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FIAT LUX


***
Poemas,
por ROSARIO DE GOROSTEGUI


(Poemas inéditos)


ROSARIO DE GOROSTEGUI. Santander, 1961. Licenciada en Historia del Arte y en Filología Hispánica. Entre sus publicaciones se cuentan: Estación del Sur (Santander, 1994), Cien raíces para quedarse (Santander, 1999), Podría ser un año (Granada, 1999), De puertas para afuera (Granda, 2001), Pago del Viernes (Granada, 2006), El futuro que adivinas (Granada, 2008).

Hay mujeres bellas
aunque la vida las trate mal,
bellas de cuerpo presente cuando cargan pescado,
recogen leña o limpian casas;
aunque su pareja las trate mal,
por jóvenes, por deseables o por mujeres.
Bellas de alma ausente
cuando esperan y sonríen sus sabios ojos.

El perfil de algunas espaldas
denuncia la belleza de sus mujeres.

Cuál será el secreto que nos salve,
dónde está la ventaja del anfitrión,
el saber que anticipa los lugares
para no ir a ciegas y romperse
si el mar, distraído, nos salpica.

Me miran poco, me quieren fuerte,
me saben verde, me sienten agua…

Cuál será la respuesta verdadera
que hace encender las luces de colores,
los fuegos artificiales; subir el telón
y que aparezca la estrella y que brille
mientras dure…


Un cuerpo es sólo un cuerpo;
algunos lo visten de oro, telas preciosas
y se convierte en objeto de deseo;
otros lo desnudan, lo maltratan
y se convierte en puta, en preso, en víctima,
(varía si se maltrata o desnuda
el propio o el ajeno)

Un cuerpo es la vida que contiene,
incluso la muerte.

Cómo es eso de morir?
Descender a los infiernos
o al hospital, es lo mismo;
ese olor a azufre
o a desinfectante, es lo mismo;
los tubos, las agujas,
camillas que ruedan por pasillos
hacia el final...

Quiero que me inhumen,
tocar la tierra, el origen por fin,
después de este desarraigo.

Estaba tan amablemente calentito junto al fuego,
que se quemó.
Estaba ricamente sentado frente a la tele
en un confortable sillón,
y se murió.
También murió, junto a su fusil,
el soldado de cualquier guerra.
Y, peor aún, murió el que huía del soldado,
no tenía tele ni sillón,
ni fuego para cocinar las gachas
que robó
al dueño de la tierra que trabajaba,
por nada.

Quedan pobres en la calle,
siguen ahí, sin nombre,
ensuciándolo todo.
Molestan a los turistas pidiendo dinero,
huelen mal y, seguramente, son peligrosos
porque no tienen dónde caerse muertos, qué perder.
Qué feas son las miserias de cara sucia,
olor a pies y a orín.
¡Pobres pobres!

Quizá si nos ofendiéramos los remeros
de este barco,
podríamos recoger algunos náufragos,
algunos ahogados.


Noche zamorana,
por CARLOS VILLAR

(Relato inédito)

Zamora, jueves de abril, veintitrés horas. La de hoy es una noche guay. Por fin Marquitos va a poder lucir su flamante túnica procesional y su puntiagudo capuchón, y podrá erigirse en cofrade de pleno derecho y deber en la Dolorosa. Sólo que va a llegar un poco tarde, jobar. Si mamá no se hubiera puesto tan pesada con eso de que se limpiara bien los zapatos, con Kamfor bien untados con el cepillo pequeño primero y luego dejándolos reposar por una hora para después frotarlos con el cepillo grande de brillo... Sin embargo, había valido la pena, pensaba Marquitos mientras adelantaba a zancadas por la calle de Santa Clara, contemplando la rutilante punta del zapato por entre los orificios de su capirote. Anda que no iba a fardar hoy, ni nada. No todos los niños de nueve años tienen oportunidad de desfilar junto al cofrade mayor llevando el cirio procesional.
Él era, sin lugar a dudas, un privilegiado.
Al atajar por el callejón vislumbró uno de los mugrientos bares abiertos en aquella noche especial, y sus dos únicos parroquianos, bebiendo vino con tacos de queso y jamón. Hombres malos, sin lugar a dudas, pensó, que no sirven para desfilar en la procesión, que seguro que no aguantan ni una hora en pie con la vela en las manos. Eso fijo. No les dedicó mucho pensamiento, pues enseguida se absorbió en inquietantes problemas tales como el modo de resolver discretamente un eventual picor de nariz.
Dentro de la mugrienta tasca, aislados del procesional ruido e incluso de la atención del dueño, extasiado ante el partido de baloncesto televisado entre el Real Madrid y el Olimpyakos, los dos hombres consumían la noche y los tacos de jamón y queso. Uno de ellos sacó al tasquero de su arrobamiento baloncestístico.
– Marcelo, tráenos más vino y más pa picar, quieres.
– Ahora va.
Marcelo remoloneó un poco mientras presenciaba el último tiro libre, y seguidamente trajo otra botella de rioja Tondeluna y un queso entero con su tabla y cuchillo.
– Lo partís vosotros, vale, que esto está muy interesante.
Los dos parroquianos bebieron en silencio. El más alto rebanó unas lonchas gruesas y ambos comenzaron a engullir, la cabeza baja, las narices coloradas. Tras unos minutos, rompió el silencio masticable.
- Dimas, tú de esto debes saber. ¿De verdad matamos a Dios en una cruz?
– ¿Y cómo te da por eso ahora?– intentó articular Dimas.
– ¿Pues cómo no me va a dar? En esta ciudad y en estas fechas... ¿No oyes otra vez los tambores? Casi doscientos mil turistas se vienen todos los años, a vernos desfilar a los zamoranos. A ver nuestras cruces y nuestros cristos. Y yo digo, todo eso, ¿pa qué? ¿Es nuestro jodío reclamo turístico? ¿Es como el carnaval pero con hábito negro en vez de enseñar el ombligo? ¿No te parece que todo esto es un montaje?
– ¿Y yo qué quieres que te diga, tío?
– No sé, tú estudiastes en el seminario... Algo te enseñarían, digo yo.
– Ya, pero eso fue hace mucho...
Dimas bebió otro vaso. Se hizo el silencio durante un largo minuto, sólo roto por los comentarios del ostensible imitador de Héctor Quiroga.
– Porque pa mí que es de cajón. Si Dios existe, no se va a dejar matar por las criaturas que ha creado. Vamos, digo yo. No puede ser tan poco listo, ¿no? Y si se deja matar es que no es Dios, en el sentido de que lo sabe todo, ¿o no? Al menos yo no lo haría...
– No, en eso sí que tienes razón... Yo tampoco.
– Pero tú me entiendes a lo que te voy, ¿no?
– ¿Y yo qué quieres que te diga? A mi no me preguntó, – dijo, marcando una clara transición hacia la melancolía. – A mí ya nadie me pregunta nada.
– Pues eso, que todo esto es un montaje. Te lo digo yo, un montaje. – Pausó para beber otro trago.– Y eso me lleva a otra pregunta, ¿cómo me demuestras que existe un Dios en el cielo?
– Joder, yo no te quiero demostrar nada...
– Te hablo en serio, ¿cómo puedes decir que hay un Dios después de ver lo puteao que está todo el mundo... que estamos nosotros y todo el mundo?
– Yo no he dicho que exista. Ni tampoco que no exista, yo sólo...
– Pero tú debes saber de eso, Dimas, ¿para qué estudiastes tantos años, eh?
– Ya no me acuerdo, cojones, eso fue hace mucho.
– ¿Pues sabes lo que te digo? Que yo no creo ni en Dios ni en los sabios. No me lo trago. He dicho.
Ambos bebieron de nuevo, con una curiosa sincronía que parecía ensayada. Se escuchaban ahora los ecos de tambores repiqueteando, y los serenos tonos de la banda musical que marcaban el paso disciplinado de los procesionantes. Marcelo fue desarrobado de nuevo por la demanda de una nueva botella. El queso desaparecía a ritmo más lento. El Real Madrid comenzaba a aventajarse.
– ¿Pues sabes lo que te digo yo?– exclamó de súbito Dimas – Que si dices que Dios no existe, yo te digo que tú no existes.
– ¿Que qué?
– Que si dices que tú no existes, yo te digo que Dios... No. Me explicao mal. Que si Dios no existe, tú tampoco.
– ¿Cómo que yo no existo? ¿Estás pedo o qué?
– Los dos estamos pedo...
– ¿Qué es eso?, ¿una de las cinco estaciones del..., del santo ese?
– ¿Estaciones de Vivaldi?
– Bueno, no me acuerdo, las cinco estaciones para la existencia de Dios.
– Las estudié hace mucho, cuando aún podía estudiar, –dijo Dimas, mohíno.
– Y bueno, ¿es una de esas? Contéstame.
– Algo parecido, pero no me acuerdo bien. El caso es que tú no existes porque quieres, ¿no? ¿Pediste tú alguna vez existir?
– Una mierda...
– Pues eso. Nadie te pidió permiso, ni quisistes por tu propio deseo, ¿no?
– No.
– Pues eso.
– ¿Eso qué?
– Pues... eso.
De nuevo se hizo el silencio. Julián se manchó la camisa con unas gotas de crianza. Dimas eructó. Su cara era carnosa y rosada, y las gafas soportaban gruesas dioptrías. Su compañero era más alto, de rostro cetrino, desilusionado, que pudiera haber sido hermoso y varonil. Julián partió nuevas rodajas del queso.
– Y aún te diré más – balbuceó Dimas con un peregrino deje apologético. – Tú dudas que Dios existe. Pues yo dudo que tú existas.
– Venga tío, estás pedo.
– Los dos lo estamos. A ver, demuéstrame que existes.
– Pues, joder, no sé, estoy aquí, contigo, hablándote.
– Eso puede ser una imaginación mía. Puedes ser un sueño mío... Puede que dentro de un minuto despierte y esté en una playa rodeado de brasileñas... y tú seas sólo un sueño.
– Pero yo sé que estoy aquí...
– Tú ves que hay un cuerpo delante tuyo, unas botellas, una televisión... pero eso no son más que impulsos químicos al cerebro, no asegura que tú existas. Podías ser..., por ejemplo, una planta. Sí, un arbusto. Un arbusto que sueña que es humano. ¿Quién te dice a ti que los arbustos no sueñan? En cualquier momento te despertarás del sueño y te darás cuenta de que todo eso era una ilusión. Volverás a ser arbusto. O, peor, no te darás ni cuenta...
– Dimas, me estás poniendo nervioso. Yo sí existo. Es lo único que puedo asegurar en este puto mundo.
– Pues no estés tan seguro. ¿Te acuerdas cuando íbamos juntos a la escuela? ¿Te acuerdas cuando hacíamos guerras de piedras y cuando nos colábamos en el cine del pueblo y cuando íbamos a espiar a la ventana de la Marisol y cuando te tuvieron que poner puntos en la rodilla?
– Como si fuera hoy.
– Pues de eso hace ya más de cuarenta años. Después nos separamos, cada uno por su lado, éramos jóvenes y nos íbamos a comer el mundo... ¿Y, ahora, qué? Volvemos a estar los dos aquí, en Zamora, donde nacimos, con un pedo cojonudo y con muchos menos años por delante que por detrás... ¿Qué hemos hecho de nuestra vida? A mi me parece que lo acabo de soñar. ¿Quién te dice que no estás soñando, o, peor, que no te estoy soñando yo a ti?
– Me estás agobiando... ¡Yo sí existo! Eso está claro...
– Pa mí que no está nada claro...
– Pero, joder. Yo te hablo, y tú me contestas. Yo me estoy bebiendo este vino...
– Podrías ser un sueño mío. O de Dios.
– Cago en la puta. Pero yo puedo decidir... voy pa aquí, voy pa allá. Hago esto, hago lo otro...
– Ja, qué iluso. Pues si puedes decidir tanto... ¿eres tú el que ha decidido así tu mierda de vida? Anda no me jodas...
Julián se calló. Durante unos instantes permaneció con la cabeza baja, restregándose el cuero cabelludo con sus enormes manos. Dimas le miraba con un asomo de superioridad que a la vez le nauseaba. Al cabo de un tiempo, Julián pareció despabilar.
– Pero... yo puedo hacer cosas... Cosas que influyen en la vida de los demás...
– ¿Como qué? – adujo su compañero cínicamente.
– Algo que, si yo no hubiera estado aquí, no habría pasado... – contestó Julián asiéndole el hombro izquierdo con desesperación.
– ¿Como qué? – le miró, desafiante.

Se hizo el silencio de nuevo. El pivot madridista acababa de meter un triple. La ventaja era clara para el equipo español. Julián volvió a bajar la cabeza en desesperación suma. Dimas regoldó otra vez. Sólo quedaban posos en los vasos y en la botella, y un poco de queso y una tabla y un cuchillo...

La mañana de Viernes Santo apareció nublada, pero fue despejando paulatinamente. A las doce brillaba un sol castellano, que entraba por las estrechas ventanas de aquel piso de clase media y ladrillo rojo zamorano. La madre despertó a Marquitos de su glorioso sueño. Dormilón, ya valía de dormir, aunque se hubiera acostado tan tarde. Venga, que hoy tienes que salir también. A ver si te piensas que ser cofrade es cosa cómoda.
Marquitos abrió un ojillo. Anoche había sido un poco palo al final, pero había resistido como un hombre. Hubo alguno que abandonó, ya se había enterado, pero no él. Se auguraba un porvenir honroso como cofrade. Y hoy había que volver. Cuando llegó a la cocina su padre se encontraba leyendo el periódico después de un frugal desayuno. Su padre era un castellano de pro, que llamaba al pan, pan y al vino, vino, sin miedo a quien tuviera delante. En su casa no había temas que no se pudieran comentar delante de los niños.
– Marta, ¿no es el Tarumba el bar de tu primo?
– No, ya no. Lo vendió hace un año.
– Menos mal. No le hubiera venido bien esta noticia.
– ¿Pues? ¿Qué pasó?
– Y en la noche de Jueves Santo... Dos hombres están charlando y, de repente, uno va y le pega al otro un tajo en la garganta...
– Horrible. Date prisa, Marcos, que tienes que estar a las doce y media ya preparado.
– Voy, mamá.
– Y parece que eran amigos íntimos, y que el camarero no oyó que se enfadaran ni que dieran gritos. Fue de pronto.
– Qué espanto. Pero no te dejes la leche, Marcos. Acábatela.
– Jobar, mamá, que llego tarde.

Marquitos recorría a zancadas la calle de Santa Clara. Sus zapatos negros emitían un brillo resplandeciente. Tenía que driblar a centenas de turistas que entorpecían la circulación en su sentido, así que optó por desviarse y tomar una callejuela. Dejó a su derecha un bar precintado con un coche patrulla junto a la entrada, pero apenas se dio cuenta. ¿Debería contestar si alguien entre el público le saludaba mientras portaba el cirio procesional al lado del cofrade mayor? Esta cuestión le había atormentado la noche anterior y aún no había podido hallar respuesta satisfactoria.
En fin, absorto en resolver tales problemas prácticos que pudieran surgir durante la procesión, Marquitos se encaminaba a zancadas hacia su glorioso porvenir como cofrade.

EL PASAJERO DEL SUEÑO (Poemas del libro inédito del mismo título)

ÁNGEL SOPEÑA
.
Santander, 1952. Obra poética: Elegías y fragmentos (1981), Travesía del aire (1988), Casi todo es prosa (1994), Papeles privados (2000), Lenta estrella (2003).












PAISAJE

Cae la estrella en la ciénaga del aire,
vuelve a lo oscuro sin gemido.
Y no hay un dios que deje su juego por ella
o haga un hueco en su memoria de cristal delgado.
Y qué quedó de la llama que guiaba a los metales,
de la música que movía a los planetas.
Y viajo a un infinito que crece todavía
y soy como un junco que se dobla,
como la nave blanda que va.

CUERPO DE CRISTAL

Duerme: que todo el tiempo que durmieres
serás igual al que envidias.
El Licenciado Vidriera

Siento que mi cuerpo es de cristal
y temo quebrarme.
Tengo respuesta para todos pero no para mí.
Sé que me curará un soldado manco que habita en un burdel;
yo sólo soy la voz de un libro.
Tengo una llama dentro que parece una estrella,
una luz inmaculada que no muere a los ojos del hombre.
También soy el que cae desde la altura
y se rompe en vidrio,
en láminas de colores,
en mentiroso diamante.
Soy el que escribe el poema,
el que vuelve a la música
para no caer en la soledad azul del perturbado,
en la sangre que se rompe en gotas de blando rubí y suelo doloroso,
en la hiel que hierve pura en la noche.

HUYE EL BLANCO

A Francisco Portugal

Mis manos tienen ya el color de las tuyas,
y me avergonzaría llevar el corazón tan blanco.

¿A dónde fue el blanco
que se hizo agua fía entre tus manos?
¿Qué fue del tiempo,
del cabo del río
que pintaba el aire azul?
Fueron los días
como un meandro lento:
la hierba que subía
desde el fondo del agua
y hablaba de ti
con sílabas verdes.
Y vino blanda la nave,
nao,
canoa arbórea;
la madera comida del molusco,
el ahogado con toda la carga de óxido
de la coraza vieja.
Y la música última,
la tiorba que casi no se oye.
El vacío que vive todavía en tus ojos,
lo mudo en ti.

EPÍSTOLA

Y la vida una niebla que llega y se desvanece,
como el hielo,
gota a gota,
en la muerte pura del agua.
Como la brisa que dibuja
el aroma del mar.
La vida que vive en el viento,
el cuerpo sin carne que habla al manso
con un idioma que no se oye y no pesa,
con una voz más ligera que el alma.

DELTA DEL DANUBIO

Encontrar un hexámetro que no parezca hexámetro
y estofar palabras pequeñas
para que simulen imágenes brillantes
como piedras engastadas en el frío metal
que aprecia la mujer que amas.
Ten compasión de Ovidio
y escucha el rumor de su voz que canta más allá del mar.
Aquel romano que temblaba
cuando venía la caballería hostil,
el poeta que descubrió lo oculto:
por ello estuvo al borde de la muerte.
Un dios le arrojó del mundo para salvarlo.
Abandonado, escribió en Constanza
poemas melancólicos
junto al mar tenebroso que cercaba la aldea;
cartas modernas
dirigidas a un coetáneo que no cesa de nacer.
Allí llegué a la negra ribera
a unir mi alma
a la oculta ceniza de la suya,
cerca del cielo silencioso
que limita el Danubio.

CABOTAJE

Qué lento el mar;
viaja el planeta como un buque
que se deja a las corrientes
y va de cabo a cabo,
deteniéndose en las playas,
en las bahías rocosas.
Usa la velocidad
de la madera,
el modo antiguo del periplo.
Y arde la estrella,
navega encendida
a su última noche,
al mundo sin cuerpo,
al negro aljibe del silencio.

RETINA CROMÁTICA

Aguda voz de la flor que se abre
pétalo a pétalo;
la forma que no acaba de la rosa;
la llama del que murió bajo tantos párpados.
Arde la copia de la luz,
en la noche,
en el pavor del sueño.
Y funde hilos de retina,
relámpagos de sombra.
Dibuja el hielo amargo,
la noche que brilla como una estrella
y doma el mar, lava la muerte.

IMAGEN DE LO OSCURO

A Tony Limeres

Creían los indígenas
que las cámaras capturaban su alma y
tenían miedo al vacío
y no posaban,
no querían entregar su espíritu al extraño.
También yo siento un hueco en mí
y no lo llena el aire
ni el agua blanca de la estrella.
Ha velado la foto el color de mis ojos,
aquella vida blanda de la infancia,
el alma que a todos escondía.
Ahora, una máquina dibuja en lo oscuro un retrato y
cambia el color del aire,
se abre la puerta
sepia de los sueños,
soy otro,
soy yo.

CRISIS DE FE (Relato inédito)

MARC RODRÍGUEZ SOTO
.
Santander, 1976. Premios y obra: Los nuevos de Alfaguara (1993, por Psique), Excmo. Ayto. de Camargo (1994, por Visiones), José Hierro (2002, por La foto que faltaba), Agustín Gómez-Arcos (2002, por Los muertos no caminan), Universidad de Cantabria (2002, por Pleamar de trigo), Lituma de Cuento (2004, por Consuelo en la luna), Jóvenes Talentos Booket (2005, por Regreso al bosque).
.
Próximamente aparecerá El hombre divergente, antología de relatos publicados e inéditos.

Jaime tiene nueve años. Es moreno y regordete –demasiadas palmeras de chocolate entre horas–, con el pelo en punta y gafas de culo de vaso que en el colegio le han hecho acreedor del sobrenombre de “Jafotas”. Cada día, en los descansos, Eduardo, Manuel y Luis corean a voz en grito el mote mientras le golpean en el rostro con los borradores ante el resto de la clase, que aplaude o se mantiene indiferente.
Las navidades pasadas les pidió a los Reyes Magos un videojuego para la PlayStation, una maqueta para montar como las de papá y unas gafas nuevas armadas con rayos láser. Escribió los deseos en una hoja en blanco en la que previamente había marcado los renglones con ayuda de una regla. Cuando terminó, dibujó estrellas de colores en los márgenes, un abeto al pie e introdujo la carta en un sobre para envíos aéreos. Un paje le fotografió en el momento exacto en que se lo entregaba al Rey Gaspar. En la instantánea, Jaime aparece con el brazo extendido y una mueca de profundo asombro en el rostro. Aparece también Gaspar, cuya barba postiza comenzaba a despegarse dejando a la vista la curva de una mejilla lampiña surcada de venitas rojas.
Casi un año ha pasado desde entonces. El videojuego languidece en un cajón, la maqueta adorna una de las estanterías de su cuarto y sus gafas siguen siendo unas gafas corrientes, incapaces de fulminar a nadie. Aún come palmeras de chocolate –que por alguna razón le saben tan dulces como amargas–, aún se esconde en los recreos y por supuesto no ha olvidado lo que vio bajo la barba postiza en aquel centro comercial las navidades pasadas. La semilla de la sospecha no ha germinado todavía, pero lo hará en breve.
En estos momentos, la señorita Mari Carmen está explicando en el encerado los números quebrados. Jaime, incapaz de comprenderlos, mordisquea el metal que sujeta la goma de borrar en el extremo del lapicero. No es el único que se aburre. Maite y Elena, que se sientan justo delante de él están cuchicheando. Jaime se inclina hacia delante para escucharlas.
–… moneda de dos euros –dice en ese momento Elena mostrándole a su amiga el nuevo hueco en su sonrisa. A Jaime le parece guapa a pesar de las gafas, o quizá precisamente por ellas.
–Pero qué boba eres –replica Maite–. No me lo puedo creer.
–¿El qué?
–Que todavía te tragues la bola del Ratoncito Pérez, eso.
–¿Qué pasa con el Ratoncito Pérez?
–¿Qué va a ser? Que no existe.
–Tú sí que eres boba. Claro que existe.
–No, no existe. Son los padres.
–¿Cómo van a ser los padres? Nos despertarían al coger el diente de debajo de la almohada. El Ratoncito puede hacerlo sin despertarnos porque tiene las manos diminutas.
–Puf… lo que tú digas. Pero mi hermano…
–Tu hermano es tonto.
–A ti lo que te pasa es que te gusta mi hermano…
Maite y Elena dejan de hablar y vuelven a mirar hacia el encerado, pero Jaime no necesita escuchar más. Ha comprendido que lo que acaba de decir Maite es cierto. Todo encaja. Dos y dos son cuatro; si arrojas una piedra al aire, la piedra cae; el Ratoncito Pérez son los padres. Todo forma parte de lo mismo. La verdad penetra en su mente, y Jaime comienza a explorar los rincones que esa nueva luz ilumina. Si el Ratoncito Pérez son los padres, lo mismo cabe decir de Papá Noel y, por supuesto, los Reyes Magos. También ellos son los padres. Ahora entiende el porqué de la barba postiza de Gaspar en el centro comercial el año pasado. Con la piel de gallina bajo el jersey, Jaime analiza todas las mentiras que han adornado su infancia. Si Pérez, Noel y los Reyes Magos no existen, ¿por qué ha de existir el Ángel de la Guarda? Y una vez aceptado que el Ángel de la Guarda es una patraña, una de tantas fábulas transmitidas de padres a hijos, ¿qué libra de la misma suerte al resto de las huestes celestiales? Ángeles, arcángeles, querubines, serafines… todo falso, comprende Jaime. Y así, llega pronto al corolario ineludible. Jaime se queda de piedra cuando comprende la verdad. La verdad completa. La VERDAD con mayúsculas. Se saca el lapicero de la boca y, con un escalofrío, escribe en el pupitre: DIOS SON LOS PADRES.

* * *

Pasan las semanas. Jaime se siente vez más convencido de estar en lo cierto. La naturaleza divina de sus padres gravita constantemente en su cabeza, cuando se levanta, cuando se despide de su madre con un beso antes de salir al colegio, cuando se acuesta. Ahora entiende por qué su madre siempre sabe cuándo ha hecho una travesura, aunque no le esté mirando. Ella nunca se cansa de decir que tiene ojos en la nuca, pero la auténtica razón –¡cómo no se habrá dado cuenta antes!– es que sus padres son omniscientes, omnipotentes. No hay nada que ellos no sepan, nada que no puedan hacer si se lo proponen. Y él es su hijo.
Es esta fe la que lo vuelve confiado. Jaime ya no se esconde en los urinarios cuando suena la sirena del recreo, ni procura pasar desapercibido entre clase y clase. En el fondo lo que desea es que alguno de los matones se acerque a él para poder así plantarle cara. Pero eso no llega a suceder, porque los camorristas de la clase, que de todas formas ya estaban un poco hartos del Jafotas, tan fofo y torpón, la emprenden ahora con Borja, un chico de aspecto delicado que se sienta en la quinta fila. Le llaman “comemierda”, le llaman “chupapollas”, le llaman “maricón” y se mueren de risa cuando le bajan de un tirón los pantalones y las niñas gritan al ver el pequeño pene replegado sobre sí mismo como una tortuga que tratara de esconder la cabeza en el caparazón.
Cada vez que Jaime ve cómo humillan a su compañero, le hierve la sangre. No es que hayan tenido excesivo trato, pero en una ocasión le pidió ayuda en un examen y Borja giró su hoja para que pudiera copiar las respuestas. Sólo por eso Jaime –a quien no le sobran los amigos– lo considera casi íntimo. Le resulta particularmente insufrible la idea de que los padres de Borja, tan omniscientes y omnipotentes como los suyos, no impidan los maltratos de que es objeto su hijo día sí, día también. Si los suyos hicieran lo mismo, piensa, se volvería loco.
Por eso cuando, esta mañana, a falta de cinco minutos para el fin del recreo, ve cómo Eduardo, Manuel y Luis se están ensañando de nuevo con él, decide tomar cartas en el asunto. Furioso, emprende la carrera desde el portalón del colegio hasta ellos, que ríen mientras sostienen a Borja en volandas, Eduardo sujetándolo por los sobacos y Manuel y Luis por una pierna cada uno frente a una de las farolas que bordean el campo de futbito. Borja pide auxilio, pero sin demasiado ahínco. No es la primera vez que le hacen la carretilla.
Jaime trata de imprimir mayor velocidad a sus piernas, pero sabe que el esfuerzo será en vano. No llegará a tiempo.
–¡A la de una! –grita Eduardo, y él y sus compañeros hacen oscilar el cuerpo de Borja hacia la farola–. ¡A la de dos! ¡Y a la de… tres!
Eduardo suelta su presa al mismo tiempo que Manuel y Luis tiran salvajemente de las piernas hacia delante. El liviano cuerpo de Borja vuela por los aires hasta que el mástil de la farola lo detiene en seco al chocar con su entrepierna. Borja queda tendido en el suelo, llorando. Eduardo se dispone a sacarle una foto con el móvil, pero algo se interpone entre la lente y el bulto gimoteante al que ha quedado reducido su víctima.
–Ya está bien –jadea Jaime alzando una mano–. Dejadlo en paz.
Eduardo se lo queda mirando con incredulidad. En el colegio suena la sirena. Se acabó el recreo. Manuel y Luis vuelven corriendo a clase. Cada uno atesora dos faltas de comportamiento; una más y los expulsarán durante una semana. Eduardo, que sólo tiene una, guarda el móvil en el bolsillo y mira al Jafotas a los ojos.
–Tú eres gilipollas o qué te pasa. ¿Quieres recibir también?
Jaime traga saliva.
–Que lo dejes en paz.
Eduardo le propina un empujón. Jaime tropieza con el cuerpo de Borja y cae al suelo. Cuando trata de levantarse descubre que no puede moverse. Tiene a Eduardo sentado sobre él, cogiéndole de las muñecas.
–Suéltame. Suéltame si no quieres que…
–Si no quiero qué –pregunta, zumbón, Eduardo, y le arrea una bofetada. La palma de la mano resuena al golpear la mejilla, que comienza a enrojecer. Jaime trata de moverse, pero antes de que se dé cuenta vuelve a tener las manos inmovilizadas. Eduardo lo abofetea de nuevo. Las gafas salen volando–. Si no quiero qué, ¿eh?
“Mamá, papá –piensa con todas sus fuerzas Jaime y trata de enviar el mensaje hasta casa, donde su madre estará planchando o preparando la comida–. Mamá, papá, por favor, sé que me estáis escuchando, sé que estáis viendo esto, conozco vuestro secreto, haced algo”. Espera recibir pronto una respuesta, tal vez en forma de rayo surgido milagrosamente del cielo despejado, o al menos sentir cómo el suelo tiembla bajo su espalda, señal de que sus padres y los de Eduardo están luchando en esos momentos, pero lo único que obtiene es otra bofetada. Sus mejillas arden. Al girar la cabeza por efecto del golpe descubre que Borja ha huido. No queda nadie en el patio. Están solos. Eduardo y él.
“Mamá, papá… ¿me oís? Mamá, papá…”
Pero nada ocurre, no obtiene respuesta, y ahora Eduardo ya no se limita a abofetearlo sino que lo golpea con el puño cerrado, se ensaña con el gordo que ha olvidado cuál es su lugar en el mundo. Al cabo de unos minutos se pone en pie, pero sólo para patear con fuerza la entrepierna del Jafotas y salir corriendo a clase.
Jaime da un tumbo. Una oleada de dolor estalla en sus pelotas, trepa por el vientre, desciende por los muslos, lo inunda todo. Eduardo se va por fin, y Jaime queda solo hecho un ovillo en el hormigón, sin aliento, con las manos entre los muslos apretando lo que en ese momento le parece el centro doliente del universo, lloriqueando, pensando una y otra vez, una y otra vez: “Mamá, papá, ¿por qué me habéis abandonado?”

* * *

El dolor tarda diez minutos en remitir, pero incluso entonces no desaparece, sino que perdura como un rumor sordo y desagradable en el escroto. Además le arden las mejillas y siente un pinchazo molesto en el costado cuando cambia de posición. Con movimientos lentos y cuidadosos Jaime se arrodilla, coge las gafas del suelo y, tras constatar que no se han roto, vuelve a ponérselas. El patio está vacío. Un viento gélido amontona las últimas hojas de octubre contra los muros de la escuela. Remetiendo el faldón de la camisa en el pantalón, camina hacia la puerta, entra en el edificio principal del colegio y sube por la escaleras hasta el segundo piso. Una vez allí, avanza hasta su clase por el pasillo pintado de un verde bilioso.
Cuando abre la puerta –después de dar dos golpes con los nudillos y escuchar el seco “adelante” de la señorita Mari Carmen–, se encuentra con treinta pares de ojos que lo observan fijamente. La profesora lo espera en la tarima con los brazos en jarras. Durante cinco minutos lo sermonea por llegar tarde. Jaime aguanta el chaparrón en pie frente a ella, sin mover un solo músculo. Cuando la profesora da por terminada la charla, le apunta una falta de comportamiento y lo envía a su asiento.
Maite y Elena ríen por lo bajo cuando lo ven acercarse cojeando. Jaime las rebasa, llega a su pupitre, mueve la silla con cuidado de no hacer ruido y se sienta. Su mesa está junto al radiador, bajo la ventana, y hace un calor horrible. Le pican los ojos y se siente como si toda su piel ardiera.
Por dentro, sin embargo, está helado.

* * *

Cuando terminan las clases, Jaime recoge sus cosas y sale del colegio. El viento ha arreciado y arrastra ahora envoltorios de plástico calle abajo. Jaime avanza con la barbilla hincada en el pecho, sin mirar a un lado y otro al cruzar la calle. Varios coches hacen sonar sus bocinas tras detenerse milagrosamente a escasos centímetros de sus rodillas, pero Jaime no gira la cabeza ni aprieta el paso. Le sigue doliendo el costado, y en las mejillas, donde lo abofeteó Eduardo, lo que sólo eran rojeces cuando entró clase están tornando ya en morados.
Su madre grita al verlo entrar en la cocina. Tiene puesto el delantal y las manos manchadas de harina porque ha estado haciendo croquetas de bacalao, las favoritas de Jaime. Sus dedos dejan rastros blancos en el anorak de su hijo mientras lo abraza y le pregunta una y otra vez qué le ha pasado, quién le ha hecho eso. Jaime se queda quieto, silencioso, sin llorar, sin responder, sin devolver el abrazo de su madre. “Demasiado bien lo sabes –piensa–, ¿por qué finges ahora? ¿A quién pretendes engañar?”
Su madre le besa los moretones del rostro, incapaz de contener las lágrimas. Cuando al poco rato su padre llega del trabajo, se queda inmóvil en la puerta de la cocina contemplando la escena. Le pregunta quién le ha hecho eso, cómo se metió en una pelea, quién, si puede saberse, empezó la pelea. Todo muy serio, sin soltar el maletín que pende de su mano diestra como un escarabajo muerto. Jaime escucha cada pregunta en silencio, frío como el hielo.
Por último su padre lo manda a la habitación para que piense en lo que ha sucedido, para que haga memoria hasta que se considere capaz de hacer un relato ordenado de los hechos. Jaime aprieta la mandíbula, agacha la cabeza y sale de la cocina. Ya en su habitación, se deja caer boca arriba sobre el cobertor de la cama.
Pasan los minutos, largos como horas. Jaime piensa. Piensa hasta que le duele la cabeza y los ojos parecen querer escapar de las órbitas, pero por más que piensa bajo las estrellas de plástico fosforescente pegadas al techo, no acierta a comprenderlo. No acierta a comprender por qué sus padres no hicieron nada, por qué no impidieron que el estúpido de Eduardo le hiciera picadillo, por qué ni siquiera lo intentaron.
Y así pasan las horas, largas como días. Cae la tarde al otro lado del cristal. En la calle, las farolas iluminan las copas de lo chopos. Los perros ladran en las laderas del valle. Los coches zumban al pasar bajo la ventana. Sus padres discuten en el salón, a dos tabiques de distancia. Las palabras llegan amortiguadas, ininteligibles, pero Jaime sabe de qué están hablando. Claro que lo sabe.
Y dan las siete. Y dan las ocho. Y dan las nueve.
Su madre aparece a las nueve y veinte, con una pirámide de croquetas de bacalao haciendo equilibrios en un plato llano y media docena de preguntas que Jaime se niega a responder.
Y dan las diez. Y dan las once. A las once y media es su padre quien abre la puerta de la habitación, enciende la lámpara con forma de sol que cuelga del techo –las estrellas fosforescentes se apagan: el truco de magia más viejo del mundo– y se sienta a su lado en la cama. No dice nada. Sólo acaricia el pelo de Jaime, que se ha dado la vuelta y, de costado, le da la espalda con la mirada fija en la pared.
Lo acaricia durante un rato pero por último se va, y vuelve a apagar la luz y vuelven a brillar, frías y falsas, las estrellas de plástico en lo alto. Jaime no se gira de nuevo para quedar boca arriba. Deja que pasen los minutos sin moverse, prestando atención únicamente al nudo que siente en las tripas, ese nudo que no es sólo producto del hambre –el platillo con las croquetas permanece intacto sobre la mesita de noche, donde su madre lo dejó– sino de las ganas de gritar, gritar con todas sus fuerzas, gritar hasta escupir la garganta por la boca, gritar hasta volverse del revés como un calcetín sudado después de gimnasia. Pero no lo hace. Se queda quieto, sin mover un músculo, manteniendo a raya ese monstruo, ese pequeño monstruo voraz que habita sus tripas.

* * *

En el reloj del salón suena la campanada solitaria de la una, después la de la una y media. A las dos de la mañana, Jaime se levanta.
Tiene los ojos inyectados en sangre. Ha estado llorando las dos últimas horas, pero no ha obtenido desahogo alguno del llanto, sino tan solo un sabor a sangre y arcilla en el paladar y una fría determinación.
Silenciosamente, gira la puerta de su cuarto y baja las escaleras hasta el garaje. Al rato, vuelve a subir y, descalzo, entra en la habitación de sus padres.
Están dormidos.

* * *

Media hora después, con el pijama pegajoso y las manos sucias, Jaime saca de la despensa una de las cajas con palmeras de chocolate que reservaba su madre para el desayuno de los domingos. Con ella bajo el brazo, vuelve a la habitación de sus padres, pone la calefacción al máximo, se encarama a los pies de la cama de matrimonio y se queda allí sentado con las piernas cruzadas, mordisqueando cada palmera de la caja despacio, muy despacio, porque han de durar.
En ningún momento pierde de vista el cúter que utilizaba su padre cuando trabajaba en sus maquetas. Lo tiene al alcance de la mano, por si vuelve a necesitarlo.
Por si al tercer día les da por resucitar.

TERCETO (Relato inédito)

GONZALO CALCEDO
Palencia, 1961. Actualmente reside en Santander. Obra: Esperando al enemigo (1996), Otras geografías (1998), Liturgia de los ahogados (1998), La madurez de las nubes (1999), Apuntes del natural (2002), La carga de la brigada ligera (2004), El peso en gramos de los colibríes (2005), Mirando pájaros y otras emociones (2005) y Saqueos del corazón (2007). En 2003 Tusquets publicó su primera novela corta, La pesca con mosca, si bien Gonzalo Calcedo es ante todo un escritor de cuentos.

Emma braceó sobre la cama como si nadara, su pecado arrebujado entre las sábanas. Se sentía así a menudo, aunque Lázaro se esforzara por redimirla con besos en la frente. Que él no fuese su marido y que a una veintena de kilómetros de allí se marchitasen un esposo, dos niños y un hogar, resultaba definitivo y terminaba por exasperarla. El candado de la culpa amordazaba su boca, le recosía los labios. Invariablemente solía zanjar sus citas con una discusión de partisana:
-Te odio. Mira lo que me estás haciendo.
-No me odias. Es otra cosa.
-Defínemela, chico listo.
-Cuenta de beneficios.
Lázaro trabajaba como asesor financiero en Indigo Trade y la casa en la que colisionaban dos veces por semana había pertenecido a sus padres. Llevaba años a la venta, con un gato veterano ejerciendo de misántropo mayordomo. Demasiado vieja y anticuada, demasiado incómoda de habitar. Como un mueble viejo que no se acierta a ubicar. El gran estorbo permanente de una vida.
El baño era lo peor: inmenso, helador, la patibularia habitación de una clínica mental de pesadilla. Allí Emma se contemplaba desnuda en el espejo del lavabo, como amoratada, como si se hubiese ahogado en la laguna cuajada de patos del pastizal cercano y hubiera resucitado teñida de cienos, los tobillos encadenados al agua por sargazos.
Llevaba años sin disfrutar de aquello (al principio sí, con locura) y cuando le comunicó a su amante que quería dejarlo, su voz la de una embajadora que se dispone a negociar, él no se opuso. En cierta manera comprendía su hastío, la revelación de un “¡basta!” inapelable.
Ella interrumpió sus estiramientos de falsa atleta. Hoy el gato no había saltado a la cama requiriendo una caricia.
-Entonces, ¿no vas a hacer nada? ¿Te da igual?
Era temprano y se suponía que a esa hora ambos iban camino de sus respectivos trabajos, él en su agencia y ella en Nadia’s, la tienda de moda que una amiga suya había abierto la primavera pasada y donde trabajaba media jornada.
-Podría asesinarte, supongo. Un crimen pasional. Hay cuchillos en la cocina. Cada vez que cojo el sacacorchos los veo.
-No hay pasión, así que esa solución no sirve. Sería otra clase de crimen.
-¿Qué tal un nuevo plazo?
-Siempre nos damos nuevos plazos.
-¿Abro una botella?
La bodega de la casa era un surtidor inagotable de caldos, pócimas y arañas.
-No me gusta oler a vino tan pronto. Causa mala impresión a los clientes.
Sentada a los pies de la cama, sin el tapujo de la sábana, Emma percibió el escozor de la desilusión. Empezó a picarle todo el cuerpo, un brote primaveral, rojizo y maligno. Ya vestido, Lázaro tironeaba de los cordones de sus zapatos. De pronto empezó a preocuparse por aquella casa, a cavilar en voz alta. Sus padres llevaban tantos años muertos que casi había olvidado el buen dinero que suponía conservarla inane y deshabitada. Debía venderla cuanto antes.
Fue hasta la ventana, deslizó la yema del dedo por el cristal rajado como por la cicatriz de ella en el vientre.
-¿Cuánto tiempo lleva roto? –preguntó.
-No sé, siempre lo he visto así.
-¿Y la puerta del armario?
-Doscientos o trescientos años, imagino.
-Hablo en serio.
-La madera ha cedido y los tornillos de la bisagra ya no agarran. Suele suceder.
-Esa es una información técnica muy meditada.
-Mi padre era aficionado a la carpintería, ya te lo dije. Nos hacía muebles en miniatura.
Lázaro fue de un lado a otro de la habitación, tentando las maderas del suelo.
-No he visto al gato –cambió ella de conversación.
-Puede que esté muerto.
-El otro día le vi cazando mariposas. Como un cachorro.
-Posiblemente fuese otro gato.
-Era el nuestro, te lo juro.
Las tablas respondían a cada paso con una nota de abandono y queja. Lázaro se detuvo. Se volvió hacia la cama, el cabecero enrejado la fracción de una celda. Andaría por la cuarentena larga y comenzaba a desfondarse, aunque aún era un hombre guapo. El hombre con el que ella estaba casada nunca había sido tan guapo; los dos niños salían a él, lo cual triplicaba el espesor de su falta. Ya no podía llamarlo desliz. Emma pensó en ellos. Su marido era simpático, tenía un sentido del humor elegante, nunca mordaz, y en las cenas con amigos demostraba su habilidad para aliviar tensiones.
Le echó de menos, aunque eso no fuese amor. Lázaro miraba el techo; el estigma amarillo de la gotera había avanzado entre cercos más oscuros, el moteado oscuro que indicaba el lugar donde caía tan próximo al borde de la escayola que comenzaba a manchar el tabique.
-Qué pena –exclamó.
-¡Véndela! Toma una decisión.
-Eso hago.
-Con más ahínco. Acabas de despachar nuestro drama con relativa facilidad. Actúa igual.
-Por favor.
-Vamos, es posible que no volvamos a vernos. Te dejo y reaccionas como si no sucediese nada. ¿Tengo que entender que otra monada ocupará mi lugar enseguida?
-No.
La apatía de él era irritante. Emma se levantó y echó a andar con la manta sobre los hombros.
-Voy al lavabo.
Desde aquel reducto glacial le oyó subir y bajar las escaleras, investigar, diagnosticar, desesperarse. El discurso de la casa se agotaba y ella pensó que en cierta manera su tajante adiós tenía que ver con esa otra claudicación. Libre de ella, Lázaro vendería por fin la casa, cambiaría de coche, de amigos, corregiría su biografía. Qué fácil. Ella no podría imitarle. Los tres rostros idénticos que encontraba en su hogar cada día se lo impedirían.
Se miró en el espejo, el azogue rayado por la pezuña del tiempo. La manta pesaba, raspaba su piel. En cada cita abandonaba su nicho en el altillo del armario para ser extendida, aplastada, humillada. La dejó caer, se escrutó. Cuarenta y uno, cuarenta y dos en agosto, un veintitrés: el vientre abombado, los hombros demasiado rellenos, ni asomo de clavícula sobre los pechos ya no tan arrogantes. ¿Y qué decir de sus piernas, de sus rodillas contagiadas de la misma evidencia de celulitis que la cara interna de los muslos?
En media hora, se dijo, estaría ayudando a mujeres igual de atormentadas a elegir un vestido con el que exorcizar la nueva estación. Se encerraría en su compañía en vestidores que harían las veces de confesionario, mientras su marido se cambiaba el teléfono de oído en una de sus eternas conversaciones de trabajo y sus dos hijos se instruían en la escuela, ya a un paso del final del curso, del verano, de las complicaciones del ocio. Siempre había sido más laborioso disponer de un amante sin el estudiado cuadrante de la rutina, extraviada en las vacaciones, los niños rondando por la casa a todas horas como un regalo envenenado.
Entonces le oyó. Estaba en el tejado, orgulloso y feliz. Gritaba como un deshollinador de cuento. Había salido por una de las claraboyas y le contaba lo que estaba viendo desde aquella atalaya.
-¡Es fabuloso!
-¡Te has vuelto loco!
Se gritaban sin verse.
-¡Increíble!
-¡No pienso subir a buscarte!
Emma salió a la escalera preocupada, abrazando parte de su ropa
-¡Baja inmediatamente!
-¡Se ve la ciudad entera, allí abajo! ¡Y las nubes! ¡Las malditas nubes! Por Dios, espero que no vuelva a llover.
A medio vestir alcanzó el ático. Estaba descalza y temió pincharse con puntas agazapadas o añicos de cristal. Atravesó temerosa el espacio rancio y revuelto, un desfiladero de muebles desvencijados por mudanzas y cajas de cartón anónimas, de botes de pintura arrumbados donde el gato solía prolongar sus pesquisas de atolondrado cazador. La luz de la claraboya se proyectaba cenital sobre su melena castaña, la escalera metálica por la que Lázaro había trepado encajada en el hueco. Emma trepó, uno, dos, tres, escalones. No tenía edad para eso. Tenía miedo y rabia, la melodramática ira de una madre a la que sus hijos desobedecen
-Será idiota...
-Menudas vistas. Pero el tejado está desecho. Subí para intentar arreglar esa maldita gotera del dormitorio y para buscar al gato. Sé que no quieres estar aquí conmigo por esa gotera, por la mancha.
Dejaron de gritarse, aunque aún no se veían
-No quiero estar contigo por unas cuantas cosas más, cariño. La gotera no tiene nada que ver. Ni ese cobarde con rabo.
Por fin ella divisó su silueta urbanita. Estaba sentado en cuclillas en una zona rasa del tejado, despeinado y jovial. Al fondo distinguió el paisaje quebrado de la ciudad, su rudeza de hormigón. Vio los lazos oscuros de la autopista, la villa retrepada entre lomas que atravesaban para llegar allí, la carretera comarcal de acceso, las casas vecinas, distantes, recogidas y pulcras.
-Muy bonito, ahora dame la mano y baja.
-Quería volver a colocar las tejas en su sitio.
-Ya lo has dicho. Baja. Estoy quedándome helada.
-Es primavera, no hace tanto frío.
-Siempre hace frío en esta casa y lo sabes. Baja.
-Luego.
La miró.
-Era la casa de mis padres.
-Eso ya lo sé. Yo vendí la casa de mis padres hace años. Superé ese drama. Ahora te toca a ti.
-No creo que pueda.
-Pusiste el cartel. Sí que puedes.
-Iba de farol.
-Como quieras.
Emma desistió. A los once o doce años los tejados podían ser divertidos, un enclave mayúsculo y prohibido, una aventura, pero casada y mustia no. Prefería tener los pies en el suelo.
-Tonto –le dijo, y fue como si se despidiese de él en una eternidad de citas, goces y reproches. Era un niño. Jamás había crecido.
Resolvió no volver a verle nunca más. Regresó al dormitorio, se sentó a los pies de la cama, como antes, y se puso las medias desenrollándolas delicadamente desde la puntera a lo largo del pie, el tobillo, la varicosa pantorrilla. Después se calzó los Vielli que tanto le incomodaban al conducir. Se puso la cazadora de cuero teñido, la hebilla de duende en la cintura. Un vistazo de reojo al espejo le devolvió la imagen de quien realmente era, una mujer densa, no demasiado alta, incompleta, pasablemente neurótica y preocupada. Entonces volvió a escuchar el crepitar de hojas secas de las tejas deshaciéndose bajo las pisadas de Lázaro, y pensó: estúpido, vas a caerte como sigas intentándolo. Me importas un bledo, tú y el gato.
Se colgó el bolso del brazo y gritó para que él la oyera desde aquel cielo:
-¡Hasta nunca, cariño mío! ¡Vuelvo a la civilización! -y se rió de su propia ocurrencia.
Le llevó medio minuto comprobar si se dejaba algo. En ese tiempo el día mudó su luz. Lázaro tenía razón en sus miedos: las nubes acechaban aquel rincón del mundo acarreando más agua. Él no podría evitar que la gotera persistiese en su empeño, que un nuevo cerco creciese a continuación del último, como los anillos de un árbol, que pausadamente el techo entero fuese oscureciéndose, pudriéndose, derrumbándose.
Abrió la puerta principal. Sí, eran nubes. Grandes y codiciosas. Qué contrariedad.
-Fin de la prórroga –anunció somera-. Me marcho.
Miró el jardín, su tupida ruina, la desmesura encabritada de la maleza. Había fragmentos de tejas por doquier. El muy necio había agravado el problema con su paseo aéreo. Sacó las llaves del coche y se dirigió hacia su Honda, aparcado como un hijo tímido ante el aventajado BMW que solía conducir él. Antes de sentarse al volante intentaría decirle adiós. Taconeó excitada, tensa. Adiós, adiós. Adiós para siempre. Y se volvió sobre sus talones.
Lázaro no estaba en el tejado. Distinguió el destello plateado de la claraboya abierta y su mirada descendió hasta la puerta por la que suponía él saldría de inmediato, cargado de abrazos, perdones y besos. No era su primera riña, pero sí sería la última.
Le aguardó. Sus padres al menos le habían inculcado ser una mujer educada. Incluso tuvo tiempo de encender un impaciente cigarrillo antes de comprender que la trifulca era más espinosa que en otras ocasiones. Si en medio minuto no aparecía en el porche, se marcharía inmediatamente.
Vio al gato salir de debajo de la desequilibrada escalinata. El enflaquecido comensal que solía saltar a la cama en los momentos culminantes de sus encuentros, convertido en perfecto aguafiestas.
-Vaya, andabas por ahí. Te has perdido el espectáculo.
Su medio minuto no dio más de sí.
-Quédate con todo, querido gatito –convino-. Yo renuncio.
Subió al coche, puso el motor en marcha y partió sin que el minino se inmutase. La decepción humana era algo extraño para él. Olisqueó el plato que ellos dejaban bajo la mesa del porche, pero no había comida nueva, así que se afiló las uñas con desgana en el mimbre de uno de los sillones, saltó al parterre y avanzó pegado a la pared por si sorprendía a alguno de los polluelos caídos de los nidos del alero. A veces tenía esa suerte.
Rodeó los arbustos más vigorosos, receloso, y cuando se tropezó con el cuerpo del hombre, tendido en una posición rara, boca arriba, los ojos abiertos reflejando el tránsito de las nubes, su lomo se arqueó ostentosamente, el vello de punta. No era la primera vez que él o ella se hacían los dormidos para sorprenderle. Pero no pasó nada. No se movía. Olió aquel cuerpo, lamió el círculo de sangre sobre el que reposaba la cabeza, probó a juguetear entre sus tobillos. Luego se escabulló en dirección a la cocina de los Orbis.
Apenas se había alejado cuando las primeras gotas de lluvia hicieron de él un animal indeciso e infeliz. Vaciló, dio media vuelta escaldado, brincó sobre las piernas del hombre y regresó a su hueco bajo las escaleras del porche, en las entrañas de la vieja casa, por si se despertaba.

LA NOCHE DE LAS VENTOSIDADES Y DE LA RULETA RUSA, EN CASA DE C.J.CELA (Fragmento del libro inédito Papeles de una vida recobrada)

MANUEL ARCE
Llanes, Asturias, 1928. Reside en Santander desde los ocho años. Obra poética: Sonetos de Vida y Propia Muerte (1948), Llamada (1949), Carta de Paz a un Hombre Extranjero (1951), Sombra de un Amor (1952), Biografía de un Desconocido (1954) y Antología Poética (1948-1958). Obra en prosa: Testamento en la Montaña (1956), Pintado sobre el Vacío (1958), La Tentación de Vivir (1961), Anzuelos para la Lubina (1962), Oficio de Muchachos (1963), El Precio de la Derrota (1970), El Latido de la Memoria (2006, Premio Emilio Alarcos).

Fue idea de Ángel Crespo que, en la cuenta de la cena, el camarero incluyera el importe de la botella de coñac que le íbamos a regalar a Camilo José Cela. “Un detalle mucho más delicado hubiera sido comprar un ramo de flores para su mujer –argumentó Gabino Alejandro Carriedo–; Charo tiene que estar hasta el moño de preparar cafés”. Elegimos un Terry de malla amarilla (la botella más elegante del mercado en opinión de Crespo). Ricardo Zamorano hubiera preferido un Osborne. “Es un coñac que va más con la idiosincrasia de Camilo: es un coñac más carpetovetónico”. Al salir del restaurante llovía tan torrencialmente que ni siquiera nos acordamos del metro: un taxi nos llevó hasta Ríos Rosas. “En este edificio también vive César González Ruano”, dijo Zamorano mientras esperábamos que el sereno acudiera a nuestras palmadas.
Charo había distribuido los cafés sobre las mesas auxiliares situadas junto a las butacas. En la mesita central posó una bandeja con cinco copas y una botella de coñac. No era la de Terry que Crespo le había entregado a la entrada, cuando nos ayudaba a colgar en el perchero del vestíbulo nuestros abrigos y gabardinas. Ricardo Zamorano clavó la vista en la botella. “¡¡Joder!!, don Camilo José: ¡una botella de coñac Napoleón! ¿De dónde coño la has sacado?”. “Enviada esta misma tarde por el director del Liceo Francés. Nos presentaron ayer en una recepción de la Embajada de Francia”. Cela descorchó la botella después de tomarnos el café y asistimos al ritual del escanciado en silencio. Comenté después de olerlo con aire de gran conocedor: “El jefe de ‘ventas al exterior’ del coñac Napoleón es un poeta francés muy amigo mío... Zamorano, tu también le conoces”. “No me digas que es el Roger ése que va a traducir al francés los poemas de Pepe Hierro”. “Roger Noël-Mayer: el mismo”.
La problemática de las traducciones y el blindaje comercial de las editoriales francesas a la literatura española fueron temas exclusivos durante casi dos horas. Entre tanto habíamos dado buena cuenta del Napoleón francés. Zamorano había encendido un purito canario que sacó del bolsillo superior de la chaqueta. “Os habría invitado: pero era el único que le quedaba al cerillero del Gijón”... “Yo no concibo mi poesía traducida –admitió Gabino Alejandro Carriedo–. ¡Mis sentimientos envueltos en otras palabras!... Con otro acento emocional”. “Bueno –aceptó Cela–. La poesía es diferente. Yo tampoco puedo imaginar los versos de Pisando la dudosa luz del día traducidos el francés. Imposible. Pero la novela es diferente... Tengo aquí unos puretes”... Camilo tomó de la repisa de la chimenea una tabaquera de taracea, embutida de hilo de metal dorado y arabescos de nácar blanco, y nos la fue pasando: eran habanos que sonaban a seco al ser tocados, pero Gabino Alejandro Carriedo no les puso el menor reparo. También Cela se llevó uno a la boca. “No les ha sentado nada bien la calefacción de la casa –admitió–. Debí guardarlos en el refrigerador”. Ángel Crespo prefirió acompañar su coñac con uno de mis Chesterfield. Para mí, el descubrimiento del tabaco (tenía en mi bolsillo la segunda cajetilla de cigarrillos que compraba), se había convertido en algo muy especial. En un placer jamás imaginado. El salón se llenó enseguida de humo. Gabino Alejandro Carriedo, se levantó de pronto y, con el puro habano entre los dedos de una mano y con la otra marcando el compás de su recitado, comenzó a decir un poema. Nadie, excepto yo, hizo intención de prestarle oídos. Sin embargo no le importó en absoluto. Recitaba con los ojos cerrados. Escuchándose. Declamaba con ampulosidad. Su voz fue conquistando el ambiente: “Escribo carta al mundo: /Madrid, a veintitantos/ y muy señores míos: no os conozco/, no pongo el pie en la tierra, os digo”…
De pronto se detuvo y nos fue mirando uno a uno. “Es parte de un largo poema que pienso titular Carta al mundo que circunda”. Cela quiso saber cuanto tiempo tardaba un poeta en escribir un libro de versos. Se demostró que no era fácil ponerse de acuerdo sobre el tema. En vista de lo cual propuso que hiciéramos entre los cinco, como ejercicio colectivo de redacción, un poema surrealista. Aceptamos. Ángel Crespo se dispuso a tomar nota en un bloc que sacó de su cartera de profesor. Mantuvimos un par de minutos de concentración. Luego Gabino Alejando Carriedo dijo: “La vida es un arrecife rodeado de perlas por todas partes”. Añadió Crespo: “Y las mujeres cambian anillos en el aire”. Yo dicté: “mientras tú, lejana, tú me llamas, queda, a tu albedrío”... Cela declamó solemne: “Ojo dulce, mirada repentina para un mundo estremecido que se tiende inefable más allá de su misma apariencia”. Y Zamorano: “Donde tu imagen se borra indefectiblemente”... Pero Ángel Crespo le interrumpió: “¡Protesto: aquí alguien acaba de plagiar a alguien”. Miradas y rostros de incredulidad. “¡Aclárate!”, exigió Gabino.... “Mientras lo dilucidáis –se disculpó Camilo José Cela– iré a buscar algo para seguir bebiendo. Empiezo a encontrarme demasiado seco”. Y se llevó la botella del Napoleón, ya vacía desde hacia un buen rato.
“¿Alguien me quiere explicar qué es lo que ha pasado?”, pregunté. Me hallaba confuso. No acababa de entender el porqué de la interrupción. Notaba en el pecho una extraña palpitación al tiempo que una especie de pereza mental Una incapacidad para la improvisación que me obligó a decir un verso de mi primer libro... Oí que Crespo decía divertido: “Esperemos el regreso de Camilo. Alguien ha querido ‘colar’, en ‘nuestro’ poema, dos versos que son de Aleixandre”. Sorpresa general. Crespo me miraba y sonreía. Apareció Camilo con una gran bandeja dorada y, sobre ella, la botella de Terry de malla amarilla, más otra de transparente orujo gallego y unos cuantos platitos con avellanas, almendras y cacahuetes que fue posando en las mesas auxiliares. “No hace falta que cambiemos de copas –advirtió–: que cada cual se sirva de lo que más le apetezca. ¡Y atención al orujo, que es de Padrón: el mejor del mundo!”.
Ángel Crespo me había pasado el bloc donde tenía anotados los versos por el orden en que los habíamos ido dictando. “Camilo, ¡eres un auténtico cabrón!, has pretendido engañarnos… Eso de “Ojo dulce, mirada repentina para un mundo estremecido/ que se tiende inefable más allá de su misma apariencia” son dos versos de un poema de Aleixandre que pertenece al libro Sombra del paraíso”. “¡¡Cojones!!... Lo sé... Sólo pretendía tomar el pulso de vuestro olfato crítico y valorar el conocimiento que tenéis de la poesía que se está haciendo... ¡Todos estáis aprobados! Así que ¡¡brindemos!!”. Pero en el momento de alzar la copa una indiscreta ventosidad cruzó el salón. “¿A quién se le ha caído el tapón del ano?”, preguntó divertido Gabino Alejandro Carriedo. “¡He sido yo!”, confesó Ricardo Zamorano. “¡No jodas! –protestó Cela–. Pues ha sonado a ventosidad de señorita... Ya puedes enmendarte. Una mierda de pedo como ese descalifica a cualquiera –recriminó–. Yo, pufas de tan ínfima categoría no me las permito ni cuando estoy solo”. “¡Carajo, lo siento! –se disculpó Zamorano–. Me estaba aguantando. Es que los frutos secos me producen tal cantidad de gases intestinales que no siempre soy capaz de administrar su salida. Pero tienes que saber que yo domino el pedo como pocos. He ganado más de una apuesta. Soy un campeón reconocido”... "Si los caballeros que nos acompañan no ponen objeciones dignas de tenerse en contra –objetó Cela con impostación de voz–, estoy dispuesto a considerarte digno contrario si aceptas un concurso de ventosidades”. “¿Qué apostamos?”. “Si pierdo, te regalaré un ejemplar de La Colmena; si gano deberás hacerme un retrato”. Zamorano aceptó. “Manolo Arce pondrá nota, de uno a diez, a las ventosidades más efectivas, contundentes y mejor escenificadas”. “No entiendo lo de la escenificación”. “Lo entenderás rápidamente”. Aproveché el bloc que me había pasado Crespo. El primero en soltar su ventosidad fue Camilo José Cela. Fue una ventosidad sonora y olorosamente descompuesta. Casi agria. Camilo lo hizo girando levemente la cintura hacia la izquierda (¿se trataba de la escenificación?). Camilo dirigió una desafiante mirada a Zamorano. El pintor dejó su butaca, se fue al centro del salón, doblo la pierna derecha por la rodilla y, ayudándose con las dos manos, la fue alzando suavemente hasta que el talón del pie le tocó el trasero. Lo hizo con tal maestría que, a lo largo de su recorrido, los gases intestinales, al ser expulsados, fueron orquestando una rítmica cadena de tonalidades.
“¡Me rindo!”, aceptó Cela. Todos soltamos una gran carcajada. “¡Por favor!, que alguien abra una ventana”, suplicó Gabino Alejandro Carriedo. Al humo de los puros y de los cigarrillos su unía ahora el tufo delator de las dos espectaculares ventosidades. “Me debes La Colmena”, requirió Zamorano. “Cumpliré como un caballero”. El Terry se había acabado. “Te la llevarás esta misma noche. Pero, ¡por favor!, no le digas a nadie que me has ganado. No podría volver a poner los pies en el Café Gijón después de esta afrenta... Pero nobleza obliga: lo celebraremos con el orujo de Padrón”. Cela nos hizo brindar tres o cuatro veces. Tuve que sentarme. Estaba mareado. En ese momento Zamorano, que más que animado parecía estar bebido, al apoyar el codo en la repisa de la chimenea, descubrió un revólver de vistosa culata. “¡Joder, Camilo, qué coño tienes aquí... ¡Es un revólver cojonudo!”, dijo Zamorano exhibiendo el arma. “Juego con él cuando estoy aburrido”. “¿A los buenos o a los malos?”. Zamorano sopesaba el revólver. “Juego a la ruleta rusa”. El pintor comprobó que el tambor del revólver contenía un proyectil. “¡Joder con don Camilo!”. Tenía dificultades para encontrar las palabras. “¡Juega a la ruleta rusa cuando está aburrido!”. “Deja el revólver donde estaba”, le ordenó Cela. “No te jode: lo tiene para jugar a la ruleta rusa"... Alzó el cañón del arma hasta su sien. Luego bajó el revólver, hizo girar el tambor con la palma de la mano y apretó el gatillo. Nos quedamos helados. Mudos. Sólo Cela reaccionó. Tenía el rostro descompuesto. Estaba lívido. “¡Hijo de puta! ¿Qué coño has hecho?”, gritó arrebatándole el arma. “¡Eres un cabrón hijo de puta!... ¡Hacerme esto a mí! Joder, ¡qué hubiera pasado si el arma se dispara! ¡Que escándalo, en mi casa! Sois todos unos cabrones... Venga, ya os estáis largando”. Crespo trató de calmarlo. “¡No me jodáis más! ¡Sois todos unos indeseables! Venga, fuera de mi casa. ¡Qué escándalo se hubiera armado si llega a dispararse el revólver!”. Zamorano ya había desaparecido del salón. Me costó ponerme de pie. Abandonar la butaca. Me sentía mareado y confuso. Tenía náuseas. “Vayámonos cuanto antes –aconsejó Ángel Crespo–, Camilo está enormemente asustado”. Me ayudaron a salir del piso. Cuando bajábamos en el ascensor Gabino Alejandro Carriedo me decía: “Estás muy pálido. Algo te ha sentado mal. Necesitas que te dé el aire”. “Todos necesitamos que nos dé el aire”, añadió Crespo. “¡Joder!, ¡joder!, ¡joder!” –protestaba Zamorano–, Camilo se ha puesto como un energúmeno. ¡No ha sido para tanto!”. Estaba lloviendo. “¿Qué hacemos con Arce? –preguntaba Carriedo–. Son las cuatro de la madrugada”. “Le han tumbado las bebidas –dijo Crespo–. Le llevaré en un taxi hasta la calle Ballesta. Se hospeda en la Pensión Mary”.
Hasta el día siguiente a las nueve de la noche no supe nada más. Me había pasado el día durmiendo. Fue doña María quien me despertó. “¿Cómo se encuentra?”. No quise cenar. Sólo me levanté a vomitar. Tenía una fuerte arritmia. “¿Quiere que llamemos a un médico?”. Me negué. Al día siguiente me desperté a media tarde. Fui al baño. Sentía mareos. “Tiene usted muy mal aspecto. Le conviene regresar a casa cuanto antes. Mi marido le acompañará esta noche a la estación. ¿Le parece bien?”. Tampoco me apetecía merendar. Pedí a doña María que me preparasen la cuenta y le di el dinero del billete. Fueron muy amables. Su marido permaneció en el andén, frente a la ventanilla de mi compartimento, hasta que el tren-correo comenzó a deslizarse sobre las vías.

QUOD VIDES SCRIBE IN LIBRO (Segundo capítulo de la novela inédita El Número de la Bella, cedido por cortesía de Ediciones Valnera)

EMILIO PASCUAL
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Tejares, Segovia, 1948. Actualmente reside en Cantabria. Obra literaria: El Purgatorio de don Oficinio (1977), Aventura en el Gris (1990), “Las trompetas de Jericó” (1992, cuento), “La virgen tuerta” (1999, cuento); Días de Reyes Magos (1999: Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, Premio Lazarillo), Campomanes y yo (2002), El fantasma anidó bajo el alero (2003), Apócrifos del libro (2004), Trío de color. Tres historias de mesterosos, apisonados y dolorientes (2005).

Puesto que me pedisteis, óptimo y venerado Eterio, que me informara con exactitud de todo desde los orígenes, me ha parecido escribiros con puntualidad y orden la historia de lo sucedido en el monasterio. Y pues deseáis, reverendísimo padre, se os relate el caso muy por extenso, lo tomaré desde el principio, porque tengáis entera noticia de la persona que fue vuestro maestro y la firmeza de la doctrina que recibisteis.
Querría empezar con la precisión del evangelista, señalando años y lugares, valíes, reyes y papas; pero sería pretencioso pretender imitar al santo, y temerario revelar lo que Dios quiso que permaneciera oculto. Mis primeras averiguaciones sobre el lugar, el día y la hora del nacimiento del santo Beato no me han llevado a conclusiones satisfactorias, pues todo el mundo parece callar o ignorar la procedencia del viento de Dios. Podría decir que tampoco se supo de Homero, y que así habrá sido dispuesto, porque todas las villas y lugares de Liébana contiendan entre sí por ahijársele y tenerle por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero. Pero, siendo un hombre de Dios y no una caña movida por el viento, baste saber que Juan Bautista apareció en el desierto sin más hábito que un vestido de pelos de camello y un cinturón de cuero, ni más alimento que langostas y miel silvestre, y con todo fue considerado por Nuestro Señor Jesucristo como el mayor entre los nacidos de mujer. Y, así, tengo para mí que el mayor elogio de nuestro Beato reside en la nebulosa de su origen.
Quieren decir que nació el mismo año en que murió don Pelayo, y quizá lo hacen seducidos por la simetría del acontecimiento, pues es condigno de los designios de Dios que donde abundó el pecado sobreabundara la gracia, y cuando cayó el primer vencedor de los moros surgiera el primer vencedor de la herejía; y si la primera derrota de la media luna tuvo su origen y principio en una cueva santa por la intercesión de Nuestra Señora, que la lleva bajo sus pies, la primera derrota del adopcionismo lo tendría en la santidad de un monasterio, por la misma pluma que proclamó los cielos nuevos y la nueva tierra que Cristo inauguró al tomar nuestra carne. Demás de que el nacimiento del santo Beato habría sido el signo más favorable de estos tiempos, pues a Favila, el hijo de don Pelayo, yendo a caza de montería, le comió un oso, por quien empezó a decirse aquello:

De los osos seas comido,
como Favila el nombrado,

y aun ronda la superstición de que, si el abuelo fue ajusticiado y el nieto devorado por un oso, mejor no seguir tentando a Dios, y evitar en adelante el nombre de Favila.
Sobre el año hay mucho que decir, pues ya sabe Vuestra Reverencia que el rigor de los números no siempre coincide con los errores de cálculo, y con frecuencia los humanos yerran acertando y aciertan cuando se equivocan. Y, siendo esto así como lo es, no es de extrañar que el año del nacimiento del Salvador haya sufrido tantos altibajos, influyendo como las estrellas en el movimiento de las fechas en nuestros días. Pero, al margen de cómputos y eras, lo que yo tengo averiguado es que don Pelayo murió el año 737, que es número capicúa, y además presenta la Trinidad Santa, que es el tres, entre la universalidad de las Iglesias, que es el siete, como enseñó Isidoro de Sevilla; además su suma da diecisiete, número indivisible salvo por sí mismo y por la unidad, indicando así el surgimiento del que nace en el tiempo y espacio del que muere, para la mejor construcción de la ciudad de Dios y edificación de sus siervos, pues ya dijo el salmista que, “si el señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. Y, si “por el número somos instruidos para no equivocarnos”, como escribió el propio Beato, me atrevo a deducir que él nació en ese año de gracia, para ser luz que ilumina a los herejes y a todo el pueblo cristiano.
Ruego a Vuestra Reverencia perdone estas digresiones de neófito ignorante, pues antes de tomar la pluma debería haber empezado con las humildes palabras del profeta: Ecce nescio loqui, quia puer ego sum, mirad que no sé hablar, pues soy un niño. Pero, ya que quisisteis que viniera adonde me enviabais, no seré tan fatuo y pretencioso para presumir que el espíritu pondrá sus palabras en mi boca, pero tampoco temeré mi torpeza mientras goce de vuestra protección, amén.
¡Es un valle privilegiado! No parece sino que el espíritu de Dios ha pasado por aquí embelleciéndolo todo. Se cuenta que cuando Toribio de Palencia y sus discípulos llegaron a estas tierras hace casi tres siglos en busca de paz y de silencio —según aquel dicho del profeta: “es bueno esperar en silencio el auxilio del Señor”—, el santo Toribio eligió un lugar apacible y escondido para orar, que más tarde sus discípulos y los discípulos de sus discípulos denominarían Cueva Santa, como santa fue la cueva de Nuestra Señora, de donde tomó fuerzas don Pelayo para frenar el ímpetu de los moros.
Vengo observando que las cosas de este mundo no siempre parecen lo que son, porque, así como Nuestro Señor y Maestro bene omnia fecit, “lo hizo todo bien”, los hombres nos empeñamos a veces en torcer el destino de una creación que desde el principio vio Dios que era buena. La ley de Moisés prohibía ciertos alimentos, y tuvo que venir el Hijo del Hombre para enseñarnos que no nos hace impuro lo que entra por la boca, sino lo que de ella sale. En una cueva esperó Elías el paso de Dios, para aprender él y enseñarnos a nosotros que el poder divino no está en el viento que rompe los montes y quiebra las peñas, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el blando susurro de la brisa; pero también en una cueva ocurrió el oprobio de las hijas de Lot yaciendo con su propio padre. En la cueva de Odulam se escondió David de las iras de Saúl, y en la de Engadi mostró su longanimidad y clemencia con su perseguidor, que había entrado allí a hacer una necesidad; pero también en una cueva de Maceda se refugiaron los cinco reyes que Josué venció, y fueron colgados cada uno de su árbol.
Digo esto porque vea Vuestra Reverencia cómo en la misma cueva se puede alabar a Dios y deshonrar su nombre. Desde esta cueva, que después convertiría en oratorio con ayuda de sus discípulos, el santo Toribio pudo contemplar la magnificencia del Creador que se revela en la naturaleza, pues está escrito que, desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son conocidos mediante las criaturas. Aquí pudo ver esas puestas de sol que convierten en príncipe al mendigo; aquí una variedad del arco iris, que el otoño ofrece en los propios árboles, y la sucesión de las estaciones en pinceladas superpuestas: las amapolas entre espigas verdisecas; el pecho del petirrojo; la retama, la oropéndola y las hojas de haya; los helechos y el trébol; el cielo encima de las Peñas de Europa; las nubes que a veces los tiñen al atardecer y algunos racimos de uvas; el brezo y la violeta, “que brota de la tierra sin que nadie la siembre”. Aquí, en fin, el canto de la curruca, capaz de convertir los siglos en minutos y de empollar los huevos del cuclillo.
Aquí supo Toribio que estaba su destino y desde lo alto de la montaña arrojó el cayado, dejando a Dios la elección del lugar del monasterio. El espíritu, que sopla donde quiere, llevó en volandas el cayado del monje hasta el lugar en que ahora me hallo, donde empezó a construirse el monasterio con la devoción y entusiasmo de los elegidos de Dios. De entonces acá han ocurrido muchas cosas. Han caído reyes y han surgido otros; hemos sido invadidos y hemos respondido a la invasión. Pero ya el Eclesiastés, hijo de David, escribió que mejor es la sabiduría que las armas, y la Sabiduría de Salomón vaticinó que “un varón irreprensible se apresuró a combatir por el pueblo con las armas de su propio ministerio, la oración y la expiación del incienso, y resistió a la cólera y puso fin al azote, mostrando que era tu siervo”. Ahora ese noble varón ha perecido.
Fiel a vuestra encomienda de ver, oír y escribir, he puesto manos a la obra en esta celda bendecida por las lluvias de abril y el sol de mayo. Debo decir a Vuestra Reverencia que tengo la sospecha de que algún secreto ominoso planea sobre el monasterio como el halcón peregrino sobre el valle, pues he sabido que ha habido varias muertes y ausencias en circunstancias misteriosas. Mis primeras pesquisas han sido vanas, pues no parece sino que todos los habitantes del monasterio están sujetos a un pacto de silencio, que no sé si atribuir a la estricta observancia de la regla o al ocultamiento del caso. Incluso mi acceso a la biblioteca —que está situada a la izquierda del ábside de la iglesia, como cosa sagrada, y cuya disposición y número de volúmenes me ha hecho caer en el pecado de la envidia ante la modestia de la nuestra de Osma—, incluso mi acceso a la biblioteca, digo, parece ser mirado con recelo, como si alguien temiera que descubriera no sé qué extraños arcanos que quisieran mantener ocultos. Para nuestros espíritus hambrientos de saber, una biblioteca es como rocío del cielo, como la llegada del heredero de la promesa, en cuyos días florezca la justicia y la paz mientras durare la luna; pero en ésta algunos de sus libros están atados con cadenas, literalmente aherrojados, y la sola explicación que se me da de su prisión es que están santificados por las manos y los ojos del santo abad que los tocó y contempló, y no sería bien dejarlos al albur del estropicio o del hurto, y ni siquiera al del uso desconsiderado, pues, según parece, el propio Beato decía que toties irrogatur iniuria, quoties eisdem apponitur manus foeda, que es tanto como decir que se les hace grande injuria solo con tocarlos con las manos sucias.
El hermano bibliotecario me sigue a todas partes en cuanto penetro en su reino y, no sé si con aire de advertencia o amenaza, con su mirada torva parece decirme como el hijo del hombre del Apocalipsis: “Soy yo quien tiene las llaves de la muerte y del infierno”. De modo que a veces tengo la sensación de hallarme aquí como el roquero solitario, y no parece sino que todos me están invitando a que me vaya a anidar a los peñascos en vez de entre los libros de la biblioteca.
En cambio, por alguna razón que desconozco, he sido bien aceptado por el mastín del monasterio. Es un animal soberbio, de cabeza poderosa y mirada inteligente, que, guarnecido como está de la carlanca al cuello, apenas habrá lobo que resistirle pueda, salvo en manada, que no osaré yo decir comunidad. Tiene por sobrenombre Ezequiel, “fortaleza de Dios”, si Vuestra Reverencia no lo ha por enojo, pues es sabido que solo Dios es el santo, el fuerte y el inmortal. Parece que el nombre se lo puso el propio Beato con ocasión de un mal encuentro en el bosque, cuya naturaleza no he sabido averiguar. Él escribió que el Señor “da fortaleza al que está aterrado no por la incredulidad, sino por la admiración”. En todo caso, yo puedo añadir que he recibido más muestras de humanidad del mastín que de los monjes.
Cobijado en uno de los machones de la cuadra he visto un nido de golondrinas del año pasado, en espera de su repoblación en primavera. Uno se pregunta dónde están las nieves de antaño, la verdura de las eras, y si en los nidos...
Pero solo en los nidos de golondrina, aun desprovistos de pájaros hogaño, cabe la esperanza de oír nuevas aves, como yo espero hallar las fuentes de este río ahora congelado.

EL DÍA DE HOY (Novela inédita. Fragmento)

ALEJANDRO GÁNDARA. Santander, 1957. Obra: La media distancia (1984, Premio de la Prensa Canaria), Punto de fuga (1986), La sombra del arquero (1990), El final del cielo (1990), No nos entendemos (1990), Ciegas Esperanzas (1992, Premio Nadal), Falso movimiento (1992), Nunca seré como te quiero (1995), Cristales (1997), Las primeras palabras de la creación (1998, Premio Anagrama de Ensayo), Últimas noticias de nuestro mundo (2001, Premio Herralde), Un amor pequeño (2004).


Ocho y dieciocho

-Supongo que esperas a que yo te traiga la pastilla.
-Exacto.
-A qué hora tienes el examen.
-A tercera.
-Y cómo lo llevas.
-No he sobado en toda la noche.
-¿Por eso llamaste al perro?
-El perro ha ido porque ha querido.
-¿Ahora tienes sueño?
-Estoy matado.
-Te he dicho que cierres los ojos, aunque no duermas. Así por lo menos descansas.
-No puedo. Me pongo a pensar en dormir porque mañana tengo un examen y me entra el nervio. Y luego tengo hambre y me levanto todo el rato.
-Sacarás el curso. No tienes que ponerte nervioso. Todo ha ido bien hasta ahora y no hay razón para que cambie.
-No voy a sacarlo. No soy inteligente. Estoy pillado todo el rato. Tú no lo entiendes, papá.
Esas conversaciones repetidas y sin embargo la sensación de la primera vez. Aunque nunca hubo primera vez, porque se confunde con todas las veces en que ha sido igual. El cielo desciende y aplasta el aire contra la tierra, todo espeso y plano, los pájaros y los edificios se empastan, se respira por resquicios y de abajo viene una fuerza que chupa por los pies mientras el cuerpo tira hacia arriba con pulmones encogidos y ojos muy abiertos que se nublan. No hay luz ni oscuridad. Es un brochazo infinito de niebla seca.
-El único problema es que estás creciendo. También tu cerebro está creciendo. Crecerás y todo se arreglará. Lo dijeron los médicos y lo dicen tus profesores. No toda la gente crece igual. Y lo de la inteligencia es una tontería que te inventas. Tienes un cociente de 124 y eso es inteligencia alta según los tests, tú puedes decir lo que quieras.
-Entonces, por qué me duermo en clase.
-Porque no duermes por las noches.
-Y por qué no tengo memoria.
-Porque te duermes en clase y no atiendes.
-Y por qué no sobo por las noches.
-Porque crees que te estás durmiendo en clase.
No es eso exactamente. Los dos lo sabemos. Pero necesita respuestas tranquilizadoras y son tranquilizadoras cuando no dudan, no importa que sean circulares, quizá mejor si son circulares, así no puede escapar de ellas. Ni yo tampoco.
Ayer por la tarde lo encontré dándose cabezazos contra la mesa y el libro de Sociales. Entre golpe y golpe repetía: No se me queda nada, no se me queda nada, no se me queda nada... Cuando alza la cara, tiene la frente amoratada, los ojos vidriados.
-Es hora de irse -anuncio.
-Todavía son y veinticinco.
Voy hacia la balda de chismes en la que está el Rubifen. Es una cajita de píldoras blanca y corriente, con las esquinas rozadas, que comienza a destartalarse hacia la quinta semana de las nueve que dura. Nadie diría que guarda lo que el médico llama un psicotrópico. En la farmacia piden el carnet de identidad y miran la receta con lupa. Y sin fallar ocasión preguntan: ¿Es para usted? y también: ¿Sabe lo que es esto?. No sé de qué sirven esas preguntas cuando todo está en regla. Pero dan tiempo a que te miren a los ojos y a que no bajes los tuyos, como si estuvieras ante un policía. Rubifen suena a antigripal, a victoria sobre fiebres rojas. Pero psicotrópico suena a viaje lejano, a cielo torrencial, a ida sin vuelta.
Estoy a punto de abrir la caja y apretar el botón de aire de una de las píldoras. Luego, dársela. Sí, claro, me he acostumbrado a cubrirle los flancos, a recogerle en las caídas, a ponerle parches cuando se le escapa el aire. Es malo para él, pero no es fácil para mí. Un error que parece pequeño encadena una catástrofe, sobre todo ahora que empieza a ir bien. Si permito que no tome la pastilla, se dormirá en clase, suspenderá el examen, confirmará que es estúpido, dejará de estudiar, se despedirá de cualquier esperanza, se esconderá para el resto de su vida en un cuarto oscuro mirando el resplandor que se cuela por las rendijas, en vela. Acabar de una maldita vez, acabar del todo. Lo desea más que los aprobados y mucho más que ser feliz. Y por eso busca el error, resistiendo palmo por palmo, con la única voluntad que tiene, la de negar. Dormir, vestirse, desayunar, tomar la pastilla, llegar a tiempo al instituto, cada pequeña cosa es una trinchera, uñas y dientes contra el enemigo que viene a sacarle de ella y que con distinto rostro, su padre, sus profesores, incluso sus contados amigos, no es más que uno solo: el mundo, el mundo que durante catorce años le ha zarandeado sin contemplaciones y por las buenas. ¿Por qué no acabar de una vez? ¿Alguien tiene alguna razón convincente?
-Si no quieres tomar la pastilla, no la tomes. Yo me marcho a sacar al chucho –digo, de pronto.
-Pesado, ya voy.
Y entonces se incorpora con uno de esos saltos de acróbata, empujando los pies en el aire, curvando el cuerpo y aterrizando con dos plantillazos, completamente erguido. Es muy delgado, pero los músculos se aprietan como un tapiz de soga. Una contradicción con su falta de energía, con el desmayo ante la realidad.
-¿Curras hoy? –pregunta, mirando por el rabillo mientras traga la pastilla.
-Trabajo todos los días.
-Entonces no estarás a la hora del recreo.
-Pues no.
-Pero siempre estás.
No digo nada. Disfruta con los contrasentidos ajenos.
-¿Vas vestido de marica por algo?
¿He pensado que era invisible? Para él suelo serlo. Tenía un plan, tengo un plan. ¿Está volviéndose visible?
-Un pantalón y una camisa. ¿Qué tiene de raro?
Ya no sigue la conversación. Carga la mochila. Cojo la correa del perro. Aunque es verdad: ¿por qué me he puesto el mejor pantalón y la mejor camisa? No recuerdo qué parte del plan era ésa.
Nos hemos apelotonado en la puerta, en el metro y medio de pasillo que sale a la derecha del ofis. Por algún motivo el pomo no gira. La mano resbala en la alcachofa de metal como si la hubieran soldado. Jefe no para con el rabo, culea entre las piernas, jadea con esa ansiedad de loco que se desata al empuñar la correa y que no cesa hasta que desandamos el camino después de su paseo. Es muy perceptivo con los regresos.
-Hoy ves al tutor, ¿no? –pregunta Goro como si estuviéramos en la cola del cine y no atascados en la salida de casa.
-Sí, a la una y media.
-Qué le vas a decir.
-Me lo dirá él a mí. Me dirá que todo va igual de bien que hasta ahora y que aprobarás el curso.
-Sí, ¿no?
Jefe se ha colado entre mi cuerpo y la puerta. Trata de encaramarse, pero le falta sitio. Las pezuñas se escurren por el paño de madera.
-Quédate quieto –le digo, amenazando con la mano.
Ahora gimotea. Es el gimoteo de reproche. Tiene otro para recibir a las visitas. Y otro más, que sólo le he escuchado una vez en que metió la pata en la rejilla de un canal, para el dolor.
-De los últimos tres exámenes los he suspendido todos –continúa Goro.
-Todavía no te han dado las notas.
-Pero eso se sabe.
-Cuando dices que vas a sacar un sobresaliente, suspendes. Y cuando dices que suspendes sacas notable. Siempre te parece que suspendes cuando esperas un diez. Así que de momento las noticias son buenas.
-Se te va la pinza, papá.
-Será que no es verdad. ¿Puedes quitarme al perro de encima?
Goro engancha a Jefe por el collar. Pero eso no abre la puerta. Agarro la alcachofa con las dos manos y suena un chasquido. Quizá han intentado atracarnos por la noche y la han bloqueado, o algún gracioso ha metido palillos en el agujero de la cerradura, o cualquier cosa que se le ocurra a la desesperación.
-Los exámenes finales no son como los otros, son todo el libro y además es el primer año que me los hacen. A mí no me habían preparado para tragarme una asignatura entera.
-Quién no te había preparado. ¿La vida?
-Podrían advertirlo. O que dejasen de tocar los huevos con parciales.
Resoplo de rabia. Pero él parece tranquilo, incluso conversador, todos allí amontonados. Esos momentos son pocos. Son como si se le escapara aire oprimido. Y entonces siento que las cosas van bien, que cómo podrían ir de otra manera, esa ilusión que parece más real que las pesadillas reales. Ahora su voz deja una onda en la nuca, su cercanía es un abrazo con la punta de los dedos, el tramo de pasillo es un cuarto en el que pasan las horas y la luz hace charcos.
-Y hablando de todo un poco, ¿te has dado cuenta de que esto no se abre?
-Normal que lo hagan en el bachillerato o en la universidad, pero no en la ESO –ha dado un paso adelante, desliza una mano de carterista por mi costado y agarra el pomo-. En dos meses pasan de tratarte como a un niño a tratarte como en la carrera, esa banda no es normal –lo gira al lado contrario y el pestillo cede con la mayor naturalidad.
Jefe sale a trompicones escalera abajo y desaparece instantáneamente de la vista. No da tiempo a engancharle la correa. Un día topará con los ancianos y tendremos desgracia. Pienso en esa desgracia y en lo que me ha pasado con el pomo, cruzando las imágenes igual que si estuviera despertando cuando desperté, las figuras en la oscuridad cambiando de forma y de un monstruo a otro.
-No son normales. Pero tú siempre los defiendes.
-A quién estoy defendiendo, si se puede saber.
-Es tu obligación de padre. Pero yo soy un adolescente y tengo que meterme con ellos.
-Si eres un adolescente no puedes hablar como un experto en adolescencia.
-Va, podías explicarme lo que te pasaba con la puerta.
Jefe ha llegado al portal. Sus jadeos de ansiedad suben por el ojo de esta escalera de roble entero, barandilla forjada, zócalo mielero, todo recién restaurado por la tropa polaca. Eso, junto a las puertas marrones con postigos de carcelera, da impresión de convento o de posada vieja, y a los tres nos vuelve raros. La mayoría de inquilinos son ancianos. También, raros. Son amables y simpáticos, sin excepción, brotes de una sola mata. Pero lo más extraño es que adoran a Jefe cuando deberían odiarlo. El perro se escurre cada dos por tres y baja la escalera rebotando y de morros, y pasa a su lado como la exhalación de una amenaza a tantos huesos y cartílagos que se desvencijan en los peldaños. En cambio, ellos susurran monerías y le llaman cuando ya se ha perdido tramo abajo. Es guapo el can, es guapo, dice la pareja del segundo, que se cae a trozos sin perder la sonrisa. Menos el presidente, todos son matrimonio. Y juraría que ninguno de menos de ochenta, lo que equivale, si no ha mediado bifurcación, a bodas de oro unánimes. A lo mejor es al final del matrimonio, después de toda su historia o cuando ya no hay más historia, donde se descubre la felicidad en el matrimonio, la paz tan buscada. Eso explicaría ese aire de no ser de este mundo, quitando que estén a punto de despedirse de él. El resto de los vecinos vive solo, todavía a solas con sus delitos y pasiones. Justo encima vive una muchacha de veintitantos que ríe y llora todo el tiempo, en días alternos, y se la oye en toda la vecindad. Al principio subí a preguntarle si le pasaba algo y me contestó que ella era así, que no tenía ninguna importancia. En una de las buhardillas vive otro chaval joven que mira con desconfianza y que saluda haciendo un ruido con la garganta. Tiene la costumbre de cambiar los muebles de sitio los fines de semana por la noche, cuando la gente duerme. No sólo es el estruendo de arrastrarlos, hay portazos y como si los dejara caer desde la altura.
Y en el primero está la Mala. Así la llama Goro, por una cantante de hip hop famosa. Tendrá unos cincuenta años, se peina con una coleta tirante, como si la llevasen de los pelos. Se la mencioné al presidente y el viejo meneó el tirolés y murmuró: Esta mujer, esta mujer... Le tiene encono a los inquilinos, puede que simplemente por serlo. El mal vive en chalets, donde no tiene que conciliarse con nadie. Por ejemplo, de vez en cuando los viejos no pueden con el cerrojo del cuarto de contadores donde está el carro de la basura, y colocan sus bolsas a la entrada, hasta que alguien desatasca la puerta y las mete. Pero si es ella quien las ve, agarra y las devuelve a los felpudos del vecino correspondiente. Lo que nadie sabe es cómo reconoce la basura de cada uno, porque la verdad es que acierta. Será que tiene ojo clínico para el daño. Con las obras de reforma se lo está pasando en grande, motivo tras motivo y polaco tras polaco. Lo peor es que no es una mujer loca. Disfruta con lo que hace, suponiendo que eso no sea de locos. Cualquier otra persona no podría dormir con esa tensión vigilante, con esas ganas de cobrarse deudas, pero a ella le colocan el cuerpo, como si se tomara el escándalo en pastillas. En cuanto a mí, se la tengo jurada. No me faltan ideas, aunque todavía no he dado con una que no deje pistas. Una tarde salí a ver al semillero y Goro se quedó en casa. En la calle me di cuenta de que no llevaba las llaves. Llamé al chaval por el telefonillo y le pregunté si iba a moverse de casa. Contestó que no y me fui. Me entretuve más de lo que pensaba y a la vuelta resulta que nadie me abría el portal. No podía creer que Goro se hubiera marchado. Estuve apretando el timbre un buen rato. Al final me convencí de que Goro no me escuchaba y que su mp3 embutido en el tímpano era suficiente como explicación. Lo peor es que llovía a cántaros. Por esas casualidades de la vida, que espían por el rabillo las desventuras, a los otros timbres tampoco contestó nadie. El agua batía los dos lados de la travesía, recta y flexible al final como una escobilla rabiosa de filamentos helados, entrando en los umbrales y en el amparo de los aleros. La humedad empezaba a escurrirse por los hombros. De pronto apareció una mujer con una bata de raso en el primer balcón a la izquierda, con un cigarrillo en la mano y pintada como una puta de posguerra, gritando con voz cazallera: Deja ya de molestar, ¿es que no te aburres?, ¿es que no ves que no hay nadie? Entonces le pedí que me abriera, evitando preguntarle por qué no había contestado al telefonillo si lo estaba escuchando. De eso nada, contestó, ahora te aguantas. Y cerró el balcón.
Goro llegó de la calle un cuarto de hora después. No había entendido nada de llaves, sólo le habían preguntado que si estaría en casa, una pregunta de rutina. Pero en ese cuarto de hora me reconcomió no haber protestado a la puta y quedarme allí destemplado de agua y de silencio. Podría haber ido a un bar y esperar a que Goro cogiera el teléfono. En lugar de eso, estuve a punto de coger una pulmonía.
-¿A qué hora tienes lo del tutor?
-Ya te lo he dicho. A la una y media.
-Crees que me dices las cosas, pero no me las dices.
Las pisadas en las huellas de roble dan un sonido profundo y seco, sin reverberar, diáfano como si abrieran los ventanucos y los balcones a un bosque, y detrás a un río y a un valle. Es lo único que se escucha desde las viviendas, bien tabicadas y aisladas para lo demás, igual que el corazón en el cuerpo. Me gusta subir y bajar esas escaleras, no por volver a casa o por salir a la calle, sino por sentir ese ruido especial que sube de los pies como una mano abierta y segura que lleva lejos. No pasaría lo mismo si fueran de pino negro, de eucalipto, de laurel o de astillas, porque entonces el ruido de las pisadas sonaría a clavo y a tapa, y el aire se encogería deprisa, hueco.
Ciao, dice Goro con un golpe de hombro a la mochila y echando un vistazo a los andamios que van coronando la fachada, con dos mecánicos arriba. Él se marcha por la cuesta arriba y yo por la cuesta abajo con el perro.
-Vendré en el recreo –añade mirando ya en la otra dirección.
-¿Llevas las llaves? –pregunto, mirando yo en la mía.
-Claro. Pero tú estarás.
-No lo creo.
Quizá seguimos hablando hasta que doblamos las esquinas opuestas, como si aún estuviéramos juntos. Las palabras se quedan otro rato por allí cuando ya no hay nadie a la vista y luego ascienden como vapor al cielo en el que dicen que todo está escrito.