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EL PERSONAJE


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PALOMA O’SHEA

“La vida musical española está viviendo
el mejor momento de su historia”



texto: ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA

fotografía paloma o'shea: archivo de PALOMA O'SHEA

Ha convertido el mecenazgo musical en un trabajo. O al menos así le gusta calificarlo a esta vizcaína Hija Adoptiva de Santander, Presidenta de la Fundación Albéniz. Lejos quedaron los años de la infancia, primero en Orozco, en la finca de sus abuelos, y más tarde entre Poitiers y Bilbao, dedicados al piano: una carrera musical que se agostó prematuramente por su matrimonio y la asunción de la vida familiar. En su lugar, tal vez a modo de artística revancha, creó a comienzos de los años 70 el Concurso de Piano que lleva su nombre y que acaba de cumplir su XVI edición, absorbiendo toda su dedicación. Frente a voces discordantes de compositores e intérpretes que han buscado su carrera profesional fuera de nuestras fronteras denunciando situaciones difíciles de sostener, la visión de O’Shea del panorama musical en España es enormemente optimista. Sus manifestaciones no dejan dudas al respecto.

La música es una manera de entender el mundo, un lenguaje de comunicación con él, pero no el único. ¿No le parece que el músico está en ocasiones demasiado encerrado en sí mismo, alejado de otras manifestaciones culturales y que ello le da una visión fragmentada que repercute en la interpretación musical?

Para practicar la música, incluso a un nivel medio, hay que ejercitarse más que para destacar en la gimnasia de alto rendimiento. Quiero decir con eso que los músicos tienen poco tiempo para otras cosas, incluida la familia, la lectura y lo que podemos llamar las necesidades espirituales básicas. Pero, por otra parte, cualquier persona sensible sabe encontrar en la música una herramienta magnífica para contrarrestar esas carencias.

Además de la música, ¿la conmueven a usted especialmente la pintura o la literatura? ¿Hay nombres de estas disciplinas que emocionalmente le apetezca destacar?

Me interesan todos los aspectos de la cultura. Otra cosa es, como le decía antes, que tenga tiempo para profundizar en ellos lo que yo quisiera. Pero no hago ningún viaje sin escudriñar qué cuadros puedo que ver y qué arquitectura puedo gozar allí donde llego, y me esfuerzo por ponerme al día de cuáles son las corrientes intelectuales del lugar. Y como yo, estoy segura de que lo hará también todo el que tenga una relación estrecha con la música.

Hablando de lenguajes… ¿qué le parece la necesidad expuesta por algunos intelectuales en forma de manifiesto de defender ese vehículo comunicativo que es el castellano?

El castellano, como cualquier lenguaje, es patrimonio de quien lo habla. Todos los que posean ese patrimonio, sean de la nacionalidad que sean, deben de tener la ambición de emplearlo de manera tal que facilite la comunicación. Sin entrar en la riqueza de su literatura, el castellano lo hablan más de 500 millones de personas, de muchos credos y razas y es, por lo tanto, una herramienta de comunicación formidable. En los lugares donde hay más de una lengua, la situación se enriquece, pero también se hace más compleja. Veamos el ejemplo del Perú, donde el quechua representa parte de sus señas de identidad y, a veces, la lengua madre. Las autoridades peruanas deben proteger el quechua como acto de fidelidad a sus antepasados, pero deben promover el castellano como acto de fidelidad a sus descendientes.

El Encuentro de Música y Academia constituye un escenario de excepción en lo que se refiere a la posibilidad de escuchar música de cámara, llegando incluso hasta la contemporaneidad. ¿Por qué hay cierto miedo en España, a diferencia de una gran parte de Europa, a programar música contemporánea?

En primer lugar, le diría que no hay tanta diferencia entre España y el resto de Europa en cuanto a la programación y recepción de música contemporánea. El fenómeno es el mismo en todas partes y no tiene que ver tanto con la música en sí como con la obligación de acierto inmediato que siente el programador. La música contemporánea no es clásica necesariamente. Lo que llamamos música clásica se ha convertido en tal con el paso del tiempo, al sobrevivir a un proceso implacable de decantación de unas obras y desecho de otras. A la hora de poner obras recién compuestas, todavía no cribadas, el programador tiene miedo de estar contribuyendo al proceso de desecho de esa misma música.

Hoy son numerosos los pianistas con una técnica incluso más que excelente, pero tal vez cabe hablar de pocos “genios”. ¿Qué es lo que lo explica?

No creo que sea esa la situación. Los genios a los que usted se refiere se consagran como tales después de carreras muy largas. Le aseguro que en los viveros de la música hay ahora muchísimo más talento y más genios que nunca, salvo excepciones, naturalmente. Ahora bien, si lo que quiere usted decir es que un Rubinstein, un Richter o un Arrau son irrepetibles y ya no los tenemos, le daré la razón. Pero igual le digo que estamos disfrutando de varias generaciones en activo de pianistas igualmente irrepetibles. Pienso en Barenboim, en Zimmermman o en Schiff, pero también en otros más jóvenes como Volodos, Kissin, Nebolsin y tantos más. En última instancia, la situación actual no es muy distinta de la anterior y en modo alguno podemos decir que sea peor. La música de nivel excepcional está hoy mucho más socializada.

Cantabria puede parecer en ocasiones una tierra poco generosa con la música. No me refiero a la traca fugaz de los fastos estivales, sino a la falta de inversión en asuntos específicos: descuido en la enseñanza (ausencia de un ciclo superior), escaso impulso de iniciativas musicales (la soñada Orquesta de Cantabria, por ejemplo). ¿Usted cómo lo ve?

Recuerde usted aquello que decía Kennedy: “no preguntes qué puede hacer el país por ti, sino qué puedes hacer tú por el país”. Yo no soy economista, pero estoy segura de que si calculáramos los recursos por individuo que las regiones dedican a la música, Cantabria, con su medio millón de habitantes, duplicaría la media española. Aun así, reconozco que no hemos llegado al mínimo suficiente y hay que hacer más, pero conviene ser justos en nuestras apreciaciones.

Al otro lado de la cerca, ha insistido usted repetidamente en la necesidad de que los músicos españoles jóvenes se esfuercen más. ¿Cuáles son, a juzgar por su reiteración, las carencias de los estudiantes de música en nuestro país?

Creo que ya no se pueden plantear carencias generalizadas, como era el caso antes. En los últimos veinte o treinta años hemos tenido un desarrollo muy importante que nos ha situado en el grupo de vanguardia de la música en Europa. Yo no he cuestionado nunca el esfuerzo de nuestros músicos. Lo que sí he señalado más de una vez es que, para alcanzar el rendimiento que se exige hoy en el ambiente profesional de la música, hay que trabajar muchísimo.

En el “pastel” de la cultura institucional, la música y la literatura recogen poco más que las migajas, aun siendo probablemente dos de las actividades superiores entre todas las artes. ¿Necesitan la música y las letras un asesor de imagen y un marchante hábil?

Dentro de la amalgama de la cultura, la música no tiene motivos de queja al compararse con la literatura, la arquitectura, la pintura, el teatro y demás artes. Se podrían quejar todas ellas al unísono, pero la música en particular creo que no. No olvidemos que las artes han florecido en civilizaciones que podíamos llamar satisfechas, en las que las necesidades primarias de supervivencia estaban más o menos resueltas. Es lógico que, del “pastel”, como usted dice, se dedique una porción mayor a atender el paro o la Seguridad Social que a cantar a Petrarca o a escuchar a Brahms.

¿En qué ciudad y escenario del mundo ha escuchado el concierto más inolvidable de su vida? Y no me diga que en el Encuentro de Santander.

Pues sí se lo digo: en el Encuentro he presenciado conciertos inolvidables, porque la reunión de músicos consagrados con jóvenes empeñados en tocar bien produce una tensión musical incomparable. Pero, para hacer caso a su pregunta, le señalo otro concierto inolvidable: la actuación en el Festival de Salzburgo de la Joven Orquesta Gustav Mahler dirigida por Claudio Abbado. No se imagina usted lo que fue aquello y por la misma combinación de razones que señalaba antes: la sabiduría de Abbado al servicio de ochenta chicos de enorme talento y entusiasmo.

Evalúe brevemente el entorno de la música clásica en la actualidad y en España: oportunidades profesionales parra los músicos, condiciones de grabación, recepción por parte de la audiencia, concepción y contenidos de las temporadas y programaciones musicales…

Considerada en su conjunto, la vida musical española está viviendo el mejor momento de su historia; los ciclos de conciertos y de óperas no tienen nada que envidiar a los de otros países, la red de auditorios nos sitúa igualmente en la vanguardia, tanto por calidad de las infraestructuras como por su concentración; las orquestas han florecido en nuestras ciudades cuando en el resto de Europa la tendencia era a desmantelarlas; los compositores españoles de todas las generaciones compiten con éxito en el mundo de la contemporánea y, en cuanto a la educación, los conservatorios han dado un avance evidente y la aparición de Musikene en San Sebastián, la ESMUC en Barcelona y la Escuela de Altos Estudios Musicales de Galicia, junto con el prestigio internacional de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, está dando lugar a una espléndida red de centros superiores de especialización. Queda mucho por hacer, desde luego, pero hay que felicitarse también por lo mucho que hemos avanzado.

CIUDAD DE LEJOS


Ariadne auf Naxos en el Euskalduna (ABAO),
por ROBERTO BLANCO
Difícil es que defraude un espectáculo o una producción lírica de calidad, como es el caso de la Ariadne auf Naxos de Richard Strauss, cuando se presenta con un reparto adecuado y con un manifiesto interés en mostrar la excelente trama de Hugo von Hofmannsthal con un buen subtitulado y con la calidad de la producción que estrenara el Gran Teatre del Liceu hace seis años.
La puesta en escena que subió al escenario del Euskalduna como segundo título de la 57 Temporada de la ABAO con escenografía clásica de Tobias Hoheisel, no es que brille con especial belleza por su concepción, pero da pie a que la precisa dirección escénica de Uwe Eric Laufenberg funcione con facilidad y sin obstáculos, manteniendo un buen ritmo narrativo pese a la aparente sencillez de los decorados. Una puesta en escena que hacía patente la diferencia entre el mundo clásico y convencional de Ariadna y Baco por un lado, y el instintivo y emocional de Zerbinetta por el otro, mediante el vestuario y el movimiento de los personajes: Mientras Zerbinetta y los suyos gozan de total libertad de acción, simbolizando la creatividad artística sin límites, los intérpretes de la ópera propiamente dicha se movían rígidamente, reflejando las normas clásicas que les impedían una mayor libertad de movimientos.
De la primera parte de la ópera hay que destacar el cuidado trabajo de la soprano Michelle Breedt como Compositor, una intérprete muy completa que supo dar relieve a su personaje, y la autoridad teatral del Mayordomo interpretado por el eficaz actor Götz Argus.
Sin pausa entre prólogo y ópera, la exquisita trama de Hofmannsthal se resolvió con pocas sorpresas escénicas, pero realzadas por un colorido y una iluminación particularmente vistosos y eficaces. La Ariadne de Adrianne Pieczonka consiguió la progresión dramática necesaria para resolver su actuación con la sensibilidad y entereza que pide su parte, mientras que el Bacchus de Klaus Florian Vogt fue correcto, con una voz ajustada y una prestación adecuada pese a un timbre no demasiado bello.
En cuanto a la soprano rumana Valentina Farcas, a pesar de una emisión no demasiado cuidada, hizo una interpretación de calidad en el siempre difícil y exigente papel de Zerbinetta, aunque más a nivel actoral que canoro, con problemas especialmente en el temible registro agudo de “Grossmaächtige Prinzessin”. Pero estuvo perfectamente secundada por el grupo de cómicos, y el resto del amplio reparto se mantuvo a un nivel bastante apreciable.
Concertó y dirigió con suavidad y tacto pero también con autoridad, Stefan Anton Reck; imprimió ritmo y mantuvo el equilibrio entre los pupitres de la Kammerorchester Basel, conteniéndola para proteger a los solistas y consiguiendo bellos efectos en la armonía sin descuidar el ordenado barullo melódico que creara el genial Richard Strauss.

Interiores de un emperador:
Adriano en Londres

por ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA

A finales del mes de octubre se ha clausurado la que sin duda puede calificarse como una de las grandes exposiciones de este año 2008: la dedicada al emperador Adriano en el British Museum de Londres. La exposición, magna en propósitos y logros, ha sabido perfilar con precisión una figura decisiva de la Historia de Occidente, y que cuenta además con especial significado por estas tierras nuestras, dado que se trata de un personaje que no sólo tenía evidente raigambre hispánica, sino que además hacía gala de ella. En efecto, Adriano, nacido en realidad en Roma (aunque algunas fuentes sugieren Itálica como ciudad natal), procedía de una familia bética, y la acuñación imperial de moneda se recrea en esta cuestión; una de las piezas más hermosas de la exposición del British es un espectacular áureo que presenta la efigie de Adriano en el anverso, y en el reverso una figura femenina con una rama de olivo en la mano, a modo de encarnación de Hispania. Y es que en el olivo está el ‘quid’ de Adriano, de su ascendencia y de su imperio. El comisario de la exposición, el conservador Thorsten Opper, subraya la ascendencia surhispánica de Trajano, padre adoptivo de Adriano, e igualmente pone énfasis en las raíces parentales del propio Adriano, cuya enriquecida familia dotó al Senado con varios miembros. Los productos mediterráneos, y en particular el aceite, proporcionaron una vida muelle a los béticos. Una molicie que permitió, a su vez, la excéntrica vida de Adriano –el primer emperador barbado, dicho sea de paso–, su desmedida afición a la caza, sus viajes y su gusto por lo griego –que le valió el apodo de Graeculus–, su tendencia a la literatura, la filosofía, la belleza… en combinación con un imparable cursus honorum y una mano firme en que se aunaron la violencia más implacable… y la ternura homosexual más desbordada.
La exposición arranca y muere en la literatura: desde las célebres ‘Memorias de Adriano’ de Marguerite Yourcenar, cuyo manuscrito se exhibe en una vitrina como idea desde la que iniciar el itinerario, hasta los reflexivos versos Animula, vagula, blandula… atribuidos al emperador, con los que se cierra la muestra; igualmente, las palabras de los escritores clásicos sirven de lúcida guía por las diferentes secciones de la exposición. Excediendo a la palabra, la imponente presencia de Adriano, representada por los fragmentos de una monumental estatua del emperador de casi cinco metros de altura recientemente hallada en Sagalassos (Turquía): cabeza, brazo y pie hercúleos, que verdaderamente sobrecogen.
Guerrero. Soñador. Visionario. Las diversas facetas del emperador, hasta las más peculiares, se muestran en esculturas varias: la célebre cabeza juvenil en bronce extraída del Támesis en el XIX, además de otras imágenes en las que Adriano aparece bien con atuendo griego, bien desnudo con tocado marcial (y poco imperiales atributos), bien con toda la artillería militar encima y aplastando a un bárbaro de reducido tamaño, bien con gesto implacable, bien meditativo y ya maduro. En todas ellas, una nota común: un peculiar pliegue en el lóbulo de su oreja. Un detalle anatómico que permite especular con una enfermedad coronaria del emperador (es un rasgo frecuente en enfermos de esta categoría), quien, por lo demás, murió de muerte natural, ajeno a dagas y venenos: todo un logro en el Imperio Romano.
La exposición explora otros aspectos interesantísimos: la inclinación de Adriano por la arquitectura es uno de ellos. Su huella en la restauración del Panteón se ha perpetuado posteriormente en algunos edificios más que notables: San Pedro del Vaticano, Santa Sofía, Santa María de las Flores, la mezquita Suleimaniye, el frustrado Halle des Volkes de Speer… o la propia cúpula de la ‘Reading Room’ del British Museum bajo la que se custodia la muestra adrianea.

Como era de esperar, no falta un espacio dedicado a la Villa Hadriana en Tívoli, con una magnífica maqueta y un fondo con enormes fotografías retroiluminadas. Desde la Villa Hadriana nos adentramos de forma natural en el universo de Antínoo. Una fascinante escultura del mítico efebo de Bitinia permite explicarse por qué todo un emperador pudo caer de rodillas ante él. En ese espacio, también, se exhibe la espléndida Copa Warren, con escenas homosexuales explícitas. Y frente a este entorno estrictamente masculino: el honor, la pudicia, la venerabilidad de Vibia Sabina, la esposa de Adriano, deificada a su muerte; la mujer de la que se dice que no llegó a consumar su matrimonio pero que, en cambio, mantenía relaciones lésbicas con alguna que otra amiga.
Entre todo ello, cascos, corazas maravillosamente labradas, vestigios de represión, de liderazgo político-militar y territorial (la ciclópea Muralla de Adriano del 122 que dejaba a los “bárbaros” al otro lado del Imperio), también de afectos paterno-filiales (el precioso camafeo de Trajano y Plotina, los retratos de Marco Aurelio y Lucio Vero niños)… y de reflexión sobre la muerte: un lugar en que reposar (el Castillo de Sant’Angelo) y unas palabras para la posteridad (Animula vagula blandula,/ hospes comesque corporis/ quae nunc abibis in loca/ pallidula rigida nudula/ nec ut soles dabis iocos).

Cy Twombly en la Tate Modern
por YOLANDA NOVOA

La exposición retrospectiva de Twombly lleva por título Cycles and Seasons, por lo que no extraña que se estructure en base a ciclos temporales a la vez aislados y concatenados cronológicamente. Representados conceptualmente por distintas rooms, que forman la arquitectura artística del creador, ofrecen al espectador la oportunidad de investigar en estos espacios, descubriendo los detalles más íntimos de la pasión de Twombly: la pintura.
En las primeras salas de los años 50 aparecen caligrafías ininteligibles: rayados o esgrafiados sobre los lienzos y papeles, posiblemente influenciado por su trabajo de criptógrafo en el ejército tras ser reclutado en 1954. En esta época se instala en Roma y queda hechizado por el mundo clásico, por la luminosidad del Mediterráneo y los poemas de Mallarmé. Estas influencias quedan patentes en Olimpia, y Arcadia. También podemos apreciarlas en otros trabajos sobre papel, con varios elementos recurrentes: el horizonte, el blanco de las olas, signos incomprensibles, series de números… Parece que el artista no pudiera controlar el impulso de rayar automáticamente con el crayon, de arrojar masas de pintura, apretando el tubo directamente.

Instalado en Roma, las salas de los años 60 revelan otro ciclo vital y artístico, aunque conserve algunas constantes de los anteriores. Introduce en las obras un estallido de color y materia, una estética barroca plena de violencia y símbolos sexuales. Es una esplendida lección de expresionismo abstracto que se materializa en la serie Ferragosto, donde acrecienta la intensidad cromática y el grosor de las texturas. Es una representación de la fiesta: rojo de sangre, marrones escatológicos y marcas directas de las manos que acarician el lienzo en un impulso final de no querer finalizar el acto creativo, bailando, embriagándose, danzando con la pintura.
Años 70. Penetramos en otro recinto, donde la intensidad de la luz se reduce y recuerda que la vida contiene etapas tristes que influyen poderosamente en cualquier representación plástica y que la obra de un artista es su autentica radiografía. Entramos en silencio, como si se tratara de un templo religioso, para no interrumpir el ritual. La muerte de un ser querido (Nini Pirandello) queda plasmada en forma de poemas visuales de gesto contenido, con suaves veladuras y esgrafiados descendentes que tienden al pesimismo y la delicadeza.
Superado el ciclo anterior, Twombly demuestra su fascinación por el arte clásico al convertirlo en protagonista de su producción durante los años 80. La tragedia de los personajes mitológicos Hero y Leandro se convierte en objeto de la exquisita trilogía de lienzos que preside esta sala. El peligro de la profundidad marina se ve acentuado por misteriosas olas verdes y violáceas de bellísimas tonalidades, amplias pinceladas van descargando pigmentación hasta desembocar en una orilla tan blanquecina como inalcanzable. El artista rescata aquí los mitos clásicos para contemporaneizar sus tragedias, recurrentes a lo largo de la historia del arte.
La habitación estrella está compuesta por las dos series de las cuatro estaciones. Primavera., verano, otoño e invierno. Son cuadros de tamaños desmedidos que sugieren el esplendor de los ciclos naturales. El autor despliega todo su vigor expresivo en estas evocadoras creaciones, donde convierte manchas abstractas en formas naturales, inspirado por los poemas de Rilke. El pigmento, protagonista absoluto, impacta sobre la superficie y se desmaterializa, fluyendo en líquidos torrenciales. El concepto principal del ciclo vital alcanza la cima en estas obras, vida y muerte en un círculo perfecto.
La etapa que cierra la exposición conmemorativa del 80 aniversario de Twombly impacta por la enormidad de la escala. Las señales criptográficas de los años 50 se convierten en gigantescos rastros de vuelos ondulantes en el espacio. De las pinceladas, muy diluidas, surgen diminutas huellas. Y nuevamente recurre a los mitos clásicos, concretamente a la figura de Baco. Por ello impera el rojo monocromo, como connotación del vino, del placer, de la relajación sensual y las orgías, en estas últimas obras alumbradas en 2005.
La exposición podrá ser admirada en el Museo Guggenheim de Bilbao a partir del 28 de octubre.

ENGLISH TRANSLATIONS
Santanderinos en el Instituto Cervantes de Londres

por JESÚS ALBERTO PÉREZ-CASTAÑOS

ENGLISH TRANSLATIONS ha sido un recentísimo proyecto cultural que ha reunido el trabajo creativo de artistas, escritores y músicos de Cantabria. Se presentó en el Instituto Cervantes de Londres el martes 9 de septiembre en una celebración gozosa y entusiasta. Un evento global que ambicionaba tener repercusión mediática en una ciudad saturada de arte. La presentación del trabajo colectivo de seis pintores, cuatro poetas, dos fotógrafos y dos músicos cántabros desde un nivel de tanta exigencia, resultó un reto de fascinantes logros. Todo ello no hubiera sido posible, sin la ayuda y coordinación de la Autoridad Portuaria de Santander, entidad que está realizando un importantísimo apoyo a la cultura y el arte en Cantabria.
La ceremonia de apertura de ENGLISH TRANSLATIONS concitó un numeroso público que siguió con atención la programación establecida. Este acto de presentación en el Instituto Cervantes de Londres contó también con la presencia de su Director, el novelista Juan Pedro Aparicio, la Jefa de Actividades Culturales, Olvido Salazar y otros responsables del Centro. Acudió igualmente una representación de la Embajada de España, en la persona de su Canciller y sus primeros secretarios.

La celebración se inició con la actuación del rabelista Chema Puente, acompañado a la guitarra flamenca por Ramón Fernández. Los asistentes pudieron comprobar la resolución interpretativa de los músicos, que mostraron la facultad de la tonada tradicional de Cantabria, por ser percibida en toda su dimensión sensible y evocadora. El talento y la acompasada voz de Chema Puente, junto con la guitarra de Ramón Fernández, concluyó en una cerrada ovación de un público emocionado.
Alternados entre las canciones, recitaron cuatro de los más interesantes poetas que escriben en Cantabria: Ana Rodríguez de la Robla presentó un conjunto de textos frágiles y poéticos cuya armónica construcción y equilibrada estructura semántica, constituyen uno de los más fascinantes recorridos por el esplendor que se aloja en la palabra. Narraciones escritas desde una distante melancolía que se establece, como posicionamiento conceptual ante la declinación inevitable del tiempo y su fugaz travesía por la belleza. Reflexión establecida, a modo de periplo vital de recorrido casi geográfico, por un paisaje narrativo inmerso a su vez en un ámbito de magnífica trascendencia.
Fernando Abascal Cobo es un minucioso orfebre que observa los detalles que conforman la estructura lírica de la ausencia y su elaboración en un discurso directo y escueto. Uno de los escritores más precisos a la hora de deslindar el rastro de la errancia y el territorio del desconsuelo. Capaz de otear la escasa firmeza de la realidad cuando la memoria se sustenta sobre aguas fluctuantes. A él pertenecen algunos de los poemas más conmovedores de la poesía cántabra contemporánea. Guillermo Balbona presentó en este proyecto un conjunto de poemas de compleja configuración, cuyo destino es materializarse en un emotivo monólogo, donde aparecen inquietantes versos de enigmática claridad, en un soberbio trabajo poético que se realiza con sensibilidad y firme traslación expresiva. La amplia gama de recursos formales que posee al posicionarse en la distancia del poema y su soledad, le hacen parecer un hábil francotirador.
Juan Antonio González Fuentes, en el comienzo de su intervención, realizó una afortunada y descriptiva metáfora para explicar la construcción de sus poemas, al acudir al símil del famoso dripping del pintor Jackson Pollock. La plasticidad tan determinante que se aposenta en su prosa y las insólitas imágenes utilizadas al modo pictórico, como derramados y estarcidos, demuestran el conocimiento argumental del texto que posee y su finalidad última de reconstruir el mundo, de rehacer la palabra aunque ésta se sustente en el silencio y su muda presencia de naufragio. La evocación de un lenguaje simbólico rubrica su original dependencia a la alegoría y la paráfrasis, con fascinantes resultados. Durante la casi hora y media que duró el recital, fuimos conscientes de apurar un tiempo especialmente hermoso, una magnífica oportunidad para exteriorizar la vitalidad e interés de la cultura realizada en Cantabria en un marco excepcional.
Finalizadas las actuaciones, se pudo visitar la amplia exposición que ocupaba el vestíbulo, las escaleras, pasillos y salas de éste noble edificio. En el amplio vestíbulo situado en la planta baja, se dispuso un espléndido trabajo de Yolanda Novoa, que llenó de hermosa fragilidad aquella estancia. Una construcción de 2 metros por 2,20 m realizada sobre un bastidor cúbico de madera blanca, desde el cual se derramaba una cascada de gútulas y lamas construidas en papel policopy mate. A su vez, estaban impregnadas de aguadas magentas muy diluidas que dejaban surcos y sedimentos y se interferían entre si con veladuras y transparencias mágicas. Soporte que a su vez mostraba imágenes de las dos “Gracias” (Aglaya y Eufrósine), símbolos de la creatividad, de la alegría, de la vida. El título de la obra: De latir, mi corazón se ha parado.
En una sala contigua, la obra de Ángel Izquierdo estaba representada por cuatro cuadros dispuestos conjuntamente en línea. Ofreciendo la estimulante singularidad de apreciar un trabajo expandido y continuo, donde la engañosa percepción de las imágenes construidas digitalmente, es resultado de un proceso visual altamente técnico y sofisticado. Imágenes esquivas que se afianzan en un entramado de líneas cruzadas y superposiciones que aportan soluciones sensoriales y sígnicas en un contexto de irrealidad y color de resultados vibrantes. En el mismo lugar cinco magníficas fotos de Javier Vila establecían la motivación del viaje como elemento conductor de sus imágenes, llenas de inmediatez y soltura gráfica. Una de ellas positivada en un rotundo tamaño de 3,30 m. de largo por 75 cms. de alto, fijaba su potencia descriptiva enalteciendo elementos iconográficos, que hacía de ella más un breve relato costumbrista que una fotografía al uso. Proceso que ahonda en la dialéctica fotografía y literatura, correspondencia fascinante en un trabajo artístico. Sobre el vano de la escalera principal, presidiendo el vestíbulo, colgaba-flotaba una soberbia pieza de Rafael Leonardo Setién titulada Las bodas químicas. Un vestido de novia ataviado con una máscara anti-gas a modo de espantado rostro, se sostenía en el vacío por invisibles hilos y oscilaba como una aparición fantasmagórica, en una representación extraordinariamente romántica de la pureza vulnerada, de la inocencia exenta de culpa, en un entorno agobiante y contaminado. Acompañaban a esta obra 16 dibujos magníficos situados en una de las salas de la primera planta, igualmente simulacros de máscaras, sombras, cabezas y rostros de preciosa factura, láminas de un imposible libro que hablara de la desolación. En una vitrina situada también en el vestíbulo, se exhibía una pequeña colección de pequeñas esculturas de máscaras anti-gas, labradas sobre ¡pastillas de jabón! Material inusual pero perfectamente adaptado para mostrar todas las posibilidades estéticas de lo cotidiano y un guiño desacralizador a los materiales divinos en el arte.
Damian Rodríguez Verloop, es uno de los jóvenes pintores que han escogido la pintura como traducción de un mundo personal pleno de tensiones y alegorías vitales. Desarrollos emblemáticos, utilizados a modo de sensible análisis que se representan por el uso del color en superficies compactas, rotas en ocasiones para provocar perfiles y desgastes acuosos, con inclusiones de caracteres propios de la escritura, descrita a su vez como erosiones de un pincel o heridas sobre el lienzo. Ricardo Cavada presenta seis cuadros de inquietante plenitud compositiva. Territorios de color donde el artista estructura lindes que separan y orientan otras superficies cromáticas, plenas de matices y transparencias, unas veces clarificadas en aguas de impronta diluida y carácter lírico, otras en densidades profundas que hace parecer a la pintura como un sedoso tejido de brillo aterciopelado. Se disfrutan éstas obras con el deleite de contemplar raras piezas de gran perfección técnica. Es este pintor un capaz artífice de la belleza, todas sus obras son resultado de la habilidosa capacidad que posee para transformarse en inexcusables razones para el gozo contemplativo.
En cuanto a Bruno Ochaíta, ocupó un extenso espacio en la escalera entre las plantas segunda y tercera, donde un total de 22 fotos de diverso tamaño, se expande en una instalación de más de seis metros que a su vez parten de un vinilo de dos metros de alto, prototipo del cuerpo del fotógrafo de cintura abajo. El hallazgo fortuito de objetos y escenas que se encuentra al paso, aporta ocasiones para fotografiar aquello con que se tropieza. El suelo y los pies de fotógrafo, es la perspectiva destacable entre un sinfín de cosas que pululan ofreciendo su más descarada realidad, asuntos que su estimulante juventud interpreta como auténticos tesoros al descubierto. Por último, en la tercera planta, Joaquín Martínez Cano, estableció a través de un conjunto de cuadros, soluciones sorprendentes de enigmática verosimilitud. En ellos los relieves y la pintura establecen un diálogo de formas e imágenes. Un entramado óptico de colores y claroscuros que simulan sutiles matices reveladores de una retina inquisitiva. Una personalísima manera de vislumbrar la realidad entre sombras y planos coloreados, resaltes aludidos en una ficción que al ser escrutada nos deja ver su auténtica naturaleza abstracta, de belleza rotunda.

Ellos fueron los artistas, los músicos, los poetas que dieron voz a la cultura de Cantabria en Londres. Un proyecto cuya trascendencia se mide por el entusiasmo que despertó y la atención que nos prestaron. Su valoración responde a la necesidad cada vez más urgente de mostrar fuera de nuestra Comunidad Autónoma, una cultura de calidad que es apreciada en su justa medida.

Turandot en el Euskalduna (ABAO),
por ROBERTO BLANCO

Pretender presentar Turandot en un marco fastuoso sin que haya lugar a concesiones que aludan al orientalismo arqueológico o a falsas chinerías es un gran riesgo, pero zambullirse en la obviedad es todavía peor. Es lo que ha conseguido Nuria Espert con su producción que clausuraba la 56 temporada de la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera (ABAO).
El elemento ceremonial no debe ser sólo decoración, sino raíz de la sustancia dramática, que en esta Turandot quedó empañado por una regia al menos discutible: los movimientos escénicos no permitieron el fluido desarrollo de los sucesivos cuadros, creando una sensación de sofoco que acabó convirtiendo en carnavalesco el rito cruel e imperativo de la principessa di gelo; el temible verdugo Pu-Tin-Pao era aquí una escultural mujer, pero sobre todo sorprendió el suicidio de la protagonista mientras el coro canta las glorias del amor.

Antonello Allemandi se apropió de la Orquesta Sinfónica de Euskadi dispuesto a extenuar los sonidos y hacerlos tronar en excesivos fortissimi, como si la representación tuviera lugar en la Arena de Verona, eclipsando lo que ocurría en escena y tapando a sus cantantes en casi todo momento. De ellos, Marco Berti –cantó Gioconda en Santander hace dos años- construyó un Calaf de voz bella y poderosa, mejor en las partes heroicas que en los momentos más íntimos, como en el “Non piangere Liù”, y su esperado “Nessun dorma”, con su agudo final engullido por la orquesta, no fue especialmente brillante.
Víctima también del exceso orquestal fue Latonia Moore, una Liù insegura al principio, con voz ligeramente velada pero con adecuada proyección, que finalmente recogió la mayor ovación.
El trío de ministros Ping, Pang y Pong (Marco Moncloa, Jon Plazaola y Mikeldi Atxalandabaso) actuó con buen movimiento escénico y estuvo correctamente acertado. En cuanto a la protagonista, la elogiada Adrienne Dugger, no parece que Turandot sea su papel: su voz no tuvo la capacidad de expandirse con fuerza y dulzura a la vez, su agudo rozaba el grito, con desajustes tímbricos continuos, y su excesivo vibrato acabó incomodando a los oyentes.

Finalmente, el Coro de Ópera de Bilbao, aunque bien empastado, acabó atronando la sala en su duelo particular con la orquesta.

PUNTO DE ENCUENTRO

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Rebelión de las flores: Mil Rosas en Santander

texto ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA
fotografía JAVIER LAMELA


MIL ROSAS. Calle del Cubo, 1. Santander.
Teléfono: 942213041. E-mail: santander@milrosassantander.com

Entiende un ramo de rosas como una rebelión de la belleza, y defiende el derecho de las flores a nacer y morir. Cuando compramos un ramo que se extingue en nuestra casa, en nuestro jarrón más transparente, se escribe una historia pequeña de amor. Es lo que piensa Charo Cuena, y lo dice con desbordante naturalidad, con la sonrisa que siempre la acompaña. Charo está al frente de ese reducto embriagador que se llama Mil Rosas. Una floristería, sí, en estos tiempos en que el lenguaje de las flores parece el único que puede esgrimirse contra la barbarie que a menudo nos circunda. Quizá las rosas fueron siempre rebeldes al horror, por eso aquella frase de Alejandra, la oscura bonaerense: “la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”… Unos versos que presiden la entrada de la tienda. Rosas y versos: una combinación llamada al éxito, a la buena convivencia. En la tienda de flores de Charo, que por el día es pura luz, frescura, llega al atardecer una iluminación más suave, se desparraman cojines y pétalos sobre el suelo de madera, surgen vasos de té y copas de vino de no se sabe muy bien dónde.
Suele ocurrir esto en los jueves de la primera semana de cada mes, cuando se concita en la tienda la reunión acostumbrada: son los Jueves de Pétalos y Poesía. Una vez al mes, hacia las ocho de la tarde, empieza a abarrotarse de gente el local de Charo; llegan poco a poco y van saludándose y charlando, hasta que casi no cabe un alfiler. Es gente aficionada a la lectura, de procedencias, edades y ocupaciones diversas; gente que tiene en común el amor por la hermosura insolente de las flores y el gusto por la poesía. En Mil Rosas, ese día, se ha invitado a un poeta a que comparta sus versos con los asistentes. A cambio recibe amistad, atención y atenciones, té, flores. Se suele acabar tarde, porque en veladas de ese género nunca hay ganas de cruzar el día.
Además de flores y poemas, en Mil Rosas se custodia también arte. En estas semanas de octubre y noviembre penden de las paredes de piedra lienzos de Juanjo Viota, algunos de gran formato. Antes que Juanjo expuso en esas paredes otra de la jóvenes artistas emergentes de Cantabria, Mar Pajarón. No es casualidad. Las artes llaman a las artes, se encuentran cómodas en compañía.
Nada es casual, no. En cada centro, en cada arreglo, en cada ramo de Mil Rosas está Charo y los amigos y las tardes de lectura y el olor de la pintura que emana de las telas suspendidas. Arte, poema, rosa. Las rosas vivas y amantes y rebeldes que con su seda resplandecen en el día y se preparan para el viaje decisivo de la noche.

CINCO AÑOS DE ¿MEMORIA?

Recuerdo, reflexiones y balance en torno a los cinco años transcurridos desde la desaparición de José Hierro.

por ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA


Transcurridos cinco años desde la desaparición de José –Pepe– Hierro en el 21 de diciembre de 2002, parece que se suscita una necesidad de reflexión; reflexión que pasa inevitablemente por el recuerdo, por la memoria del poeta que nos abandonó, pero también por todo lo ocurrido –y lo no– precisamente en el trecho temporal legado por su ausencia.
Friedrich Nietzsche, en una de sus lapidarias y descarnadas definiciones, hablaba acerca de las frías aguas del cálculo egoísta. Expresión que ahora nos viene muy al pelo cuando miramos hacia atrás y desgranamos el maremágnum de loas y homenajes, lecturas y relecturas, reediciones de ediciones ya existentes y súbitas resurrecciones de proyectos más que viejos, entre otras muchas manifestaciones, por supuesto interesadas, en la figura de Pepe Hierro. Manifestaciones todas ellas, sin duda por pura casualidad, acontecidas en los meses inmediatamente posteriores a la desaparición del poeta, abigarradas al calor de lo reciente del suceso, y que, no sé si por desgracia o por fortuna, pero en todo caso por acción del tiempo inexorable, van resultando cada vez más espaciadas, menos numerosas, menos grandilocuentes: menos presentes, en suma. En España no se sabe –o no se quiere– mirar a largo plazo, no hay proyectos sostenidos. En España, si se supiera latín, regiría el ausoniano collige, virgo, rosas; pero como latín ya no se gasta, pues hay que decirlo como Nietzsche lo decía, apelando a la imagen de las frías –heladas– aguas del cálculo egoísta, o lo que es lo mismo, al agudo sentido del momento propicio, del oportunismo, capaz de anegar los propósitos más nobles –y eso cuando lo son, que por supuesto no siempre. La captura intencionada de centenarios, sesquicentenarios o pluricentenarios para avivar hechos dormidos no me parece del todo mal; cualquier argucia es buena para rescatar algo valioso del olvido. Lo que resulta triste en grado mayúsculo es que se hayan realizado esfuerzos tantos para recuperar una memoria que aún no se había perdido, a veces esgrimiendo la bandera de una amistad o un desvelo inexistentes –no me atrevo a decir que en propio beneficio–, mientras que, llegado el momento de actuar porque el reloj así lo indica, los paladines aquellos convirtiéronse en humo, en polvo, en sombra, en nada. ¿Qué se fizieron?
Así pues, cinco años después de la desgraciada partida de uno de nuestros poetas más poetas –ruego se me perdone la parcialidad– los innúmeros amigos, estudiosos, conocedores y plañideros de Pepe Hierro han ido diluyéndose poco a poco… y no queda sino un erial desolador y desolado. Las obras completas de José Hierro siguen durmiendo un sueño plácido en ese limbo que –Vaticanus dixit– ya no existe; no contamos con un solo estudio, extenso e intenso, a la par que riguroso, de auténtica referencia, sobre la obra del poeta; y la Fundación José Hierro en Cantabria, entendida como activo centro de aglutinación poética, documental y de estudio, es una entelequia. En tal sentido, la Fundación Gerardo Diego, afincada en nuestra ciudad en la que antaño fuera casa de Don Marcelino Menéndez Pelayo, supone el ejemplo más cercano de una institución que, animada por un espíritu que en principio pudiera y debiera ser bastante similar, se ha consagrado a conservar, difundir y ensalzar el legado del poeta que con fervor custodia. Si bien es cierto que en el caso de Hierro existe el llamado Centro para la Poesía que, ubicado en Getafe, lleva ya su nombre y es dirigido por su nieta –tras la muerte de Margarita Hierro–, no parece que ambas deban ser iniciativas excluyentes si se perfila una adecuada distribución de funciones.
Pero además tampoco debe soslayarse otra cuestión. Y es que, el entorno de las letras, por lo general tan solipsista, es muy dado a organizar actividades para acabar mirándose el ombligo delante de unos cuantos iniciados, olvidando un hecho sin precedentes en la historia –la historia venal, estadística– de la literatura española: que Cuaderno de Nueva York ha sido uno de los grandes best-seller de España desde su misma aparición. A pesar de que en España la poesía no se lee. Esto por fuerza significa algo, y nos pone en la pista de que estamos ante una figura que no puede dejarse apagar. Los compradores de Cuaderno de Nueva York no necesitaron de crípticas serenatas entonadas por supuestos expertos sobre los versos de Pepe Hierro. Quizá haya que plantearse que entre esos compradores del Cuaderno hay grandes lectores de la obra de Hierro, pero también lectores que se acercaron a Pepe por primera vez a través de ese libro y carecen de una perspectiva. Quizá haya que plantearse que la recuperación y celebración de un gran poeta –por ejemplo Pepe Hierro– puede tornarse también una labor sostenida y silenciosa, las más de las veces anónima. Pero no por ello desechable.
Cinco años después, en todo caso, por encima de vindicaciones o de olvidos, de lecturas o reescrituras, aquel verso del poeta, José Hierro, sigue más que nunca en pie: “Dirán que he muerto, y yo no muero”.

SENTIDO Y SENSIBILIDAD


texto ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA
fotografía JAVIER LAMELA


RESTAURANTE FAUSTO. Fernández de Isla, 15. Santander.
Teléfono: 942236690. E-mail:
info@restaurantefausto.es

Los sonidos de Gotan Project sugieren con lunfardo acento que ella baile. Y ella, la Gran Victoria –la de Samotracia, claro– no se hace de rogar: avanza un paso en el suelo de madera, limpio, enceradísimo, y la falda se le arremolina entre las piernas. Cuando llego, la Victoria baila sola al fondo del salón. Su partenaire está ocupado: vigila los fogones y la puerta. Y es que, como Argos, Juan Madrazo tiene cien ojos para velar que todo esté en su sitio. Tras la cálida puerta decapada que da acceso al local, hay un mostrador con todo tipo de revistas, catálogos, convocatorias… relacionadas con el arte y la cultura. Allí me encuentro QVORVM, entre invitaciones a inauguraciones de arte, tarjetas diversas… y no es un detalle preparado: la revista se ve usada, bien usada. Estoy en el Restaurante Fausto.
En el restaurante de Juan la música es elegante y distinta –no en vano le gusta pinchar discos en días libres, siempre bajo estricta petición amical–, una música que puede abarcar tango, electrónica jazzística o una particular revival session –por ejemplo–, y que se aúna con un ambiente cuidadamente informal, en que un malva audaz en las paredes se hermana con esa espléndida Victoria clásica que blanca se alza hasta el mismísimo techo. La luz es exacta, íntima sin resultar sombría; las mesas son amplias -algo cada vez más difícil de encontrar en un restaurante- y las sillas cómodas. Todo incita e invita a quedarse. El colmo sería que además se comiera bien. Veremos.
En el Fausto es muy fácil encontrarse con gente de la cultura. Galeristas y pintores paran por allí con frecuencia. También críticos musicales y literarios. Poetas. En el Fausto, además, es muy fácil hablar: el entorno lo procura y las compañías también. Juan Madrazo lo sabe y da rienda a sus gustos: en seguida te cuenta qué le pareció el teatro del día anterior –yo coincidí con él en el Frenesí de L’Explose– o la próxima exposición que tiene sobre ojo.
En el Fausto, además del santanderinísimo Juan y la Victoria griega, hay un equipo de otras cuatro personas: Vito (cocinero), Yo-Yo y Margaret (ayudantes de cocina) y Cecilia (servicio de sala), filipinos todos salvo Margaret, que es dominicana. La Victoria es con mucho la mayor, aunque no se le nota; el resto oscilan entre los treintaymuypocos y los treintaytodos. Multiculturalidad, fusión y juventud: un cóctel que, si se agita convenientemente, puede dar muy buenos resultados.
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Ya en la mesa, me dejo aconsejar. Acordamos un menú ligero, sin excesos, uno de los miles de variantes que Juan y su equipo suelen llamar “menú del día”, y que hace justo honor a su calificativo “del día” porque jamás, salvo algunos platos muy “fetiche”, se repite. De entre la carta de vinos, inusual, cuidada y muy actualizada con vinos menos atentos al nombre que a la calidad, elegimos un un Rueda joven, de Valladolid, de color amarillo paja traslúcido, levemente seco y muy fresco, intensamente aromático: Verdejo Tramoya 2006. Un aperitivo de bienvenida de queso fresco y fresa con aceite a las finas hierbas y delicioso aliño agridulce nos entretiene hasta la llegada del primer entrante: brochetas de alcachofas y gambas en tempura con suave salsa de azafrán en copa aparte para servir según el gusto de cada quien –excelente cortesía, pues en materia de salsas, nada está escrito–. El segundo entrante consiste en un exquisito milhojas de berenjena templado con tres quesos fundidos, acompañado de espejo de tomate y fresa y aliñado con aceite balsámico.
El recuerdo de Sarah Vaugham se hace presente sin interferir en la conversación. Música vocal e instrumental se alternan con espontaneidad. Y el pan, por cierto, está recién horneado, excelente.
Como plato fuerte llega una dorada salvaje de tamaño mediano rellena de cebolletas, acompañada de puerro y pasas y aliñada limpiamente con aceite virgen, sin más salsas. Pescado fresquísimo y en su punto preciso, natural en su absoluta limpieza, sólo levemente matizado por la dulzura de la cebolleta. Excelente maridaje con el vino. Para entonces, una moderada versión con voz de mujer del It’s only rock’n’roll de los Rolling Stones ha caldeado el ambiente.
Llega Cecilia con su cata personal de postres; su sugerencia y su sonrisa nunca fallan. Así que me decido por un rico coulant de chocolate blanco y coco con fresa almibarada.
La gente del Fausto es sencilla, sin pretensiones. Su profesionalidad no les resta cercanía. Vito viene a saludarme y a preguntar cómo estaba la comida. Cecilia me habla de sus niñas. Juan me enseña el precioso perro labrador, aún pequeñísimo, enteramente negro, que acaban de regalarle.
Llega el café, que es excelente: equilibrado y con sabor. Suena reggae de fondo. El ambiente es placentero. Culto pero relajado. Continuamos hablando hasta la hora de cerrar. Cuando al fin me voy miro hacia atrás: la alada Victoria, sin cabeza, se sonríe.

ENTREVISTA CON ANDREAS SCHOLL

“La música debe ser un alimento para la vida, pero la vida no debe ser pasto de la música”
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por ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA

Le gustan Chet Baker, Antonio Carlos Jobim y Frank Sinatra, además de John Dowland, Georg Friedrich Haendel o Johann Sebastian Bach. Su voz es en este momento una de las más preciadas dentro de esa peculiar marca de distinción que constituye ser un contratenor, y probablemente sus grabaciones del Stabat Mater de Pergolesi, de la Pasión según San Mateo de Bach y de muchas de las arias de Haendel se cuenten entre las más hermosas y refinadas de las varias habidas y por haber.
Nacido en Alemania en 1967, Andreas Scholl era un joven que cantaba casi por mera afición hasta que se encontró por casualidad en un concierto con René Jacobs. Después de esto –y de mucho estudio y esfuerzo– sobrevinieron las grabaciones con Herreweghe, Christie o el propio Jacobs. Recién llegado a la cuarentena, se ilusiona del mismo modo dando voz a Senesino que interpretando sus propias canciones pop.
El 18 de agosto Scholl impartirá un recital en Santander, en el Palacio de Festivales de Cantabria. La Revista de Cultura QVORVM ha tenido oportunidad de hablar semanas antes con un Andreas Scholl realmente accesible, abierto y franco, que no vaciló en reclamar espacios para la vida y para la música. Su bien conocido aspecto juvenil no es una máscara.


Andreas Scholl estará pronto en nuestra ciudad, en el Festival Internacional de Santander, donde interpretará algunas de las arias más bellas Haendel y también algunas otras de compositores como Porpora o Lotti. Es la primera vez que usted viene, no a España, por supuesto, pero sí a Santander y al Festival. ¿Cuáles son sus expectativas?
Bien, creo que en principio la concepción del concierto en sí, tal como está planteado, condiciona un tanto el género y las expectativas del propio público. El hecho de que la gente acuda a una sala de conciertos específica en verano, y además en el seno de la programación de un festival –de un festival de verano, por más señas–, conlleva una serie de situaciones añadidas: se supone que se trata solamente de música, pero en realidad intervienen el tiempo, el calor, la sensación de vacación, la intención de compartir ampliamente una serie de experiencias emotivas y artísticas. Me gusta intervenir en este tipo de festivales porque el público está feliz, relajado, sin (pre)ocupaciones, y ello favorece que se disfrute en mayor medida de la música y que esta se integre más fácilmente en el sentir del auditorio.

Si puede hablarse de una característica específica en su trabajo es que usted, a diferencia de otros muchos artistas, nunca imparte el mismo recital en lugares diversos. ¿Cuáles son los criterios que sigue para confeccionar el programa propio de cada sala de conciertos?
En general, cada recital permite un tiempo suficiente para ser preparado. A diferencia de una ópera, que requiere de una inversión de tiempo realmente extraordinaria, un recital, por lo que tiene de íntimo, puede concebirse al modo de un pequeño regalo. El hecho de intentar hacer en cada recital algo distinto implica también mi propia pretensión de intentar aportar algo nuevo cada vez.

No es un secreto que usted compone sus propias canciones ya desde su primera juventud, e incluso que posee un estudio de grabación profesional en su propia casa. ¿Cabe la posibilidad de que en no mucho tiempo active usted su propio sello musical?
En octubre de este año tengo previsto regresar a Kiedrich, la ciudad donde crecí, después de casi veinte años de permanencia –primero como estudiante y luego como docente– en la Schola Cantorum Basiliensis; no obstante, mantendré algunas semanas anuales de docencia allí. Esto implica la posibilidad de dedicarme a un proyecto largamente acariciado relativo a un estudio de grabación en Kiedrich. Tiempo al tiempo.

Para los seguidores habituales del trabajo de Andreas Scholl en el ámbito de la música clásica, puede constituir toda una sorpresa la aparición de su último álbum, Scholl goes pop, aunque la relación entre usted y la banda de funck-rock “Orlando und die Unerlösten” no es nueva. En cualquier caso, usted siempre ha estado explorando diversas vertientes de la música: barroco, antiguas canciones populares o tradicionales, composiciones para laúd… Incluso en Scholl goes pop cada tema suena de forma realmente distinta. Creo que esto supone una novedad en un mundo cada vez más fragmentado, donde cada cual sólo parece capaz de abordar un único reto, donde el conocimiento está etiquetado y compartimentado. ¿Qué opina al respecto?
Bueno, mi relación con Orlando, que también es contratenor, comenzó hace realmente muchos años. Y en honor de la verdad he de decir que el fue el iniciador de este proyecto y que, además, fue absolutamente entusiasta con mis propuestas, aun cuando lo que yo pretendía no era precisamente dar cabida únicamente a mis propias canciones; esto es algo en lo que yo he insistido mucho, porque además no se trata en absoluto de presentarme como un gran compositor comparable a Vivaldi o Haendel –sería absurdo–, sino simplemente de dar a conocer mis composiciones, mi propio estilo, como una forma más de expresar mis inquietudes musicales. De modo que Orlando –que por cierto, es uno de mis mejores amigos– se hizo eco inmediatamente de todas estas ideas y aportó al mismo tiempo las suyas propias, y de ahí ha resultado una colaboración que lleva ya varios años circulando en forma de conciertos en directo y de grabaciones en DVD y CD. En realidad, tanto Orlando como yo mantenemos una enorme curiosidad por los más variados estilos musicales: el barroco, por supuesto, pero también la bossa-nova –que me toca muchísimo la sensibilidad–, el jazz… La curiosidad es lo que realmente aporta frescura a las ideas.

En idéntico sentido, ¿qué piensa de la mutua influencia entre la música y las demás artes? ¿Frecuenta la pintura o la literatura? ¿Hay, por ejemplo, algún libro que le haya inspirado en su particular experiencia musical? ¿Y la poesía (no olvidemos la vieja relación filosófica entre música y poesía)?
Es evidente que el arte tiene por fuerza un propósito, que no es otro que el de educar y acrecentar nuestro espíritu. La posibilidad de crear, de dar a luz cualquier obra de arte, de componer música, aparentemente proporciona una suerte de “poder” extraordinario, pero ese poder en realidad sólo lo es si es capaz de conmover a los demás. Para mí el arte tiene, como es lógico, un fuerte componente intelectual, pero ese componente intelectual debe revertir directamente en el corazón, transformándolo y estimulándolo. Tiene que haber algo que justifique que alguien coja un taxi para ir a un concierto, y tenga miedo de llegar tarde, y compre corriendo su entrada en la taquilla y se siente por fin, exhausto, a escuchar. En cada uno de mis recitales yo cojo un taxi para acudir a la sala de conciertos, bromeo con el conductor y me preparo para intentar provocar lágrimas, amor o una sonrisa, en todas y cada una de mis apariciones. Es fascinante ver cómo la gente entra a la sala de un modo y se va de otro bien distinto. Esto es, también, lo que me impulsa a intentar mostrar nuevas ideas cada vez. Mi padre murió hace siete semanas y pensé rendirle un homenaje a él y a mi madre, y cuando sentí la música sentí también mi alma abrirse y comencé a llorar. La música es y debe ser una llave directa a lo más profundo del alma, y pienso que cualquiera de las manifestaciones de la cultura participan de este mismo sentimiento.

¿Cómo aprecia usted la contribución por parte del cine a la aproximación de la música al público? Estoy pensando en películas como Farinelli, Tous les matins du monde, Le roi danse, Amadeus...
He de confesar que Farinelli en particular no fue una película que me gustara. Desde luego, la vi con mucho interés, entre otras cosas porque a mí, además de la música, me encanta el cine. Y de hecho hubo momentos interesantes en la película, pero acto seguido aquello decaía y se convertía en materia susceptible de la peor revista. De todos modos, es cierto que algunas de estas películas tienen la facultad de “transportar” al espectador y sumergirlo en el sentimiento de un universo musical. En realidad, pienso que estas cintas no debieran verse con la expresa intención de escuchar música, sino de dejarse de algún modo impregnar por ella: tú ves una película porque te gusta ir al cine, y en esa acción puede ocurrir que te dejes atrapar por su banda sonora.

En el mercado actual de la música clásica, ser un contratenor es ser una superestrella, lo que constituye una especie de sueño dorado, con sus ventajas y esclavitudes. Y me viene a la cabeza aquello que decía el poeta Novalis: “El mundo se vuelve sueño, el sueño se vuelve mundo”. ¿Qué puede hacer usted para mantenerse en el mundo real, a salvo de las absorbentes exigencias que implica su vida profesional?
No sabe hasta qué punto me hace feliz esta pregunta, cómo se la agradezco. Siendo –supuestamente– una estrella de la música se piensa que eres casi sobrenatural, y el público te aborda expresándote sus sentimientos acerca de tu labor, y te sientes satisfecho de haber intentado comunicar algo y haberlo logrado y por supuesto debes ser cortés con quienes te lo manifiestan porque es lo justo, pero en ocasiones resulta muy cansado, porque parece que no tuvieras otra vida que esa. La música debe ser un alimento para la vida, pero la vida no debe ser pasto de la música. En ocasiones, puede ocurrir que ser capaz de transmitir los sentimientos que destila el arte conlleva inmediatamente la consideración de ser un genio: un genio que de forma automática se convierte en un monstruo, en alguien sin vida propia. Es el precio que hay que pagar, un altísimo coste personal: un coste que se traduce en una espantosa falta de humanidad. Pero la vida auténtica está en la familia, en tu novia, en tus hijos, en tus amigos. Esa es la auténtica y más bella realidad. Algunos piensan: “soy tan grande que debo estar siempre presente, siempre dispuesto”. Qué equivocación. Yo estuve anoche en la boda de una amiga, y fue tan hermoso. Pero hay ocasiones en que apenas tengo tiempo para dedicar a la alegría o la melancolía o cualquier otro tipo de emoción, y eso es muy duro.

Y finalmente, y excúseme por lo amplio de la cuestión, ¿cómo evaluaría brevemente el entorno de la música clásica en la actualidad? Me refiero a las oportunidades para los músicos, a las condiciones de grabación, a la recepción por parte de la audiencia, a la concepción y contenidos de las temporadas y programaciones musicales…
Siempre me he sentido atraído por los modos de difusión de la llamada “música alternativa”, interpretada por esos tipos con melena y barbas, con su peculiar vestimenta, que no precisan de un sistema organizado de festivales o conciertos para gozar de la música. La música sucede en todas partes. La gente acude al cine de una manera mucho más libre a como acude a una sala de conciertos: llega, se sienta, ve, disfruta. Ningún concierto de música clásica hoy se concibe del mismo modo en que está concebida una sala cinematográfica. Recuerdo una serie de conciertos en varios Hard Rock Cafe: música rock, techno… con un público de veinte años. No existía un compromiso con la música como el que parece implicar Henry Purcell, pero aquellos jóvenes disfrutaban en verdad de lo que estaban escuchando. Pienso entonces que se trata de cambiar el modo de presentación de las cosas. Insisto en que la música está y puede estar en todas partes, y por tanto no existen formas fijas de acceder a ella, sino que debe existir un propósito más elevado: tener en cualquier caso la oportunidad de escuchar. Recuerdo ahora también una serie de festivales de música clásica en Copenhague, de precios económicos, al aire libre, donde la música clásica podía disfrutarse a lo largo de la tarde entera. Por otra parte, tampoco creo que deba marcarse una diferencia entre el Ombra mai fù o cualquier otro tipo de música. Sólo quiero subrayar la posibilidad de tomar en consideración otras propuestas para facilitar la difusión: la convencional sala de conciertos no debería constituir la única o preferente vía de transmisión de la actividad musical.

EL 27 POR INÉS FONSECA

Inés FONSECA: Generación del 27. Voz: Inés Fonseca. Arreglos: Raúl Quílez. Guitarra: Daniel López Arroyabe. Piano y programación: Raúl Quílez. Bajo eléctrico y acústico: Antonio Bernal. Percusión y batería: Cristian Cortantini. Edita: UIMP. Colaboran: Gobierno de Cantabria, Unicaja y Centro Cultural Generación del 27. Santander, 2007.

Acaba de presentarse el último trabajo de la compositora y cantante cántabra Inés Fonseca, en este caso dedicado a la Generación del 27, en estrecha relación con la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que ha sido la institución patrocinadora principal, junto a la colaboración del Gobierno de Cantabria, la Fundación Unicaja y el Centro Cultural Generación del 27.
En realidad, este nuevo trabajo no hace sino perpetuar una constante a la que Fonseca ya nos tiene acostumbrados: no el disco sino el libro-disco, elaborado con evidentes sobriedad y cuidado, formalmente bien presentado, con una selección meditada de contenidos a los que se pone una música pausada y elegante. En esta ocasión, Inés ha escogido poemas de Rafael Alberti (El cuerpo deshabitado), Vicente Aleixandre (Los besos), Dámaso Alonso (Ejemplos), Manuel Altolaguirre (Playa), Luis Cernuda (Oscuridad completa), Gerardo Diego (Playa de los Peligros), Federico García Lorca (Baladilla de los tres ríos y En la muerte de José Ciria y Escalante), Jorge Guillén (El descaminado), Emilio Prados (Me asomé) y Pedro Salinas (Yo no puedo darte más y El Contemplado), autores todos ellos ligados de forma obvia al devenir de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Pero este nuevo libro-disco de Inés Fonseca alberga, sin embargo, una peculiar concepción: y es que el trabajo Generación del 27 se ha querido entender como una suerte de correspondencia epistolar entre el pasado y el presente, entre la poesía de aquellos años y los poetas que en Cantabria escriben en la actualidad. En concreto, Lorenzo Oliván, Ana García Negrete, Adela Sainz Abascal, Regino Mateo, Jesús Cabezón, Marián Bárcena, Gloria Ruiz, Juan Antonio González Fuentes, Rafael Fombellida, Alberto Santamaría, Ana Rodríguez de La Robla y Carlos Alcorta han escrito su particular epístola a cada uno de los poetas del 27, tomando como referencia los textos cantados por Fonseca.
Respecto a la selección específica de poemas, pudiera tal vez objetarse que algunos de ellos no son quizá los más sobresalientes de sus autores; Lorca y Alonso, y en menor medida Salinas e incluso Aleixandre, bien podrían haberse visto representados por otros textos. Sin embargo, hay que admitir que la traducción musical que Fonseca ha realizado justifica su inclusión al margen de consideraciones estrictamente literarias. Por otra parte, se aprecia en la cantante la inclinación por aquellos textos que contienen alguna alusión, siquiera sesgada, a personajes o lugares íntimamente ligados a nuestra región (la playa de los Peligros, el poema a José Ciria…), estación obligada, mal que nos pese, siempre que se quiere sacar adelante un proyecto con denominación de origen made in Cantabria.
Los arreglos musicales de los diferentes temas siguen un patrón idéntico de mimo y cuidado al que se respira ya en la propia presencia del disco: se trata de arreglos discretos –en el mejor sentido del término–, que arropan los textos sin asfixiarlos ni desvirtuarlos, aunque es cierto también que a veces los dotan de un significado sorprendente (algo que por otra parte no supone un demérito, sino que es algo inmanente a toda interpretación o lectura que se haga de cualquier obra de arte). En este sentido, cabe destacarse la peculiar visión del poema Oscuridad completa de Cernuda, en que se parte de una voz añeja como enclaustrada en un disco de pizarra que de repente se libera y llega hasta el presente en su más plena intensidad; es este uno de los temas más logrados, a mi juicio. De igual modo, la canción que abre el disco (El cuerpo deshabitado de Alberti) merece destacarse por su espléndido resultado, dado que es un poema en verdad difícil de musicar. Excepcionalmente delicados me han parecido también los temas de Prados (Me asomé) y Salinas (El contemplado).
El disco, por lo demás, se halla muy equilibrado dentro de su buscado y refinado eclecticismo: ritmos diversos se alternan y hermanan al tiempo, desde la balada más tradicional hasta el bolero, los ecos de la bossa nova o los ritmos latinos más osados. Igualmente, la voz de Inés parece haber ganado en profundidad respecto a trabajos anteriores: sus registros más graves se potencian mucho en un disco en que la intimidad es importante, y ese tono de cercanía, casi susurro, lo mantiene Fonseca sin desmayo.
En definitiva, Generación del 27 parece un disco llamado a secundar a Vida –anterior trabajo de Fonseca dedicado a José Hierro– en aceptación y popularidad, después del aún reciente Más allá de este claustro que ha experimentado una trayectoria más discreta, tal vez por lo intrínsecamente recoleto de su concepción.

por ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA

ENTREVISTA CON ÁLVARO POMBO

“Me gusta la sociedad española pero me disgustan los precios de las hipotecas”
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por ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA

Si algo puede decirse de él sin vacilar es que está profundamente enamorado del Santander más tradicional. Comenzó su carrera de escritor como poeta y ha llegado a ser uno de los novelistas más notables y populares de la España contemporánea, además de académico de la RAE. En su haber se cuentan los premios Herralde (1983), de la Crítica (1990), Nacional de Narrativa (1997), Salambó (2005) o, muy recientemente, el Planeta (2006). Sin embargo, Álvaro Pombo sigue sosteniendo la superioridad de la palabra poética y, de paso, se queja de la antipoesía de las hipotecas.


Santander –un Santander un tanto recreado, como suspendido en el tiempo– está muy presente en la prosa de Álvaro Pombo, presencia que por otra parte es bastante común a los escritores de la tierra (Gándara, Pardo...). ¿Qué ha tenido de bueno o de malo esta ciudad del norte para estar siempre tan viva en el imaginario de sus escritores?
Santander es una totalidad imaginaria, un pléroma de belleza y significación infantil que no puede ser rellenado. El paralaje entre nouménica y fenoménica no puede ser cerrado, no hay un último acorde beneficiente y hermoso. Lo que ha tenido de bueno Santander en mis escritos es que existe y no existe.

¿Qué opinión le merece hoy Santander, cómo la encuentra cada vez que vuelve?
La encuentro preciosa. Encuentro precioso Piquío y El Sardinero y la Primera y Segunda playa, y el mar y Mataleñas y recuerdo a mi tío Emilio y a la abuela Carolina y a mi prima Marieta y a las Pérez. Encuentro precioso el Santander que existió y dejó de existir. Que Dios tenga misericordia de todos nosotros.

Con La Fortuna de Matilda Turpin reincide usted en un ambiente que ya ha diseccionado varias veces: el de una alta burguesía parcialmente idealizada. ¿Por qué esa predilección casi constante? ¿Quizá es fascinación por un mundo que termina, por ese “mundo de ayer” del que hablaba Zweig?
Justo, Stefan Zweig es el más importante autor de todos los tiempos junto con Thomas Mann porque contó nuestra decadencia de alta burguesía mortal y rosa.

Si algo distingue a Álvaro Pombo de otros novelistas españoles es su interés, perfectamente incardinado en la trama novelística, por el alcance de las palabras y también de los hechos, muchas veces desde una perspectiva filosófica enraizada en la tradición del Medievo. ¿Deformación intelectual o algo más?
Es algo más, si bien no es deformación y no es filosófico. Chati, me superas, esta pregunta me supera por todas partes y no sé qué decir, ojalá pudiera ser expresivo y brillante en esta hora del atardecer, el fuego hermenéutico resplandece en mi chimenea de leños y yo no sé quién soy, ¿quién sabe quién es?

¿Cree que los conflictos que siempre nos acompañan: el mal, la religión, la muerte, el amor... pueden encontrar traducciones diversas en la literatura? Hoy existe casi una única fórmula de novelar que se está repitiendo mucho: es previsible pero vende.
Sí. Se pueden incluir en la literatura bastante bien. ¿Qué otra cosa es la literatura sino abordar una suma de conflictos?

Hace apenas un año fue muy comentada una polémica conferencia impartida en la Juan March, en que usted calificaba a los poetas de “cutres e inmorales”. Pero usted ha escrito varios –y buenos– libros de poesía y se conoce su declarado interés por la escritura poética. ¿Qué fallos detecta en la poesía actual que le desagraden? ¿No cree que la novela de hoy profesa también muchos pecados?
No detecto fallo ninguno en poetas como Gamoneda o Juan Antonio González Iglesias. Sigo pensando que “poéticamente habita el hombre la Tierra”, y por tanto que la grandeza está en el habla poética, que dice lo que hay y lo que es. Siento cansancio, sí, con cierta poesía sentimental y psicologizada que nos cuenta todo lo que todos sentimos y sabemos. Er war ein Dichter und hässte das Ungefähr (“Era un poeta y odiaba lo poco más o menos”) decía Rilke: detesto lo “poco más o menos”. Hace años reseñé en Diario 16 y en El Mundo, en los faldones, casi toda la poesía que se publicaba entonces, y acerté con Álvaro García y con Vicente Gallego, así que no estoy tan tonto como parece que estoy a esta avanzada edad.

¿Le parece que la gestión y difusión de la cultura que se está llevando a cabo en los últimos años va por buen camino? ¿No cree que pesa más el mercado que la calidad?
Yo no soy contra-mercado, los fenicios extendieron la civilización y cubrieron gastos, como dice don Antonio Mingote, colega mío en la RAE.

¿Por qué el Planeta es un premio tan controvertido? ¿Por qué un escritor reconocido y consagrado como usted se presenta con una buena novela a este premio, en el que brillan más algunos nombres que la calidad de las obras galardonadas?
El Premio Planeta es un premio popular y esta es su gran grandeza. Yo he querido ser también popular gracias al Planeta y estoy encantado de haberlo sido y de serlo gracias al Planeta.

Brevemente: qué le gusta y qué cambiaría de la sociedad –y del país– en que vivimos.
Me gusta esta sociedad española de 2007, aplacada, asentada, acomodada, aburguesada pero laboriosa. Me disgustan los precios de las hipotecas, que una hipoteca de un piso de 60 m2 tarde cuarenta años en pagarse. Me disgusta que gente joven que tiene ahora 30 años tarde otros 30 ó 40 en pagar su piso. Cuál sería la solución. No sé. Me gusta la gente joven que se casa y tiene dos o tres niños y se quedan en casa los domingos y no van al cine para cuidar a los críos.

Un pensamiento personal o máxima con que se identifique.
Paciencia es todo. Todo ángel es terrible. Paciencia es todo.

CULTURA Y CONTEMPORANEIDAD

Decir “cultura” implica apelar a unos sentimientos en que todos, hoy, de uno u otro modo, nos sentimos concernidos. Rosina Gómez-Baeza, Jon Juaristi, Alejandro Gándara, Guillermo Balbona y Jaime Siles han reflexionado en Santander sobre este concepto tan amplio como escurridizo.

por ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA

Pocos términos habrá tan generosos como el término ‘cultura’; y desde luego pocos son tan flexibles, tan capaces de adaptarse a las diferentes acepciones que desde cualquier flanco quieren imputársele. En nombre de la cultura se firman manifiestos, se apela a la dignidad del hombre, se designan partidas presupuestarias o se desmoronan los estados. Unos necesitan la cultura como seña de identidad nacional, otros la entienden peyorativamente como recurso arrojadizo de las élites. La cultura es un derecho inapelable de los españoles según el artículo 44.1 de la Constitución. Existe la “cultura popular” (bien diferente de la “cultura de masas”), y existen también las escasamente diplomáticas “alta cultura” y “baja cultura”. El vocablo ha llegado a hacerse tan etéreo que ha devenido sinónimo de ‘actitud’ o ‘espíritu’ (verbigracia: la cultura empresarial).
En las últimas décadas, y al calor de esta pluralidad al tiempo que indefinición, estamos asistiendo a un intenso proceso de reflexión sobre las diferentes facetas de la cultura. Cada vez proliferan más las publicaciones en que esta palabra figura en portada, con independencia de que el concepto aludido sea o no el mismo –que por supuesto no lo es– en todos los casos; por añadidura, en una gran proporción de estas publicaciones intenta fijarse una suerte de canon, una guía que indique por dónde debe encaminarse o cómo debe encauzarse esa forma tan caprichosa y díscola de la civilización que es, en definitiva, el hecho cultural. Pero lo cierto es que muchos son los intentos y pocos los resultados a la hora de aportar una reformulación bien cimentada, lo suficientemente abierta como para dar cabida a los nuevos procesos de construcción de “la cosa” y al tiempo lo suficientemente restringida como para no dar palos de ciego en la acotación de un concepto que, de hacerse excesivamente amplio, puede acabar en su propia descalificación. Es inconcuso que desde los ensayos de Adorno sobre la cultura de masas -¡allá por los 50!– y después con la célebre propuesta de Umberto Eco de dividirnos a todos entre apocalípticos e integrados –como paso previo a las distinciones entre cultura popular y alta cultura que realiza Herbert Gans–, a lo que cabe añadir las reflexiones sobre la tecnificación de la cultura en Benjamin, sobre lo clásico en Gadamer o sobre lo kitsch en Greenberg, no se han producido muchas más aportaciones de peso específico –que rebatir o con que estar acordes– al discurso sobre la cultura. Y es que textos sobre el asunto, desde entonces, se han escrito muchos, muchísimos en realidad, pero sin dejar de darle vueltas al mismo queso (aunque algunos, como Scruton, sí han tenido la valentía, con mayor o menor fortuna, de poner el dedo en la llaga de algunas cuestiones esenciales).
Otra materia especialmente fructífera en los últimos años desde un punto de vista bibliográfico es la que pretende tender puentes entre la economía y la cultura. Así le ha surgido una nueva rama al árbol, la Economía de la Cultura, que de forma remota inspira su nombre –muy probablemente– en aquellas conferencias que dio Ruskin en Manchester a mediados del XIX, en las que ya hablaba de la “economía del arte”. El caso es que los predicadores de la nueva disciplina se esfuerzan en precisar el valor de la cultura (sobre todo de los productos generados por la “alta cultura”, lo que quiera que eso sea) en términos económicos, investigando el retorno de las inversiones en bienes culturales, la elasticidad en la demanda de tales bienes, el impacto económico de las ayudas públicas al sector cultural (por otra parte, cada vez más criticadas y restringidas)… En este sentido, los trabajos de Klamer, Throsby o Abbing son significativos a la hora de olisquear posibles frentes nuevos. Otra cosa es que esos frentes resulten más o menos satisfactorios y, sobre todo, más o menos endogámicos. Y que la cultura soporte con mejor o peor humor esta enésima entre las invasiones bárbaras que ha tenido que sobrellevar a lo largo de su historia.
Pero, al final, lo que a todos nos preocupa hoy del tema cultural es algo bastante más sencillo… o no tanto: cuáles son los límites reales del hecho cultural, en qué medida la cultura forma parte de nuestra vida cotidiana, si deben confundirse ocio y cultura, cuál es hoy la medida de la relación entre cultura y educación, hasta qué punto el impacto de las masas “desvirtúa” la cultura, cuáles son los cauces contemporáneos de control de la cultura y dónde empieza y termina su legitimidad… y otras parafernalias similares.
Recientemente ha tenido lugar en el Ateneo de Santander un ciclo de conferencias sobre el tema –los temas– en cuestión. Si aquí se habla de esto no es por el hecho de que la coordinadora del “evento” haya sido la que suscribe estas líneas, sino porque los invitados y la enjundia de lo que allí se dijo lo merecen. En particular, los participantes fueron Rosina Gómez-Baeza (ex-directora de la Feria de Arte por antonomasia en España: ARCO, además de impulsora de nuevos proyectos, como el gran Centro de Creación Industrial de Gijón), Jon Juaristi (profesor, director de la Biblioteca Nacional y del Instituto Cervantes, irónico poeta en los 80 e indesmayable ensayista sobre el nacionalismo hasta la actualidad, aunque últimamente también se atreve con la novela), Alejandro Gándara (profesor, ensayista y novelista galardonado con algunos de los principales premios de este país, además de impulsor de empresas culturales relevantes en España, como la revista La Modificación de la Cultura, la Escuela de Letras o la Escuela de Humanidades, sin olvidar su faceta de excelente corredor, que no es baladí en este terreno), Guillermo Balbona (sufrido director de la sección cultural de El Diario Montañés y del ex-suplemento Sotileza, poeta en sus escasos ratos libres e impenitente aficionado al cine) y Jaime Siles (profesor, poeta multipremiado y autorizado crítico, también destacado atleta en otros tiempos –curiosa coincidencia– y que ha ocupado altos cargos relacionados con la cultura en la Embajada de España y en la ONU).
Rosina Gómez-Baeza hizo hincapié en su intervención en la distancia que media entre la sociedad y el artista, distancia que siempre ha existido pero que en los últimos tiempos se ha acentuado ante la incomprensión del arte contemporáneo (y en especial, de algunas de sus manifestaciones: fotografía, vídeo, arte electrónico…), pese al proceso cada vez más intenso de “democratización” de la cultura y de integración del arte (visitas a museos, etc.) dentro de la planificación del ocio por parte de los ciudadanos. Gómez-Baeza insistió en la necesidad de un mayor acercamiento de la sociedad al creador, para lo cual la formación –esto es, una medida a largo plazo– le parece fundamental; y es que los equipamientos museísticos están creciendo a una notable mayor velocidad que la digestión del arte contemporáneo por sus espectadores, decididamente más retardada. De esto no cabe sino concluir: el arte como manifestación dialógica, ¿es hoy una realidad o solamente un reto?
Jon Juaristi articuló su discurso en torno a dos ejes fundamentales: la Nación y la Identidad como elementos definitorios de la integración cultural. Juaristi trazó una historia de ambos conceptos, desde la legitimación del poder y la violencia por el Estado, pasando por la crisis del Estado-Nación y la desaparición del pueblo objeto de la atención nacionalista, hasta el surgimiento de la sociedad mesocratizada y la posterior construcción de la individualidad, ligada a una concepción igualmente individual, no territorial, de la identidad (política y cultural al tiempo). En lo estrictamente cultural, Juaristi denunció que la democratización del saber se ha vinculado a una desaparición de las mínimas exigencias disciplinarias, lo que imposibilita la deseable transmisión de conocimientos. Por otra parte, la capciosa inflación de información recae sobre una masa de consumidores sin formación. Un diagnóstico halagüeño, sin duda.
Alejandro Gándara incidió en la evolución y condicionantes de los procesos culturales en España desde la Transición hasta el día de hoy, con especial atención a la literatura (el paso, como él mismo lo calificó, desde la Transición a la transacción en el ámbito de la novela). Así, se revisó la vieja polémica entre la novela comprometida y la no comprometida, se recordó la novela en los márgenes de la narración propia de los 70 (por influjo de estéticas procedentes del Grupo 47 germánico o la metafísica francesa del nouveau roman), se perfiló el decidido cambio en la novelística de los 80 (más desligada de los avatares políticos, con un abandono del costumbrismo y una inserción en temas y modos foráneos) y se sentenció la aparición de la “novela de gran público” o best-seller (autores como Millás, Montero, Rivas…) que ha incorporado cada vez con más fuerza la presencia del autor en la literatura: esa es precisamente la novela de la transacción, con los peligros de éxtasis y autocomplacencia que encierra para el autor. En la actualidad, la novela se encuentra en un paraje escasamente próximo al high style, con un enamoramiento trivial entre autores y lectores que tardará todavía en desterrarse. A Gándara le gusta atribuir a la novela la función de conocimiento representativo, diferenciando para ello entre la novela como areté –que contribuye al crecimiento del individuo y la comunidad– y la escritura como techné –esto es, como habilidad que recurre estrictamente a una (re)composición de materiales. ¿Y en qué se traduce esto en la cultura contemporánea? Pues en que las sociedades modernas han perdido uno de los patrimonios más importantes de la Antigüedad: el conocimiento como virtud, el conocimiento para ser (areté), y no para hacer (techné). Ni más ni menos.
Guillermo Balbona no quiso perderse el festejo de un adelantado apocalipsis y dibujó, como experto conocedor de los entresijos de la cultura cántabra, un panorama demoledor. Balbona criticó las conexiones cada vez más evidentes entre cultura y espectáculo y denunció algunas de las taras propias de semejante maridaje: obscenidad de tal pareja, vulgarización de la cultura, ausencia de espíritu crítico, escasez de compromiso, condicionamiento de la información, conversión de la cultura en mero parque temático sujeto a todo tipo de degradaciones. En relación con la cultura de Cantabria, el paisaje se ensombrece: el mito de la Atenas del Norte es una “ouija” de la nostalgia provinciana, la institucionalización de la cultura produce un paternalismo sonrojante, el consumidor de cultura se hace conservador y poco exigente, la cantabricidad onfálica engulle cualquier alternativa. Y en mitad de todo ello, el periodismo más lejos cada vez del Humanismo. Quid faciam?
Jaime Siles se remontó a los clásicos para trazar una historia de los meandros de la cultura y la civilización occidentales (y de la evolución desde la paideia griega a su fea hermanastra política) en la que llegó hasta nuestros días: así, se repasó la contraposición Aquiles (poder ejecutivo)/Ulises (moral moderna, contemplación), el valor de la aletheia como fuente de transmisión de lo esencial, el miedo a la juventud en el mundo antiguo, la tragedia como espejo de las disfunciones políticas del ciudadano, la moral sociológica que incorpora el mundo romano… Desde el concepto de globalización (presente en la koiné helenística de Alejandro, en la Romanización y en el Cristianismo) se entronca con el Capitalismo, que supone el fin de los ideales del mundo antiguo, la asunción del espectáculo por la cultura, la crisis de la naturaleza y la ciencia… y además, más palpablemente en el mundo contemporáneo, la reducción del espacio y la comunicación, la alteración de las jerarquías de valoración del tiempo (aprecio de lo nuevo frente a la tradición), la perversa confusión entre valor y precio, la crisis de las ideologías, la carencia de “formas fijas” que conduce a una desorientación del individuo. Una evolución menos previsible que desconsoladora.
El ciclo “Cultura y Contemporaneidad”, lejos de la complacencia en que chapotean muchos de los chamanes de la ¿cultura? actual, puso sobre la mesa unos planteamientos realmente inquietantes. Y es que, aun desde distintas atalayas y con diversos condicionantes y perspectivas, sorprende –¿o quizá no tanto?– el hecho de unas conclusiones no demasiado distantes entre estas cinco voces. Algo que debería inducir a reflexiones añadidas, quién lo duda, y a pensar que, tal vez, aquella vieja y dulce sentencia de Plutarco necesita revisarse: ¿es cultura lo que queda cuando todo lo demás se olvida?