarlan el terreno con una concesión a los oídos más tradicionales, ofreciendo su lectura de la Sonata en Mi Mayor HOB XVI/31 de Haydn. Eficaz, galante como el estilo requería, punzante en los movimientos rápidos y limpio en las exposiciones contrapuntísticas, planteó una lectura correcta, viva y deliciosa de la sonata, que sólo decayó un tanto en el movimiento lento (aunque confesaré que en general Haydn me aburre en sus movimientos lentos, qué le vamos a hacer). A partir de ahí, el Impresionismo y su revisión más contemporánea fueron los hilos conductores de un programa bello, interesante, arriesgado y coherente.
Por un lado, se enfrentó Sukarlan al siempre dificilísimo Maurice Ravel en el arranque de la segunda parte, donde interpretó obras tan complejas y populares como la Ondine del Gaspard de la Nuit, el Menuet sur le nom d’Haydn (broma inteligente y adecuada a la presencia del austriaco en la primera parte) o la delicada Pavane pour une infante defunte. A grandes rasgos, habría que resaltar la brillantez interpretativa de Sukarlan, vigor y precisión producto de una magnífica técnica que describe con apariencia de fáciles los terribles paisajes musicales de Ravel. Sin embargo, me faltó algo de misterio en el sonido, una exploración más interior, más hacia el fondo de las obras, más en busca del espíritu que de la forma y que restó intimidad y poesía a la Ondine o a la Pavana.
En el campo de las obras contemporáneas, fue el sábado la primera vez que se interpretaba de manera íntegra el Cuaderno para los niños de David del Puerto (Premio Nacional de Música en 2005). Como el propio Ananda explicó, no se trata de una obra infantil, de una obra para ser interpretada por los peques, sino de una sucesión de complejas estampas musicales que, a la manera de las Kinderszenen de Schumann o el Children’s Corner de Debussy, pretende seducir a los niños con piezas breves y soñadoras, alegres o rítmicas. Cada una de ellas va dedicada a uno o dos niños, hijos de intérpretes, amigos y compositores, entre los que están Alicia Sukarlan, hija del intérprete o Christian Panisello, hijo de Fabián Panisello, músico también y habitual de Santander con los Encuentros de Música y Academia de la Fundación Albéniz. Es una obra importante, si estamos acostumbrados a asistir a estrenos y composiciones que probablemente por su propia tendencia al vacío musical nunca pasarán de una anécdota momentánea, de un solo concierto, este Cuaderno ha nacido para perdurar en el repertorio. Sus pequeñas estampas son limpias, bien construidas, dulces, de cierto tono post-impresionista y en algunos casos, como Rayo de sol en la ventana, Mañana de invierno con patos salvajes o Playtime for a two realmente bellas. Bravo por David del Puerto y bravo por Ananda Sukarlan que nos hizo testigos de excepción de esta puesta de largo.
Dos obras de Santiago Lanchares cerraron el concierto. Sutil, delicada e igualmente en una estética arraigada en el post-impresionismo, me gustó la Escena de amor del ballet Cástor y Pólux. Más convencional y de alguna manera gratuita me pareció una obra dedicada al propio Sukarlan, Anandamanía. Es cierto que resulta difícil enjuiciar una obra tan difícil en una primera escucha, pero no lo es menos que en algunos gustos, y entre ellos el mío, los juegos malabares sobre el piano no tienen demasiado interés. Lanchares ha propuesto a Ananda Sukarlan con esta obra todo un tour de force, un desafío hacia el más difícil todavía como los que encontramos en tantas páginas de Liszt, Busoni, Ravel, y un largo etcétera. Páginas en las que uno termina asombrado, sin respiración, deslumbrado por el ejercicio de dedos a que se obliga el pianista, pero preguntándose: ¿dónde estaba la música?
En cualquier caso, un recital de gran clase, que antecede a las demás citas programadas en el ciclo y en las que, como dije, intérpretes y compositores cántabros estarán bien presentes: En Tuba Dos, el cellista Alberto Gorrochategui, el piano a cuatro manos de Rosa Goitia y Javier Laboreo, los hermanos Alejandro y María Saiz San Emeterio, las obras de Antonio Noguera, etcétera. Un ciclo que merece la pena apoyar para que crezca, se consolide y afirme un camino propio.

CANTABRIA WORLD MUSIC

Sobre etiquetas, world music y Lila Downs

por JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZ

Nunca acabaré de entender las etiquetas, en la misma medida en que todos los músicos huyen de ellas -¿hay alguno que no afirme que su estilo, aunque con determinadas influencias, es personal, indefinible e incomparable? ¿hay alguno que no sienta que es poner puertas a su creatividad?-. Aunque se necesiten para encajar los discos en una balda u otra de las tiendas o para que los periodistas intentemos promocionar de forma adecuada un artista o concierto, ¿se puede saber quién es el “encargado” de colocarlas aún a riesgo de que los propios protagonistas no se reconozcan en ellas? Una de las más extrañas -y extendidas- etiquetas es la de world music, como si fuera el único estilo “mundial” o el resto de géneros no fueran exportables. El término se usa para clasificar a la música folk o étnica desarrollada más allá de las potencias mundiales, más allá de “Occidente”, más allá del “Primer Mundo” como si la música también se dividiese en términos político-económicos. Es decir, música de Asia, África, América Latina, Oceanía, el Caribe, la aboriginal de Australia, la gitana de Europa o la indígena de Norteamérica. Pero si se sigue leyendo la letra pequeña de la “etiqueta”, describe esa música original, autóctona, folk, mezclada con algún o algunos otros géneros universales -¿más que el propio mundo?-, en referencia al jazz, pop, blues, rock...
El caso es que una de las más significativas representantes en la actualidad de la tan citada ya world music, la mexicana Lila Downs, mostrará todo su arte el 12 de mayo en Santander en un esperado recital en el Palacio de Festivales. La cantante de Oaxaca es capaz de aceptar esta etiqueta sólo si es en la medida que la asemeje a la música de Madredeus, Cesaria Évora o Marisa Monte.

Mestizaje vital y artístico
Downs pertenece a las dos riberas del Río Grande y es heredera, por tanto, de las culturas mexicana y norteamericana, lo que le ha aportado un mestizaje que traslada con maestría a su trabajo. Hija de madre mixteca y padre norteamericano, creció entre Tlaxiaco, Oaxaca y Minneapolis en una especie de doble realidad, entre lo tradicional y lo moderno, y estudió música y antropología social en la Universidad de Minnessota y Oaxaca. Ganadora de un Grammy Latino en 2005, su carrera se cimenta sobre un trabajo de recuperación y reinvención de la música tradicional mexicana, similar a lo que hace con el fado otra de las protagonistas de la primavera musical cántabra, la portuguesa Cristina Branco, que el pasado mes de marzo brindó un excepcional concierto en el Centro Cultural de Tantín. El canto indio mixteca, la ranchera, el corrido o el bolero adquieren en su voz -su más personal y potente arma artística- una nueva dimensión a través de la fusión con instrumentos y arreglos procedentes de otros estilos musicales como el jazz, el blues o la bossa nova; y de letras que hablan de la migración, la mujer y el mundo indígena, su gran preocupación. Defensora de que no debería existir una barrera entre el mundo mestizo y el moderno, se puede decir que Lila Downs aplica sus conocimientos de antropología social a la música o utiliza su trayectoria para intentar denunciar realidades o concienciar mentes que de otra manera encontrarían mucho menos eco. “Quiero crear conciencia de nuestras raíces a partir de mis experiencias. Me molesta que nos avergoncemos de lo que somos”, ha declarado en más de una ocasión. Sigue pensando que se puede rescatar la cultura indígena de su país y, al mismo tiempo, vivir una realidad moderna. Y no hay mayor ejemplo que su música. Junto con otros compañeros de las comunidades triquis, mixtecas y zapotecas de Oaxaca, defiende y piensa que todas las comunidades indígenas necesitan una autonomía política, cultural y legal, y un gran respeto de parte de todos. “Sus lenguas e ideas deben permanecer, deben ser respetadas, pero sin olvidarnos de lo que ocurre en el mundo, porque formamos parte de este todo”, aclara. Esta filosofía existencial y artística se ha plasmado en sus discos, de títulos aquí sí tan significativos como La frontera, Una sangre, El árbol de la vida y La Sandunga. El último, el que vertebrará su concierto del 12 de mayo en Santander, es La cantina, entre copa y copa, un trabajo que intenta revitalizar la ranchera, un género del que se ha alejado la gente y que tiene que ver, según sus propias palabras, “con las tripas, con el sentir y la desesperación, unidos a la cuestión histórica que ha vivido México”.

Fuera etiquetas
Al margen de la ya considerada heredera de Chavela Vargas, incluso por la propia y legendaria artista azteca, Cantabria vio recientemente la actuación de otro gran representante de la world music, el caboverdiano Teofilo Chantré, aunque si despojamos la acepción musical de la etiqueta y nos atenemos simplemente a la lingüística, se puede afirmar también -y con todas las letras- que Cantabria ha acogido en los últimos tiempos las músicas de -todo- el mundo, con artistas de primera talla internacional como Bruce Springsteen, Ennio Morricone, Black Eyed Peas, Pet Shop Boys, Marc Anthony, The Chieftains, Prodigy, Primal Scream, John Cale, Scorpions... Al calor de distintas programaciones, instituciones, festivales, aniversarios y festejos -profanos y sagrados-, el listado de artistas que nos están visitando es intenso y extenso, más que notable, a la altura de cualquier otra comunidad y capital de mayor envergadura, y desde luego suficiente para que se destierre ya, de una vez, otra etiqueta -o leyenda urbana-: esa que dice que en esta comunidad no hay conciertos. Y si no, al margen de estrellas galácticas, que se lo digan a los protagonistas de un interesante y sólido circuito independiente, a la decena de directos que hay cada fin de semana, a la nómina de más de cien grupos made in Cantabria censados en el circuito regional o a un público fiel que, eso sí, necesita crecer en número. Ya dije que no me gustaban las etiquetas...