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RESEÑAS SOBRE ESTUDIOS

Pureza CANELO, Elena DIEGO (eds.): El legado de Juan Ramón Jiménez en la poesía española contemporánea. Devenir-Ensayo, Madrid, 2007.
Comentar unas actas puede resultar algo ciertamente embarazoso ya que no hablamos de una obra unitaria, por mucho que el tema del libro actúe de hilo conductor. Por otra parte, sería poco propio de una reseña por su extensión, y al fin de poca utilidad para el lector, realizar un recuento y crítica de todos y cada uno de los trabajos allí presentados. Por ello, teniendo en cuenta que el libro se estructura en ponencias y comunicaciones y asumiendo el riesgo de resultar un tanto parcial, comentaremos más detenidamente las primeras, al fin y al cabo, eje vertebrador de estas Jornadas de Estudio sobre «El legado de Juan Ramón Jiménez en la poesía española contemporánea» organizadas por la Fundación Gerardo Diego y el Centro Cultural de la Generación del 27 y celebradas en Santander en octubre del año pasado.
El apartado de ponencias lo abre Luis Bagué Quílez con un trabajo que se encuentra muy en consonancia con sus últimas publicaciones, (v.gr. Poesía en pie de paz, que reseñamos en el pasado número de QVORVM) donde analiza la acogida de la obra de Juan Ramón, su influencia, las relecturas propuestas, en definitiva, el legado, la recepción de los poetas españoles que pertenecen a las últimas dos décadas del siglo XX. Prosigue Jesús Cabezón, quien realiza, mediante un collage de referencias y citas de diversos autores, una personal biografía del autor, a la vez que intercala sencillos, pedagógicos y ciertamente tímidos comentarios críticos, sin entrar en complejidades ni en cuestiones que requieran una excesiva profundidad o erudición.
Juan Cobos Wilkins, creador de la Fundación Juan Ramón Jiménez y crítico literario en el diario El País, nos relata su experiencia de ocho años trabajando en la Casa-Museo de Zenobia y Juan Ramón en Moguer, de manera amena gracias a un estilo narrativo y ligero. Pero el plato fuerte, a mi entender, nos lo sirve Francisco Javier Díez de Revenga cuando nos revela la otra faceta del poeta, la más humana y por ello más terrible y desmitificadora, encarnada en su relación con Gerardo Diego, una relación que no calificaría de amistad precisamente. Buceando en cartas y documentos nos encontramos con un personaje displicente y malhumorado. Sirvan de ejemplo las perlas que le dedica a don Gerardo: “no quiero colaborar en ningún sitio donde figure esa pandilla a la que pertenece Gerardo” o la más dura “De otros poetas como Gerardo Diego, por ejemplo, no hay ni que hablar, pues es solamente un aficionado”. Encuentra Revenga ciertas huellas de arrepentimiento en los últimos días del poeta, que sin embargo no desvelaremos a nuestros queridos lectores (no spoilers).
Las dos siguientes ponencias exudan cierta afectación académica en detrimento de la originalidad: Juan Antonio González Fuentes analiza el lenguaje de Espacio, con una correcta contextualización preliminar para abordar la génesis de la obra (básicamente el papel de James Joyce), así como su posterior evolución. Juan José Lanz, con su ponencia titulada El legado poético de Juan Ramón Jiménez y la modernidad, realiza un extenso y moroso recorrido al más puro estilo de los manuales de historia y crítica de la literatura sobre las etapas poéticas y el análisis de las obras del autor, eso sí, con un estilo de cierta vocación poética que en ocasiones resulta un tanto farragoso: “la conciencia hecha esencia, ha de venir a habitar necesariamente; el destino de la escritura [...] aparece diáfano al final de su trayecto: crear un universo a través de los nombres (en ellos) para que el dios-yo de lo absoluto conseguido habite en él.”
La siguiente ponencia corre a cargo de Lorenzo Oliván, quien nos propone considerar la afirmación realizada por Juan Ramón Jiménez durante una entrevista con Ricardo Gullón en la que aseguraba que “el simbolismo moderno en la poesía española comenzaba con su Diario de un poeta recién casado”.
Tras el trabajo de Ada Salas, donde analiza su poema favorito de Juan Ramón, Del fondo de la vida, termina el apartado de ponencias con la presentada por Alberto Santamaría, quien comienza con una divagación con pretensiones de épater le bourgeois que no termina de cuajar, sobre la realidad y la idiotez (como esencia) para llegar a la “realidad real” (sic) y de este modo a Juan Ramón. En conjunto, el texto resulta pesado y engorroso por las constantes reiteraciones de la misma idea y por la introducción de palabras como inorganicidad, propias de un autor acostumbrado a licencias poéticas.
Finaliza el volumen con una serie de comunicaciones donde repite alguno de los ponentes. En ellas se analizan, de modo sencillo y breve, determinados aspectos de la vida y de la obra del poeta, así como su recepción. No obstante, predominan en este apartado los análisis de poemas de Juan Ramón.
Este libro, que recoge las actas de las Jornadas celebradas con motivo del quincuagésimo aniversario del Premio Nobel concedido a Juan Ramón Jiménez, resulta, a la postre, desigual. En contenido y en forma, pues a pesar de contar con una impresión cuidada y un elegante diseño, aparecen erratas ya desde la primera página (Moger, gande); tan sólo la ponencia de Bagué cuenta con bibliografía; y no es coherente con unas normas de corrección y estilo (al hablar del Diario, en unas ocasiones aparece recién casado y en otras reciencasado). Sin embargo resulta un libro muy recomendable para todo aquel que quiera acercarse a Juan Ramón desde otros y diferentes puntos de vista.

por FRANCISCO LLANILLO

Luis RUIZ AJA: La Contracultura. ¿Qué fue? ¿qué queda? Mandala Eds., Madrid, 2007.
José RIBAS: Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad. RBA, Barcelona, 2007.
Antecedentes e intenciones aparte, los dos libros tienen como tema los movimientos contraculturales en Occidente, en general, es el caso de La Contracultura. ¿Qué fue? ¿Qué queda? de Luis Ruiz Aja, a partir de ahora Luis, y en España, si no en Cataluña, si no en Barcelona, en particular, es el interés de Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad, de José Ribas, en adelante Pepe.
Uno de mis yoes, que se deja sentir en la lectura de ambas obras, y en el momento de comentarlos, es el de alguien que pertenece a una generación de desperdicios utópicos, militante forzoso de un escepticismo de emergencia para salvar la cara. Espero que acepten la ironía, trufada de alguna dosis de cinismo, virtudes socráticas, sobre las que el filósofo en carne viva y sobre las piedras de las plazas públicas acabó sentando las bases de la cultura occidental, y que a mí me sirven de frágiles mecanismos de autodefensa, a la vez que de instrumentos desmitificadores.
La contracultura quiso ser una revolución que trastocara los valores y, por tanto, que transformara radicalmente las pautas culturales, las formas de vida individuales y las relaciones sociales vigentes en Occidente. Al margen, nunca mejor dicho, de las ideologías dominantes, las de los dos bloques económicos-militares, con sus respectivos sistemas de producción y de defensa, equilibrio inestable, Guerra Fría, que se dio por terminados a finales de noviembre de 1989, con la caída del Muro de Berlín. Fin de la dialéctica Este-Oeste y ensanchamiento imparable de la ya muy abierta brecha Norte-Sur, a la que la contracultura fue muy poco sensible. Nada sensible.
Tras el fracaso de las tesis del materialismo dialéctico, que no de las del histórico, en cuyo nombre se hizo una revolución proletaria donde no había proletarios, que instaló con ansias de eternidad la provisional dictadura del proletariado, y ante la evidencia de que el potencial revolucionario de los trabajadores había sido prácticamente desactivado por las artimañas del capitalismo, que se retroalimenta de sus contradicciones, ¿quiénes podrían ser los agentes de la revolución, ya que no estructural, es decir, económica, sí cultural, es decir, superestructural, revolución intelectual y existencialmente liberadora?
Con instrumentos de análisis marxistas y freudianos, en sus obras Eros y civilización, El hombre unidimensional y El final de la utopía -final no por imposible, sino porque, supuestamente, se daban las condiciones objetivas propicias para que se hiciera realidad la utopía de la desalienación, de la libertad-, Marcuse aventura una respuesta: los grupos marginales, sobre todo los jóvenes estudiantes, aún no atados a la sociedad con el yugo del trabajo, a quienes se les presentaba la responsabilidad de construirse un mundo a la medida de sus ideales y no debían desaprovecharla. Y así, la rebelión surgió, sobre todo, en las universidades. Una especie de rizar el rizo, una rebelión de pequeños burgueses –burguesitos- contra la burguesía reinante, que no tardaría en fagocitarlos. Total, se quedó en revuelta.
En España, que ya estaba lo suficientemente marginada internacionalmente, había que luchar, no sólo contra la represión, sino también, y en primera instancia, contra la opresión, mientras en el resto de Europa y en América del Norte se las tenían que ver con la sobrerepresión, descubrimiento freudiano. Caso aparte fue el de Cataluña, en especial el de Barcelona, a la sazón en puente contracultural con Ibiza, feudo hippie. La revista Ajoblanco, que fundó y dirigió Pepe Ribas, fue uno de los medios de difusión contracultural fundamental. Su nutrió, en parte, de otros movimientos que se esparcían por España, con sus propios medios, pero con radios de influencia más limitados, y por tanto, con menos voz, que Ajoblanco se encargó de amplificar.
Soy consciente de que esta descripción, por ser necesariamente breve, es también insuficiente, muy insuficiente. Abre muchos huecos que quedan sin llenar. Para llenarlos han escrito sus libros Pepe y Luis. Cada uno lo ha hecho desde una situación diferente, como no podría haber sido de otro modo, por una mera cuestión de tiempo, de edades: Luis nació en el arranque de la década que con sus recuerdos recorre Pepe en su libro.
Luis observa el fenómeno cultural paradójicamente conocido como Contracultura con el apasionamiento del estudioso, a la vez que con la suficiente objetividad que permite no haber estado inmerso en ella. A falta de experiencias contraculturales propias, ha investigado sobre sus propuestas, sobre sus formas de expresarlas existencialmente, sobre sus impulsos intelectuales, sobre por qué fracasó o, cuando menos, por qué se quedó lejos de hacer valer sus ideales. Y de paso cumplió con la obligación académica de escribir una tesina.
Pepe vivió los años 20 de su biografía en coincidencia con los 70 del siglo y los acontecimientos contraculturales que en Cataluña tuvieron más presencia y relativa mayor capacidad de actuación. Y se mojó, fundó un medio de inspiración y expresión contraculturales, la revista Ajoblanco, que aspiraba a orientar la transición por los caminos que habían abierto los movimientos que hacían el amor y no la guerra, que entre el ser y el tener, optaban por ser. Caminos a los que se les pusieron obstáculos, se llenaron de baches, hasta acabar con el indicador de carretera cortada.
Los libros de Luis y Pepe, pues, comparten objeto, pero no objetivo. Y esta diferencia es la que los hace complementarios. Pepe cuenta la peripecia de Ajoblanco, indisociable de su peripecia personal. Las cuenta de un modo prolijo, con gran profusión de nombres, encuentros y situaciones que se repiten una y otra vez, procurando en el lector una sensación de vértigo, biográfico e histórico. Entre los nombrados no faltan alusiones a los mentores de la contracultura, que la contracultura también cuenta con maestros y con modelos a seguir. Que tampoco la espontaneidad se da en estado puro. Es en el libro de Luis donde se da cumplida explicación a las alusiones de Pepe: que si Marcuse, que si lo underground, que si Keruac, que si los hippies, que si el anarquismo, que si las comunas, etc.
Puedo sugerir un método reversible para la lectura de ambos libros. Uno sucesivo: primero leer el libro de Luis de un tirón e informarse del qué, el por qué y el para qué de la contracultura; después, leer el libro de Pepe de un tirón y conocer el cómo Ajoblanco, y él mismo, quisieron ser contraculturales guiados por aquellos qués, por qués y para qués, aplicados a la realidad española, en general, y a la catalana, en particular.
La otra forma de lectura, simultánea: no con los dos libros, uno en cada mano, a la vez, y con un ojo en las páginas del libro de Luis y el otro en las del libro de Pepe, sino con Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad en las manos y, a la vez, para ampliar información puntual, al paso de la lectura, tener a mano La contracultura. ¿Qué fue?, ¿qué queda?
Esta segunda pregunta del título, ¿qué queda?, es una buena pregunta, o sea, una pregunta bien hecha. Y necesaria. Se dice que de la Contracultura derivó la llamada “movida madrileña”, pase de pecho que se lució ya a toro pasado, más para celebrar y ponerse a tono, que para modificar las notas de un concierto que estaban componiendo otros, con el Viejo Profesor encargado de esgrimir, para entretener, la batuta del despiste. También se dice que quedaron los movimientos ecologistas, feministas, pacifistas, homosexuales, etc. Y es verdad, como también lo es que se encontraron con su negación dialéctica; los Ministerios de Medio Ambiente, las Direcciones Generales de la Mujer, los Ministerios de Cultura, etc, con las que han de vérselas, para atajar barrabasadas, unas veces; otras veces, para entrar por el aro.
También se tienen a los movimientos por otra globalización como herederos de los contraculturales. Me permito cuando menos una observación. Los movimientos por otra globalización son solidarios, además de reivindicativos. Los movimientos contraculturales fueron reivindicativos, pero escasamente solidarios, más allá de una solidaridad de puertas adentro. Permítanme que justifique lo que acabo de decir con un hecho que a los españoles nos debería haber cogido, y seguir cogiéndonos muy de cerca, y que a mí, desde entonces, me toca muy por dentro, y es por esto por lo que lo destaco, sin que sea el único. En 1975, con Ajoblanco en pleno lanzamiento, el Gobierno español hizo entrega del Sahara Occidental, con los saharauis y sus recursos dentro, a Marruecos y Mauritania, propiciando una guerra de 15 años y un exilio en campos de refugiados de 32 años, hasta el momento. Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad dedica a semejante barbaridad dos párrafos sueltos de apenas tres líneas cada uno y un pie de página, con el distanciamiento de una noticia de agencia.
Quizá la respuesta a qué queda de la contracultura se encuentre en las entrevistas, que se incluyen en el libro de Luis, a personajes que fueron conocidos contraculturales, y reconocidos después por sus servicios, cuando salieron de las trochas libertarias para transitar por vías con pasos de cebra, que separan, semáforos que permiten y prohíben, y stops, que detienen, que regulan la circulación democrática. Desde Luis Racionero hasta Pepa Roma, que también escribe el prólogo, pasando por Antonio Escohotado, Fernando Díaz, Fernando Sánchez Dragó y el propio Pepe, que asume el déficit de solidaridad, son entrevistados por Luis.
Son estas entrevistas que harían buena la consideración crítica del Premio Nobel de Literatura del año 2002, el húngaro Imre Kertész, según la cual, además del pecado original, del que el hombre es inocente, existe el pecado histórico, del que dice no saber definir muy bien, para aventurar que quizá consista en echar a perder todas las revoluciones. Y digo que la harían buena, si no fuera porque al menos una revolución no la echaron a perder quienes la hicieron, y que los demás a lo sumo sólo la han incordiado de vez en cuando: la revolución burguesa, la madrastra de todas las revoluciones. Nunca ha permitido que las cenicientas y los príncipes se encontraran, porque también puso a los príncipes a su servicio. Los cuentos son historias, pero la Historia no es un cuento.
En fin, por todo ello echo en falta en las obras de Luis y Pepe, con más fundamento en la de Pepe, que vivió lo que cuenta, un componente irónico, matizado con un toque de cinismo. Lo que apercibe mi lectura en Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad es que en el libro sí queda, volcada de los diarios de Pepe, toda la ingenuidad de aquel entonces. Y es que si el tratamiento que Luis le aplica a la Contracultura es el del investigador, Pepe la venera con el fervor del creyente. Lo que no sé es si eso es bueno o regular. Supongo que malo no es.

por FERNANDO LLORENTE

RESEÑAS SOBRE ESTUDIOS

Luis BAGUÉ QUÍLEZ: Poesía en pie de paz. Modos de compromiso hacia el tercer milenio. Pre-Textos, Valencia, 2006 (VI Premio de Investigación Literaria “Gerardo Diego”, 2006).
“La investigación per se” -proclamaba hace unos días Juan Goytisolo en la clausura del Primer Encuentro de Literatura Iberoamericana celebrado en Santillana del Mar- “es un lujo o rareza y no cuenta con el indispensable sostén de becas y ayudas estatales”. Este libro que aquí se reseña es el resultado de una de esas rarezas. Se trata de una obra extensa en tamaño e intensa en contenido, ya que de la misma manera que los pacientes compiladores medievales ejercían su oficio, Luis Bagué Quílez resume y analiza en esta obra cerca de un cuarto de siglo de nuestra poesía contemporánea. Y lo hace de manera que se ajusta impecablemente a los requerimientos de un trabajo de investigación, a saber: la delimitación de los conceptos que se van a emplear en el estudio; el consabido recorrido por el panorama histórico del periodo del que se va a tratar; la clasificación de las diferentes corrientes que entran en liza; y el análisis de las formas y de los temas. Por último, y a modo de conclusión o confirmación de la hipótesis, se incluye un pormenorizado análisis de cuatro obras que conforman el mejor ejemplo de esa Poesía en pie de paz: El día que dejé de leer El País (1997), de Jorge Riechmann; Cinco años de cama (1998) de Roger Wolfe; La semana fantástica (1999) de Fernando Beltrán; y La intimidad de la serpiente (2003), de Luis García Montero.
En el capítulo de introducción (“Poesía, compromiso y posmodernidad”), dedicado a la acotación terminológica, analiza parejas de conceptos tales como el de poesía pura o comprometida; introspectiva o aperturista; esteticista o social; de la metafísica o de la experiencia; o una revisión de lo que debe entenderse hoy por insumisión y por posibilismo (actualizando la vieja polémica entre Sastre y Buero). Esta técnica de organizar los conceptos mediante pares en oposición -la poesía del sándalo y la de la berza- revela la capacidad sintetizadora y organizativa de este joven investigador de apenas treinta años. A continuación, y partiendo de una propuesta de Jan Lechner, define los aspectos fundamentales de lo que entiende por compromiso: la aceptación de una responsabilidad solidaria; la consolidación de la conciencia ideológica; y el repudio ante la estructura de la sociedad, todo ello sin que exista sometimiento a fines extraliterarios. Para elaborar este estudio, Bagué ha tenido que dilatar enormemente el campo referencial de la palabra compromiso, pues trasciende los límites de lo que intuitivamente entendemos por ello. En él tiene cabida no sólo la poesía contestataria y combativa con el sistema sino que también formarían parte de ese todo las llamadas poesía social, crítica, civil o política, entre otras. Esta relajación de conceptos lleva al autor a albergar la idea de que existe una línea continua en la poética del compromiso que no se ha roto desde la Edad Media, concluyendo así con la afirmación de que el compromiso se muestra como una constante estética en la historia de la literatura.
Continuando la lectura nos encontramos con el que es sin duda el capítulo que mayor solaz proporcionaría al lector ávido de intrigas acerca del mundillo literario, si no fuese por la desmedida carga de epítetos en la prosa del autor que en algunos momentos dificulta la lectura, pero que del mismo modo desvela la vocación de este joven filólogo de encontrar su lugar en el parnaso (no en vano ha merecido varios premios de poesía, entre ellos el Ojo Crítico de RNE por su libro de poemas Telón de sombras). En este capítulo, “La poesía española en los años ochenta y noventa”, de la mano de la historia política de España a partir de la transición y de las coordenadas de la sociedad de consumo, realiza un recorrido por las principales figuras del discurso posmoderno. Quizá algún día Ludia de Amparo Amorós y El jardín extranjero de Luis García Montero se estudien en los colegios como las obras clave de la poesía de la metafísica y de la experiencia respectivamente pues, aunque la criba del tiempo se estima en un principio caprichosa, a la postre se muestra siempre perspicaz (en cualquier caso, no deja de resultar extraño encontrarse en un contexto de historia de la literatura a personajes con los que uno ha compartido palabras y copas). De las luchas intestinas entre unos y otros, resultan especialmente interesantes las de la poesía de la diferencia. Y al fin, a uno le queda la impresión de que todo movimiento sigue el mismo ciclo: nace con cierto prurito crítico, se institucionaliza y finalmente muere. Y de movimientos, precisamente, trata el tercer capítulo: de la otra sentimentalidad de García Montero al sensismo de Fernando Beltrán; de los aforismos de la poesía del desconsuelo de Jorge Riechmann al tono coloquial y descarnado del realismo sucio de Roger Wolfe; desde el afán de disidencia del equipo crítico Alicia bajo cero (poesía y conflicto) a la estética de la resistencia de voces del extremo (poesía y conciencia). De todas estas manifestaciones poéticas, Bagué extrae en los dos capítulos siguientes (“Los géneros poéticos en la nueva lírica social” y “La rehumanización temática”) una tipología de formas y temas literarios. De las primeras destaca la sátira neocostumbrista, el epigrama crítico y un nutrido repretorio de procedimientos vanguardistas. En cuanto a los temas que configuran estos «modos de compromiso hacia el tercer milenio», centra su atención en el tema de España y su historia reciente, la ciudad y, finalmente, la presencia de la denuncia sobre cuestiones como las de la mendicidad, el paro, la inmigración, la drogadicción, el imperialismo de Estados Unidos o la preocupación por el Tercer Mundo.
En definitiva, es este uno de esos libros que parecen destinados a ocupar una línea en la bibliografía de cualquier trabajo que se acerque a la poesía española de finales de siglo.

por FRANCISCO LLANILLO

Román MIGUEL GONZÁLEZ: La Montaña republicana. Culturas políticas y movimientos republicanos en Cantabria (1874-1915). Ayuntamiento de Santander y Ediciones de Librería Estvdio (col. Pronillo, 24), Santander, 2007.
Con el número 24 se publica en la colección Pronillo este documentado trabajo del joven historiador Román Miguel González, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Cantabria. La colección Pronillo lleva dando cauce a trabajos de investigación, muchos de ellos salidos de los foros universitarios regionales, que sin embargo, y para pasmo general, es difícil que tengan cabida dentro de los rigores editoriales de un Servicio de Publicaciones de la Universidad, por lo general muy poco generoso con sus doctorandos, jóvenes profesores y aun catedráticos. No es el caso, creo, de esta investigación que ha obtenido naturalmente el Premio de la Fundación Bruno Alonso de Historia de los Movimientos Sociales, aunque este dato notable no se exprese en el propio libro. Román Miguel es experto en las culturas políticas populares republicanas y obreras en España durante la Edad Contemporánea, y de ello es prueba toda una década de fructífero balance historiográfico, con varias publicaciones en las que no puedo entretenerme lo suficiente. Felicito al autor por su excelente trayectoria. Requiere sin embargo un comentario, creo, el marco general de estudios en el que se sitúa este nuevo trabajo de Román Miguel, que abunda en la amplia serie de investigaciones sobre la política local y regional durante la Historia Contemporánea que ha alentado el Departamento donde ha llevado sus investigaciones el autor, en este caso analizando con rigurosa metodología la variada tradición republicana que ha habido en nuestra región en la primera mitad de la Restauración, justo en contraste con la historiografía tendente a alentar los veraneos regios, por ejemplo, o a quedarse más en lo folklórico o anecdótico que a adentrarse en los vericuetos del “republicanismo histórico”. Todo lo que sea mostrar esa complejidad de los procesos históricos y la riqueza de visiones que ofrecen las informaciones de la historia me parece altamente positivo y aun necesario, y creo que es la Universidad uno de los focos que debe irradiar esas luces a nuestro conocimiento común. Pienso ahora que sería bueno que alguno de los numerosos expertos universitarios sobre el republicanismo (entre ellos, sin duda el propio autor) participase más de lleno en el debate actual sobre la escuela laica versus religión, máxime en estos tiempos en que la Escuela Laica (léase el “follón” por la “Educación para la ciudadanía”) sigue sufriendo parecidas acometidas a las que lanzaba aquel temible obispo Sánchez de Castro.

por MARIO CRESPO

RESEÑAS SOBRE ESTUDIOS

José María de AGUIRRE Y ESCALANTE: De Castella vetula. Hojas de un libro de viajes. Estudio preliminar de Ana Rodríguez de La Robla. Universidad de Cantabria, Santander, 2006.
Se ha publicado recientemente un libro de viajes de José Mª de Aguirre y Escalante, De Castella Vetula. Hojas de un libro de viajes. El libro, cuya primera edición es de 1915, aunque el viaje que relata se hizo en el año 1910, aparece pulcramente editado y precedido de un penetrante y erudito prólogo del que es autora Ana Rodríguez de La Robla.
Sin duda, esta re-edición será bienvenida por los amantes del género de relatos de viajeros porque, precisamente, José Mª de Aguirre y Escalante es un viajero muy consciente de que esta forma literaria es un vehículo muy eficaz para llevar al ánimo del lector observaciones que, de otra forma, tendrían difícil cabida en un solo género. Hallará el lector en este libro política, historia, arte, periodismo, estampas costumbristas, literatura, sociología, paisajes, ensayo. En fin, es un género literario, el del relato de viajeros, que sirve a muchos amos y que cumple muy diferentes cometidos. No es el autor persona que ignore lo valioso que puede ser este tipo de ejercicio literario, en su propia familia contaba con el ilustre precedente de su tío, Amós de Escalante, autor del bellísimo Costas y montañas y de otros dos libros de viajes, no menos interesantes, fuera de Cantabria. Pero, con independencia de los antepasados, más o menos ilustres, que se le pudieran señalar, el libro de José Mª de Aguirre tiene un valor por sí mismo. Un valor que quizá no sea sólo el del objeto de su descripción, que es, en este caso, ocasión para hacer un ejercicio histórico en el que tal vez resuenen todavía ecos de una ideología próxima al carlismo. Ecos visibles, sobre todo, en la forma de evocar las viejas instituciones y las viejas libertades castellanas. Visibles, asimismo, en la forma de oponerse a los aires renovadores de institucionalistas o de regeneracionistas. Véase un ejemplo: «Las corrientes intelectuales modernas menosprecian aquel heroísmo y nos hablan de una regeneración (¡cómo apesta ya esta palabra!) española, debida a la Revolución Francesa». (147-8). Pero no es esto, este contrapunto, lo interesante del libro de José Mª de Aguirre y Escalante. Piénsese en que en estos tiempos ya se había publicado no poco de lo que constituye el centro de gravedad de la ideología de la Generación del 98. Castilla había sido cantada, glorificada o censurada por un enjambre de regeneracionistas, literatos y politólogos.
José Mª de Aguirre y Escalante elige Castilla para sus reflexiones históricas y elige Castilla para desarrollar un conjunto de ideas que giran en torno al sentido presente de la grandeza que se identifica con el pasado. Hay varios rasgos de esta obra que atraerán la atención del lector del siglo XXI de este libro. Enumeraré algunas. A José Mª de Aguirre le atrae la ruina, dedica a ella no pocas observaciones e interesantes comentarios. A diferencia de los «regeneracionistas», no se escandaliza ni se desazona ante la ruina. Es más, la ruina le parece que cuanto más antigua y más venerable y más resistente, por ejemplo, las murallas de León, mejor explica el carácter de los habitantes del pasado y del presente. La ruina es para José Mª de Aguirre símbolo de la resistencia al tiempo, emblema de su capacidad de regeneración. A José Mª de Aguirre le atrae también el carácter anónimo y de empresa colectiva del arte castellano leonés. Las catedrales, las de Ávila, Burgos, León, Salamanca, por ejemplo, son obras colectivas, obras que han necesitado del concurso de millares de manos, de muchos talentos, de incalculables recursos de todo orden. José Mª de Aguirre valora, por encima de todo, la épica del héroe anónimo, del pueblo. José Mª de Aguirre sobresale en la sensibilidad poética con la que viene a su memoria el romance adecuado o el poema adecuado (Byron, por ejemplo), para complementar lo que son interesantes, bellas y delicadas descripciones paisajísticas. Pero el paisaje, cómo no, es el paisaje moral del carácter de los habitantes de las ciudades por las que pasa, es también el carácter de su historia. Si bien el libro de José Mª Aguirre se escribe a contrapié de muchas reflexiones sobre Castilla contemporáneas, sin duda es esa preocupación por Castilla la que lo define como un autor de su tiempo.

por DÁMASO LÓPEZ GARCÍA
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José María PÉREZ GONZÁLEZ, “Peridis”: El cabo caricaturas. Serie Memorias con Arte (vol. 4). Valnera, Santander, 2006.
Escribir una autobiografía es una empresa muy seria. El escritor debe enfrentarse a sus recuerdos y elegir sólo aquellos que considera más significativos a la hora de explicar su andadura vital. Y, si toda elección supone un ejercicio de discriminación que a muchos abruma, en este género literario, las ausencias, los olvidos o los silencios pueden resultar muy dolorosos a los seres más próximos al autor.
Cuando, además, uno no es escritor –o al menos no lo es en puridad–, es tarea que refrena a la mayoría. Pero en Valnera hemos convencido a varios artistas para que se enfrenten al reto en nuestra colección de "Memorias con arte". El último que lo ha aceptado ha sido José María Pérez González, conocido popularmente como “Peridis”.
Este “cántabro de Aguilar de Campoo” ha elegido el método más sencillo para abordar sus recuerdos, refiriendo “a la pata la llana” –aunque por doquier el lector encontrará páginas de gran calidad literaria– aquellos acontecimientos, anécdotas, sucesos y casualidades que fueron marcando sus vocaciones, abriendo sus horizontes y guiando su devenir, y que explican lo que ha hecho y hace como dibujante, como arquitecto, como divulgador y como emprendedor social. Hombre de acción que cree firmemente que somos lo que hacemos, sus memorias retratan a la perfección al personaje poliédrico, al agitador sociocultural, al artista que ha triunfado en la vida… y a la persona que no reniega en absoluto de sus orígenes humildes ni de sus amigos de siempre. Amigos a los que hace un homenaje en el libro, consciente de que de sus logros personales han sido posibles por el apoyo incondicional que siempre le han prestado.

por JESÚS HERRÁN CEBALLOS
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Los libros de Acuerdos Municipales de Santander. 1766-1785. Edición a cargo de Rosa Mª Blasco Martínez. Estudios de Rosa Mª Blasco Martínez y Virginia Mª Cuñat Ciscar. Ayuntamiento de Santander, Santander, 2006.
La profesora Rosa Blasco vuelve por sus fueros y termina con este volumen la serie de Libros de Acuerdos que ha venido publicando el Ayuntamiento de Santander con indudable acierto. Se trata, seguramente, del trabajo editorial más serio, útil y prolongado que haya patrocinado el Ayuntamiento en la última década y todo ello con el único filón (que no es poco) de sus propios fondos documentales. Estando como están los archivos municipales en el conjunto de los 102 municipios de Cantabria (muchos en situación de patético abandono y/o desuso, incluso en una cómoda inexistencia), al menos el de Santander cuenta (1) con personal cualificado, (2) con una tradición investigadora sobre sus fondos y (3) con la atención que le ha prestado el Área de Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Cantabria donde trabajan desde hace años las profesoras Blasco y Cuñat. Hasta ahora se había publicado el libro correspondiente al siglo XVII (que dio pie, por cierto, a un interesante estudio firmado por el Prof. Jesús Maíso González, autor de escasos pero jugosos textos) y el que abarca el periodo entre 1701 y 1765.
Este tercer libro llega hasta el año 1785 e incluye los regestos (resúmenes de los documentos) de un volumen de información mucho mayor que el de los trabajos anteriores. Evidentemente, el devenir de la ciudad y el desarrollo de múltiples y cada vez más complejas actividades provocan que haya más documentación. El libro incluye dos estudios iniciales, uno histórico y otro codicológico. Después de la parte de regesto, la más amplia, las autoras incluyen unos útiles índices que en un libro de estas características se hacen más necesarios que nunca. No está de más recordar de nuevo que sin documentos no existe discurso historiográfico ni por supuesto la reflexión fidedigna sobre el pasado. Esta serie de Acuerdos Municipales no solamente es útil al investigador o interesado en nuestro pasado, sino que es una pica en el Flandes de la preservación de nuestro patrimonio documental.

por MARIO CRESPO LÓPEZ
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Matilde CAMUS: Historia de la Iglesia Evangélica Española de Santander. Santander, Ayuntamiento de Santander, 2006.
Matilde Gómez Camus (Santander, 1922) ha sido una creadora muy prolífica, que ha aportado a la literatura de nuestra región obras poéticas de desigual calidad, entre ellas Voces (1969), Manantial de amor (1972), Perfiles (1980), He seguido tus huellas. Via crucis (1981), Raíz del recuerdo (1984), Santander en mi sentir (1989), Tierra de mi Cantabria (1991), Reflexiones a medianoche (1996) o Prisma de emociones (2000). Presidenta de la sección de Literatura del Ateneo de Santander durante varios años, Matilde Camus ha cultivado también la prosa, sobre todo en la variante del cuento infantil. Su más reciente obra de historia, La Iglesia Evangélica de España en Santander (2006), que ha visto la luz en delicadas circunstancias personales, supone otra aportación de su trabajo como investigadora del pasado local. No es que sus obras tengan una trascendencia capital, seguramente no lo pretenden, pero sí forman parte de ese conjunto de obras voluntariosas que aportan al curioso y al investigador interesantes datos de archivo y de las vivencias personales de la propia autora, además de un estimable material gráfico (en este caso, a pesar de la mala calidad de la fotografía de la cubierta). Este recorrido por la historia de la Iglesia Evangélica Española en Santander culmina una fructífera serie de investigaciones locales: Historia del lugar de Monte (1985), Efemérides del lugar de Monte (2 vols., 1989 y 1995), Historia del lugar de Cueto (1990), Efemérides del lugar de Peñacastillo (1992) y Mayorazgo de la casa Mantilla de Fontibre (Reinosa) (1999). En todas ellas predomina, desde luego, el interés por el dato y lo anecdótico, frente a las interpretaciones generales y contextuales de los procesos históricos. El libro viene a complementar otro que publicó la autora sobre un tema también muy concreto pero no exento de curiosidad, Prolegómenos del cementerio protestante de Santander y su evolución histórica (1993). Matilde Camus inicia su historia con una referencia al predicador George Borrow, comisionado por las Sociedades Bíblicas de Londres para hacer labores de proselitismo en España (con tal propósito visitó también Santander). Sigue con otros pioneros de la Iglesia Evangélica en Santander, como José Flores, el matrimonio Gulick o Enrique de Tienda, así como las vicisitudes de las diferentes sedes protestantes en la ciudad. Después de unas notas sobre la actual Iglesia Evangélica Española, se ofrece al lector la reproducción de los libros de registro de esta Iglesia en nuestra ciudad.

por MARIO CRESPO LÓPEZ